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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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El cuento fantástico

El género fantástico nos atrapa con un hechizo casi imposible de definir. Mirada con el paso del tiempo, la sensación que produce un buen cuento fantástico bordea el enigma. Desde Borges a Ray Bradbury, los autores que se han acercado a esta variedad de relato han sido numerosos, pero no son tantos los que consiguen una elevada calidad literaria.

Cortázar trató de captar esa imagen sublimada del relatoto fantástico, aunque reconociendo que ésta ha variado considerablemente a lo largo de la historia y de una cultura a otra.

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A su modo de ver, si cualquier obra narrativa puede clasificarse como ficción, está claro que la literatura fantástica sería “el más ficcional de todos los géneros literarios, dado que por definición consiste en volverle la espalda a una realidad universalmente aceptada como normal, esto es, no fantástica, a fin de explorar otros corredores de esta inmensa casa en la que habita el hombre” («El estado actual de la narrativa en Hispanoamérica», en Obra crítica, t. 3, ed. de Saúl Sosnowski, Madrid, Alfaguara, 1994, pp. 91-92).

¿Cómo definir la experiencia que produce el cuento fantástico? En cierto modo es algo así como un juego en el que intervienen antiguos símbolos, rico en paradojas, útil para trascender el mundo real.

Bajo esa premisa, nadie duda en romper lanzas a favor del mito y la epopeya fantásticas. Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo subrayaron que estas ficciones son tan viejas como el propio miedo, y por tanto anteriores a las letras.

Dicho de otro modo: «Los aparecidos pueblan todas las literaturas: están en el Zendavesta, en la Biblia, en Homero, en Las mil y una noches». Ateniéndose al ámbito europeo y americano, Borges y sus compañeros sitúan la aparición del género en el siglo XIX y en el idioma inglés.

No obstante, en la secuencia caben los precursores, y por ello citan «en el siglo XIV, al infante Don Juan Manuel; en el siglo XVI, a Rabelais; en el XVII, a Quevedo; en el XVIII, a Defoe y a Horace Walpole; ya en el XIX, a Hoffman» (Antología de la literatura fantástica, Barcelona, Edhasa, 1981, p. 9).

En cierto modo, la materia se sincretiza en Poe y admite una bifurcación hispanoparlante, transitada por figuras de lo más variopinto: desde Gustavo Adolfo Bécquer hasta Juan Rulfo, sin olvidar a Leopoldo Lugones, Julio Cortázar, Macedonio Fernández, Horacio Quiroga y los muchos integrantes de aquella cofradía literaria que se apropió de lo real maravilloso.

En otro nivel de análisis —el conceptual— figuran analistas como Nicolás Cócaro, a cuyo juicio lo fantástico y lo psicológico tienen más de un punto en común: «los separa, de primera intención, un débil y frágil muro, a menudo confundido por críticos, ensayistas y lectores poco avisados».

Para Cócaro, lo fantástico acarrea hasta el ordenamiento humano una presencia irreal que «después de ubicarse, atrae, seduce y se instala como si, desde siempre, hubiera pertenecido al mundo que nos rodea». Por esta razón, Bioy Casares entendía que más de un cuento fantástico tiene por método «la intervención de un ser o de un hecho sobrenatural, pero insinúa, también, la posibilidad de una explicación natural» («La corriente literaria fantástica en la Argentina», en Cuentos fantásticos argentinos, selección de Nicolás Cócaro, Buenos Aires, Emecé Editores, 1976, p. 32).

Y ya que mencionamos las fronteras permeables de lo maravilloso, conviene aceptar que esta naturaleza del género tiene su raíz en el Medievo.

Al decir de Jacques Le Goff, el aliento de lo maravilloso medieval «depende de un desarrollo interno en el cual lo maravilloso de algún modo se excita, se distiende y asume proporciones penetrantes y a veces extravagantes» (Lo maravilloso y lo cotidiano en el Occidente medieval, Barcelona, Altaya, 1999, p. 15).

En suma, el efecto de un cuento fantástico funciona en los dominios de la incertidumbre. Y es que ocurre como decía Roger Callois: lo irreal se define por contraste, cuando irrumpe en el espacio doméstico. Va a ser en este punto impreciso donde el género quede mejor formulado.

No en vano, tal registro de lo fantástico se da en Tzvetan Todorov como una elección. Así, cuando en el mundo que conocemos se produce un acontecimiento de imposible explicación, quien percibe dicho fenómeno ha de optar por una de las dos soluciones posibles: “o bien se trata de una ilusión de los sentidos, de un producto de imaginación, y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad, y entonces esta realidad está regida por leyes que desconocemos” (Introducción a la literatura fantástica, trad. de Silvia Delpy, México D. F., Ediciones Coyoacán, 1998, p. 24).

A partir de ahí, no caben otras dudas: la baraja ya está repartida y el misterio queda felizmente desplegado.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

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