
Dice Antonio Domínguez Rey en El decir de lo dicho (Heraclea, Madrid, 2000): «Al hombre le resulta imposible salir del lenguaje para estudiarlo. Está siempre inmerso en él. No consigue situarlo a distancia para, desde su vivencia, observarlo como ajeno. Hasta el silencio le pertenece».
Son palabras sobre la palabra escritas por un estudioso de lo que se llamó, alguna vez, filosofía del lenguaje, un políglota y un poeta.
Vaya dicho todo esto en la sucesión señalada. Domínguez Rey no es, en cambio, un lingüista.
Más aún: se plantea la paradoja de que la lingüística, ciencia de las lenguas, tampoco es capaz de plantear una radical relación de objetividad, una sólida autonomía epistemológica que la acredite como tal.
La lingüística se ocupa de las lenguas como objetos y llega a descubrir algunas estructuras comunes a todas las lenguas babélicas conocidas.
Pero al formular su discurso ha de valerse de unas palabras igualmente babélicas, es decir que el sujeto de la ciencia lingüística se implica en el objeto que estudia. Para discurrir de unas palabras hay que emplear otras palabras que exigen, a su vez, ser discurridas por otras, etcétera.
No hay Lengua de las lenguas ni metalenguaje en sentido estricto. Por otra parte, los lingüistas no pueden -ni deben ocuparse del acto singular del habla de cada hablante, so peligro de perderse en la infinitud empírica de lo real.
Y ya sabemos que no hay ciencia de lo real, sino de algunos objetos abstraídos de su magma, inaferrable y conjetural.
Domínguez Rey, poeta al fin, señala, justamente, a la poesía como el solo intento, utópico y fecundo, de salirse del lenguaje para, finalmente, encararse con él.
La poesía es el más allá del lenguaje, no un más allá trascendente, no su otro mundo, ni sobrenatural ni milagroso. Es el más allá del deseo humano, que apunta hacia un espacio donde reina algo desconocido que alcanza a ser un llamado, una vocación.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos































































































