
A juicio de Alan Pauls, bonaerense de 1959, la reconstrucción del personaje Borges consiste en dilucidar el porqué de su apariencia más genuina. Con una voluntad de legitimación, Pauls acota en El factor Borges (Anagrama, 2004) lo que él mismo define como un manual de instrucciones: una cartografía orientativa (o simplemente entretenida) que guíe al lector por una cierta literatura.
Desde el momento en que formula la existencia de un factor Borges, el ensayista trabaja en la demostración de una seña de identidad: el leitmotiv que atraviesa cada composición, la huella digital que implica que Borges sea Borges –o la resignación de serlo- y que el mundo, teñido por su voz y por su lectura, sea cada día un poco más borgeano.
En estrecha e indisociable relación, la obra, el escritor y su disfraz protagonizan aquí una teoría conexa, basada en el intercambio de métodos y consiguientemente ajena a las antiguas escuelas de la crítica.
Téngase en cuenta que Pauls no escribe un ensayo académico, sino una guía curricular, divulgativa, sumamente provechosa para quienes aún no estén familiarizados con los universos del biografiado. De hecho, la sustitución de las notas a pie por un remedo de hipertexto, al estilo de las publicaciones digitales, contribuye a crear la ilusión de un repaso enciclopédico. (Señal de estima: es sabido que, de los diversos géneros literarios, los que más placían a Borges eran el catálogo y la enciclopedia.)
Lúcido y discreto, Alan Pauls emprende la inspección con prudencia, pues sabe que no hay un elemento Borges, sino muchos y diversos, tercamente históricos.
El goce de las obras completas (un profuso patchwork, en frase de Saúl Yurkievich) es el que absorbe el interés de Pauls por encima de todo lo demás: las despliega, las estudia y repasa con entretenimiento, cortesía y sensibilidad, pero habitualmente rehúsa el colofón o la moraleja. Le basta clasificar con algún rigor las marcas distintivas que revelan los textos (la especularidad y los laberintos, el entrecruce de ficción y realidad, los interrogantes metafísicos, la lectura como forma de ser), para luego detenerse en la voz de Borges; en su puesta en escena, expresamente deliberada.
El drama no le era ajeno. Hay una anécdota que insinúa ese último propósito. La cuenta otro tratadista, Alberto Manguel, quien observó cómo el escritor preparaba una charla que éste debía dar en el Instituto Italiano de Cultura. “La ha memorizado frase por frase –dice Manguel-, y repetido párrafo por párrafo, hasta que cada vacilación, cada aparente busca de la palabra correcta se haya asentado sonoramente en su cerebro.”
Al iluminar con generosidad la referencia ambiental, Alan Pauls parece sugerir que una de las principales certezas del viejo letrado -en el arte, decía éste, nada es tan secundario como los propósitos del autor- presupone una vanidad anterior: la del tímido que se descifra en sus sueños y luego los dicta en voz alta.
































































































