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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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"El señor Borges", de Epifanía Uveda de Robledo y Alejandro Vaccaro

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Nadie, a excepción de la madre, conoció a Borges como lo conoció Fanny (Epifanía Uveda de Robledo), su sirvienta a lo largo de tantos años. Una nítida constancia que Alejandro Vaccaro acepta para darle nuevas vueltas a la biografía borgeana en El señor Borges (Edhasa, 2004).

A decir verdad, quizá este trabajo no sirva para descubrir la verdad del escritor –el plenilunio: su expresión definitiva, carente de una sola fisura–, pero resulta esencial para averiguar lo que éste significa, sin desmayo, en la memoria de su mucama. De eso a reinventar, a perderse en pormenores que den nuevo sentido al recuerdo, media un breve salto. Bastaría un guiño para enturbiar la fotografía.

Por supuesto, no hay mitología –punto de referencia canónico– en el repaso provisorio que acá nos proponen. El decir de la entrevistada carece de este tipo de ambiciones. Aún más: una vez superada la línea de sus ochenta años, esta correntina ni siquiera parece haber asimilado que ejerció como fiel servidora de una celebridad poderosa.

Su Borges no habita en la literatura, lo cual le diferencia de todos los Borges asequibles, sometidos a la ley o el desmontaje de cada lector. Y esto, por sólidas razones, no es suposición (Me remito a Vaccaro, para quien lo dicho no tiene vuelta de hoja: Fanny asegura no haber leído nunca una página del escritor).

Que nadie espere de ella chismes de comadre. Empleada a mediados de los cincuenta para atender a doña Leonor y a su hijo Jorge Luis, esta mujer acompañó a los Borges hasta que dos hechos enfriaron el vínculo: la muerte de la señora, y sobre todo, el último episodio sentimental del escritor.

A Vaccaro, acostumbrado a trabajar con expedientes literarios, este filón de evocaciones le resulta extremadamente valioso. De ahí que ordene el material por temas, adueñándose, con simpatía, de su testigo. Salta a la vista que las anécdotas aparecen revueltas con enigmas que al estudioso le importa mucho desentrañar.

A este fondo periodístico se superponen los modos de la doctrina literaria, de suerte que podemos releer a Borges asumiendo alguno de los rasgos que Fanny menciona. Desciframiento inducido y síntoma histórico: un exceso interpretativo, sin duda, pero también atrayente, sugeridor de visiones que transforman a la criatura humana en personaje.

Por ejemplo, según corresponde a un mundo libresco cuyo paradigma es la biblioteca, el poeta no sale de este confín y deposita sus ganancias en volúmenes que tantea a ciegas. “El señor Borges –dice Fanny– tenía por costumbre guardar el dinero entre las páginas de los libros. Cada vez que necesitaba me pedía y yo se lo daba. Otras veces él mismo lo sacaba, ya que reconocía el lugar donde estaban los libros”.

Ejemplo de bipolaridad: Borges se enfrenta a su reflejo mientras contrae matrimonio con Elsa Astete. “El señor tuvo una participación secundaria en las decisiones, salvo para temas muy puntuales, y por momentos mi sensación era que él sentía que ese casamiento le era ajeno, como si quien se casara fuera otra persona”.

Y al final, como quien desea sacudirse los fantasmas y evitar la protección del encierro, una extraña huida, difícil de explicar sin que el tono de voz se altere: “Cuando el señor Borges se fue a Ginebra, nadie sabía, desde luego, que no iba a volver más”.

El punto de vista adoptado por Fanny es el del asombro y la melancolía, que son facetas complementarias de un mismo sentimiento. De otro lado, en contraste con su previo alegato a favor de doña Leonor, pone un interés personal en el reproche que dirige hacia María Kodama: “alguien que no quería que [Borges] volviera con los suyos”.

Este argumento no puede ser rebatido más que por el movimiento de los astros: a través de conjeturas y de incidentes que otorguen fuerza y agilidad a aquéllas. Así conducido, el razonamiento puede presentar a Kodama como el agente de esta separación, como una instigadora de cambios indeseables.

Claro que, con la misma soltura, podemos imaginar a un Borges que recorre esa distancia por voluntad personal, apoyado en su compañera y recostándose en el parapeto. Se nos cuela así una duda que Fanny resuelve sin titubeos: “De una sola cosa estoy segura –insiste–: el señor Borges no se quería ir, sólo que no tenía las fuerzas suficientes para oponerse a quien se lo llevaba”.


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