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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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El viejo modernismo

WilliamHamlet

Repetidamente, el modernismo ha sido declarado centenario: en 1988, por Azul..., en 1995, por Los raros, en 1996 por el suicidio de José Asunción Silva y la aparición porteña de Prosas profanas. En 1997 cumple cien años la iniciación de Leopoldo Lugones con Las montañas del oro.

Es paradójico y estrictamente necesario que algo moderno se vuelva secular, o sea viejo. Tal es la implacable lógica de la modernidad, de la asociación entre el saber y la historia, o sea el devenir de lo efímero, lo pasajero que se torna pasado.

Pero no es la única paradoja que afecta al modernismo, decretado caduco por las vanguardias y luego, como suele ocurrir en los vaivenes de inhumación/resurrección de la historia literaria, vindicado por el culteranismo de los años sesenta.

En efecto, los modernistas fueron muy poco modernos y obedecieron, sabiéndolo apenas, a esa curiosa reacción que la poesía contemporánea articula contra el plexo de valores convenidos de la modernidad: el progreso, la ciencia, la democracia, la industria, la urbanización, la cuantificación de la vida social, la racionalización del poder, la secularización del mundo.

Octavio Paz, en textos como Los hijos del limo y La otra voz, ha descrito esta insugerencia de la poesía contra la historia, practicada, eso sí, en la historia misma, a lo largo del tiempo histórico. Es como si la poesía corporizara algo irreductible al tiempo e independiente de la acumulación de saberes que el tiempo facilita.

Es una vuelta incesante, pero no a un pasado determinado, sino a un lugar utópicamente originario.

La historia se ve condenada a seguir, en tanto la poesía está constantemente empezando.

A este liminar se añade, en el caso del modernismo hispanoamericano, un peculiar proceso de modernización, consistente en construir ciudades supuestamente europeas (en Europa no existen, sólo hay ciudades francesas, alemanas, españolas, italianas, etc.) e incorporar las técnicas de vida más avanzadas, desde las alcantarillas hasta el museo de pinturas, desde las logias masónicas hasta el tren subterráneo.

Los modernistas encarnan la perplejidad de estas ciudades europeas exteriores a Europa y de estas urbes modernas que carecen de un pasado acorde con tal modernidad.

El remoto pasado de las ciudades peruanas o mexicanas, por ejemplo, no tiene nada que ver con la antelación de París o Londres. Faltan etapas, viñetas, ruinas y nombres.

Por eso, los modernistas se ajetrean hurgando en Bizancio, en la Edad Media de torneos y paladines, en el Renacimiento cruel y exquisito, en las cortes abrumadas de lises, y hasta lamentan la muerte del Cid o la decapitación de Luis XVI, como si hubieran ocurrido a la vuelta de la esquina.

Les urge una síntesis, la conquista de un pasado ilusorio, la reescritura de ejecutorias y títulos. Todo tendrá un aire de almanaque en lo estético y de apretada teosofía en lo religioso, en tanto las opciones políticas serán igualmente radicales y, paradójicamente, apolíticas: la restauración prefascista o el socialismo libertario, todo ello mezclado con un radical sentimiento de exaltación latina.

Aunque se tornen corporativistas como Lugones o sandinistas como Florián Turcios y Salomón de la Selva, o permanezcan anarcoides como Alberto Ghiraldo, los modernistas serán siempre orgullosos latinos enfrentados con la prepotencia (ultramoderna) del mundo anglosajón.

El alto logro artístico del modernismo consiste en haber exaltado la autonomía del artista, ajeno a las clases sociales y a las tradiciones inertes de un pasado convertido en inconvincente reiteración. Esta autonomía, aunque irreal en la trama de la sociedad (de hecho, los modernistas se afanaban por conseguir empleos públicos y corresponsalías de prensa), alimentó un imaginario bizarramente aristocratizante que permitió construir la babélica isla de Utopía donde los modernistas erigieron sus castillos de papier maché y sus templos de crisoelefantina.

En sus peores expresiones, el modernismo tiene un aire de nuevo rico apresuradamente enculturado por la lectura de catálogos y Baedecker, la cursilería de mostrarse mucho más fino que el más refinado de los finos.

En sus mejores conquistas, una renovación del lenguaje literario que nuestra lengua no conocía desde el barroco, y ello con la libertad de una actitud mestiza, de cuño americano. Se mezcló el afrancesamiento de los parnasianos con la celebración titánica de Whitman y la resurrección de prosodias olvidadas de nuestra propia tradición: el mester de clerecía, los poemas trovadorescos, el gongorismo.

Con esta variada artillería, Rubén disparó sobre España, para reconquistarla. Se le resistieron Clarín y Unamuno; se le aliaron los Machado y Valle–Inclán.

Como en cualquier moda, hubo modernismo estándar, rebajas de temporadas y venta de saldos fraudulentos. Con todo, la vuelta de página de nuestras literaturas se produjo con nitidez. Henríquez Ureña sostiene que se puede identificar lo escrito en español como anterior o posterior a Rubén.

Con un agregado de peculiar interés: el modernismo se volvió mercancía general. Los folletines se perfumaron de flores blasonadas, hubo giros modernistas en las letras delos tangos y los boleros, se pintaron anuncios de publicidad y se diseñaron muebles y vajillas con arrebatos modernistas.

Los primeros actores del cine mudo, las primeras reconstrucciones más o menos históricas de los remotos pepla que veían con encadilamiento infantil nuestros abuelos en las improvisadas salas de proyección, eran ocurrencias modernistas. En un registro idealista, el modernismo sirvió para inventar América, o reinventarla.

En la realidad de las relaciones económicas y políticas, los norteamericanos señoreaban sobre el itsmo y el Caribe, y los ingleses en Sudamérica. Pero en las páginas de los modernistas, la América Latina era un todo coherente y autónomo, caracterizado –enésima paradoja– por su obstinación europeizante, sin ahorrarse ningún exotismo, ni los indígenas del propio subcontinente.

El pleito de Hispanoamérica con la modernidad o, si se quiere, el desfase español con ciertos movimientos de modernización, fue resuelto hace cien años por algunos escritores, primero extravagantes y luego canónicos, que convirtieron la modernidad en manierismo y código de lo moderno. No fueron moderaos pero modernizaron. No fueron modernos pero consiguieron ser modernistas.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos


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