
Amigo íntimo de Buñuel, Lorca y Dalí, José Bello Lasierra (1904 - 2008) estudió junto a ellos en la Residencia de Estudiantes. Su relación con los tres artistas, abordada por Agustín Sánchez Vidal en Buñuel, Lorca, Dalí: El enigma sin fin (1988), desvela detalles fundamentales para comprender el carácter de aquel grupo. Reproduzco a continuación la entrevista que le hice en 2000 para la revista Cuadernos Hispanoamericanos.
Don José, usted estudió el Bachillerato en la Institución Libre de Enseñanza, de manera que se movía en el ambiente de la Residencia de Estudiantes desde 1915.
Así es. Buñuel se inscribió en 1917; desde entonces fuimos muy buenos amigos, y siempre disfruté mucho a su lado. A Federico lo conocí el año 1919, cuando él también se convirtió en residente.
Desde el primer momento, Lorca dio muestras de su optimismo, y ni siquiera cambió su ánimo el fracaso horroroso de El maleficio de la mariposa, la pieza que aquel mismo año estrenó Catalina Bárcena. Era un hombre muy natural, alegre y decidor, enormemente compresivo, con un oficio de vivir magnífico.
¿Y qué me dice de Dalí?
Dalí llegó a la Residencia en 1922, acompañado por su padre y su hermana, una mediterránea muy apetitosa.
Salvador tenía una pinta singular: con su piel aceitunada y aquella melena negra, vestido con una chaqueta de terciopelo negro, un poco al estilo de los artistas bohemios, animó la curiosidad de los residentes.
Como su habitación estaba situada en el mismo pasillo que la mía, tuve la ocasión de ver, a través de su puerta entornada, todo el suelo cubierto de cuadros y dibujos estupendos.
Entré y le pregunté por aquella obra que se afanaba en ordenar. Tan sólo habían transcurrido tres días desde su llegada, y me faltó tiempo para decirle a Luis y Federico: "Oye, este catalán tiene unos dibujos fenomenales. Hay que ir a conocerlo". Fue así como nos hicimos amigos.
¿Cómo se costeaban las diversiones?
Al igual que Federico y Dalí, yo recibía como paga un duro a la semana, lo cual era muy poco. Aunque no era muy gastador, Buñuel conseguía sacarle algo más a su madre, la entrañable María, ya viuda, de quien era su ojito derecho.
Con esos dineros pagábamos nuestras diversiones, y así, aparte de callejear, íbamos al cine muchas veces, a ver las películas de Buster Keaton que tanto nos gustaban.
También pasábamos muy buenos ratos en aquel salón de la Residencia, blanqueado, con suelo de madera, un tanto conventual.
Allí acompañábamos a Federico cuando éste tocaba el piano de cola que había en un rincón, o escuchábamos las conferencias de personalidades tan exquistas como Einstein, Madame Curie, Chesterton, George Bernard Shaw, Tagore, Paul Valéry o Paul Claudel.
Asimismo, íbamos con mucha frecuencia al Museo del Prado, en compañía de José Moreno Villa, un hombre entrañable, muy admirado por nosotros.
Pero aunque resultaba entretenidísimo ir allá con Dalí, pues de pintura lo sabía todo, Buñuel se cabreaba mucho y nunca conseguimos que nos acompañase. "Ir al Prado es un prejuicio burgués", decía, mostrando aquella veta irracional que tenía.
Y por si esa obstinación no bastase, aún recuerdo una postura semejante en Segovia, cuando viajaba en coche con Rafael Sánchez Ventura y conmigo.
Habíamos comido ya, y de camino Rafael y yo comentamos la posibilidad de ir a visitar el acueducto. Entonces Luis empezó a porfiar, así que Sánchez Ventura, con su mal café, le replicó: "¡Sí, vamos a ver el acueducto! ¿Y qué pasa? ¿Es que no se puede ver el acueducto? ¿Acaso no es una hermosura?".
Pero Buñuel seguía en sus trece, muy discutidor. Lo curioso del caso es que, si bien era tan reacio a este tipo de visitas artísticas, luego se sintió fascinado por Goya.
De hecho, recuerdo haber conversado con él y con Gómez de la Serna sobre una biografía cinematográfica de Goya cuyo argumento debía escribir Ramón.
Se ha hablado de su afición a ver los carnuzos... las caballerías muertas.
Ya de niños nos gustaban. En Calanda, Luis había acompañado al Tío Gilo, un un hombre que se ganaba la vida despellejando carnuzos y vendiendo las pieles.
Según me contó su hermano Alfonso Buñuel, incluso excavaron un hoyo que luego cubrieron con un cañizo, para de ese modo cazar al acecho los buitres que merodeaban por entre los cadáveres.
Asimismo, yo solía ir al barranco de la Alfándiga, en las afueras de Huesca, para disparar con una pistola de mi padre a los buitres que devoraban las carroñas. Esa idea del carnuzo también está presente en Un perro andaluz y en varias obras de Dalí.
Tengo entendido que eran ustedes muy bromistas.
Nos gastábamos bromas continuamente, aunque el director de la Residencia, don Alberto Jiménez Fraud, era la educación personificada y no transigía con el gamberrismo. Pero nos divertíamos mucho.
A Luis, como a mí, le encantaban los disfraces, y hay fotografías de muchas de sus caracterizaciones.
También jugaba a ser hipnotizador (creía en su capacidad hipnótica) y una de sus víctimas era Lizcano, excelente sujeto, administrativo de la Residencia, que siempre le reprochaba a Buñuel aquellas miradas con las cuales intentaba fascinarlo.
Al pasar el tiempo, resulta habitual que un grupo de amigos vaya fijando una serie de costumbres que nacen de la convivencia y la complicidad. En su caso, les dio por inventar palabras.
Así fue como surgió esa jerga que utilizábamos en nuestra correspondencia, con vocablos como polismo, o unión de todos los ismos.
Un exceso vanguardista, vaya.
Un polismo dramático fue Hamlet, la pieza teatral que Luis y yo escribimos en 1927.
Hábleme de esa obra.
Era una obra sin pretensiones, surrealista e irracional, donde intervienen el Hamlet de Shakespeare y otros personajes que nada tienen que ver con el drama original, como Don Lupo, maestro de bailes, y Leticia (Nominativo de Letitia, ae), con lo cual no se entera uno de nada.
En realidad, no conozco ninguna creación surrealista que no sea humorística, y coincido con Buñuel cuando dice que le aburre y no entiende el surrealismo de Breton.
El Hamlet lo escribimos al mismo tiempo. Esa técnica la practicamos con frecuencia durante nuestras reuniones dominicales en el Café Castilla. Íbamos allá por la mañana, para desayunar, beber y conversar. Después comíamos –bien regada la comida– y luego, café y alguna copa.
Pasábamos en el café todo el día, como quien hace un viaje. Y una de las actividades que más nos agradaban era la escritura automática: Buñuel y yo nos sentábamos en mesas separadas y escribíamos sin parar. De pronto uno de los dos reía, lo cual significaba que había logrado una frase feliz.
También representaron parodias del Tenorio en la Residencia, ¿verdad?
Ya, pero se ha magnificado su importancia. Fue mucho más considerable la Asociación de Amigos de Don Juan Tenorio que a fundamos a finales de la década de los cuarenta.
Pertenecieron a ella Fernando Chueca, Julián Marías, Domingo Ortega, Paulino Garagorri y los Dominguín, entre otros.
Llegamos a escenificar cinco piezas escritas por Juan Benet y Chueca, e incluso publicamos una edición numerada con los textos, titulada Teatro civil.
En una de aquellas obras, El burlador de Calanda, Alfonso Buñuel encarnaba a Ricardo Wagner, y tuvo tal éxito que su presencia se mantuvo en las siguientes representaciones. Se da la circunstancia de que Alfonso, entusiasmado con su papel, tenía el mismo acento aragonés e y la misma voz recia que su hermano Luis.
Me imagino que las tertulias eran habituales.
En la Residencia celebrábamos tertulias constantemente, por lo común en la habitación de Juan Vicens, un amigo zaragozano, muy encantador.
Como no se podía beber alcohol, nos dedicábamos a tomar té, lo que Federico llamaba la desesperación del té. En aquella habitación había una cama con muchos cojines, varias mantas zamoranas afirmadas con baticolas y un baúl, cubierto con un mantón, sobre el cual servíamos las tazas.
Por lo general, los allí congregados éramos Federico, Dalí, Buñuel, Luis Eaton Daniells, Augusto Centeno y yo. Además de charlar sobre todo lo imaginable, Lorca nos leía sus composiciones y los demás juzgábamos en voz alta su valor.
Por supuesto, en nuestras reuniones no había presidencia, en contraste con las tertulias más formales, como la famosa de Pombo, o la del Café Colonial, presidida por don Rafael Cansinos Asséns, aquel sevillano judío, exuberante y decidor, que presumía de saber todos los idiomas.
Precisamente fue en esa tertulia donde conocí a Jorge Luis Borges.
Qué suerte la suya.
Por entonces, Borges era un joven muy calladito. Como Buñuel era cuatro años mayor que yo, fue más veces a Pombo. Pero es lo cierto que acudíamos allí para escuchar y aprender.
Entre sus amigos, figuran algunos de los intelectuales más importantes de aquella época.
Fíjate, voy a enseñarte algo... [Me muestra una foto] Guardo una fotografía del homenaje a Hernando Viñes (mayo de 1936), donde se citaron Rafael Alberti, María Teresa León, Lorca, Guillermo de Torre, Gustavo Durán, Delia del Carril, José Caballero, Miguel Hernández, Eduardo Ugarte, Juan Vicens, Santiago Ontañón, Pablo Neruda y los hermanos Alfonso y Luis Buñuel.
Un encuentro irrepetible que sirve para dar una idea del círculo que frecuentábamos.
Otra distracción que hay que tener en cuenta es el ejercicio físico.
Bueno, sí, pero a Luis yo no calificaría de hombre deportista; hacía boxeo y nada más. Curiosamente, fui su manager en un episodio sin importancia, durante un miserable campeonato pugilístico celebrado en el madrileño Campo de la Gimnástica, hacia 1922.
¿Cómo fue aquello?
Fue algo muy triste: en un rincón se preparó el cuadrilátero, y Buñuel entró en una de las casetas que se dispusieron a modo de vestuario.
Mientras él se cambiaba de ropa, pude ver dos o tres combates de pesos más ligeros. Recuerdo que salió a pelear una pareja muy desigual: un muchacho alto, de largos brazos, y otro chaparro, en clara inferioridad de condiciones. Fue tan castigado este último que acabó cayendo sobre la lona, fuera de combate.
Impresionado, me acerqué a preguntar por él y escuché que había muerto. Como es lógico, me cuidé mucho de comentárselo a Luis.
Lamentablemente, su combate transcurrió sin pena ni gloria, porque los dos púgiles se tenían mucho miedo y no se dieron ni un golpe.
En contra de lo que por ahí se dice, Buñuel era muy cobardón, tímido y nada lanzado.
Sin embargo, durante su estancia en París se lanzó a un mundo tan atrevido como el cine.
Sí, fue ayudante de Jean Epstein en Mauprat (1926) y La chute de la maison Usher (1928).
Epstein era un hombre de muy mal genio que actuaba en los rodajes como un coronel, desatendiendo la opinión de Buñuel y los demás subordinados.
¿Es verdad que la colaboración entre ambos finalizó cuando Buñuel despreció el cine de Abel Gance delante del director?
No, eso no fue así. Según me contó Luis, la ruptura se precipitó a causa de una broma. Sucedió cuando el equipo preparaba la filmación de un castillo, cerca de un prado por donde picoteaban unas ocas.
Cuando se ponen furiosos, estos animales arremeten con un terrible ímpetu. Temiendo esta reacción, Epstein avisó al guarda de la finca, quien aclaró el asunto: "Si nadie excita a las ocas, no pasará nada".
Pero cuando empezaron a rodar, Buñuel asustó a la bandada, que se lanzó contra los operadores como una tromba, llevándose por delante hasta el trípode.
Fuera de sí, Jean Epstein preguntó a Luis: "¿Es verdad que ahuyentó a las ocas? Muy bien, pues cuando lleguemos a París le daré a usted la cuenta".
En 1934 Buñuel se casó con su novia, Juanita Rucar. ¿Cómo era ella?
La conocí poco. Por lo demás, él fue uno de los machistas más recalcitrantes que he conocido, y a su esposa nunca le consultó nada, en materia alguna.
Es más, cuando yo comía en su casa, sólo Luis y yo nos sentábamos a la mesa. Parece mentira que una chica parisién y deportista fuese a dar con alguien tan irracional como mi amigo.
Poco después, se asoció con Ricardo María Urgoiti para formar Filmófono.
Esa fue una de las etapas más dichosas de su vida. Urgoiti ponía las pesetas y Buñuel se encargó de preparar todos los rodajes de aquella compañía cinematográfica, con la única condición de no firmar como director.
Las películas resultantes fueron Don Quintín el amargao (1935), de Luis Marquina, La hija de Juan Simón (1935) y ¿Quién me quiere a mí? (1936), ambas de José Luis Sáenz de Heredia, y ¡Centinela, alerta! (1936), de Jean Grémillon.
Tuve gran amistad con Ricardo, un hombre muy inteligente cuyo padre, don Nicolás María de Urgoiti, había sido compañero de carrera del mío.
Recuerdo que me decía: "Estoy encantado con Buñuel. Soy el gerente de la compañía y esto que me ha pasado con él no me ha ocurrido con nadie. Cumple al pie de la letra los plazos y los presupuestos y, ante un trabajo tan admirable, yo no puedo pedir más".
Como el estudio de Filmófono estaba en la calle García de Paredes, no lejos de donde yo vivía entonces, solía pasar por allí cada tarde, para luego irme con Luis a tomar una copa o cenar.
Si era viernes, preparábamos nuestras excursiones a Sálamanca, Toledo, Ávila o Segovia.
Casado, propietario de un buen coche y sin preocupaciones políticas ni económicas, Buñuel era absolutamente feliz. En el fondo era un egoistón y vivir bien no lo cambiaba por nada, aunque luego despotricase contra la burguesía.
En su correspondencia con Buñuel, recopilada por Sánchez Vidal, se advierten las barbaridades que don Luis le decía a usted sobre la poesía.
Son algo intermedio entre la provocación y la sinceridad, sin llegar a ninguno de los dos extremos.
Con ese carácter tan visceral, es lógico que hubiera altibajos en aquella amistad suya con Lorca y Dalí.
En una carta que me escribió, hablaba de "ese cochino pintor catalán". Sin embargo, cuando poco antes de su muerte volví a hablar con Buñuel sobre esas discusiones, él afirmó que apreciaba mucho a Salvador.
Según me dijo, Dalí era para él una gran persona y un extraordinario pintor, con quien había tenido diferencias que ya había olvidado.
Fotografía superior: Salvador Dalí, Federico García Lorca y Pepín Bello en 1924.
Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.
































































































