Cine y Letras

Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
  Museo Thyssen-Bornemisza gif
  • PORTADA
  • CRÍTICAS DE CINE
  • ENTREVISTAS
  • CINE CLÁSICO
  • LIBROS
  • OPINIÓN
  • TEATRO
  • DISEÑO
  • CÓMIC
  • TELEVISIÓN
  • EXPOSICIONES

Escritores ocultistas

William_rembrandt

Escribía el poeta William Butler Yeats: “Yo tengo fe en la práctica y en la filosofía de lo que hemos convenido en llamar magia (...); y tengo fe en tres doctrinas que nos han sido transmitidas desde épocas primitivas y que han servido de fundamento a casi todas las prácticas de magia. Estas doctrinas son: 1) Que los límites de nuestra mente se hallan en estado de fluidez constante, y que muchas mentes pueden, como si dijéramos, fusionarse para crear o revelar una mente única, una energía única. 2) Que los límites de nuestros recuerdos se hallan en un estado de igual fluidez y nuestras memorias forman parte de una inmensa memoria, la de la Naturaleza misma. 3) Que es posible evocar por medio de símbolos esta mente superior o esta memoria superior”.

El gran Yeats era irlandés y, por cumplir el tópico, un tanto visionario, pero es también un buen ejemplo que nos sirve para confirmar determinados extremos de las teorías de Jung.

Enamorado de la revolucionaria Maud Gonne durante toda su vida, el introvertido Yeats nunca pudo materializar su pasión. Seguramente porque, para empezar, nunca superó del todo su complejo de Edipo y tampoco logró aceptar su faceta más oscura, relegándola al inconsciente y proyectándola de modo neurótico en sus semejantes –sobre todo en el pobre dramaturgo Sean O'Casey–. Pero lo más interesante del tema es el modo en que Yeats fue atrapado por complejos de carácter negativo y, a la vez, por contenidos del inconsciente colectivo que inspiraron parte de su obra.

Una leyenda irlandesa sostiene que los enemigos de Irlanda serán vencidos en el llamado “Valle del cerdo negro”. En la mitología celta el cerdo negro es un símbolo de muerte y la muerte, para Jung, ya sabemos que suponía el dolor de la renovación.

Pues bien, Yeats intentó recorrer ese camino simbólico a través de su poema “El Valle del cerdo negro”:

“Cae el rocío lentamente y se agolpan los sueños: / venablos extraños vuelan de repente ante mis ojos que el sueño despertara, / y el estrépito de jinetes caídos y los gritos / de ejércitos extraños pereciendo golpean mis oídos”.

A buen seguro, estos versos fascinaron a los otros miembros de la sociedad hermética Golden Down, a la que Yeats perteneció. Con todo, el posicionamiento ético de los adeptos no fue homogéneo.

En 1920, Aleister Crowley, otro de sus miembros, vivía de acuerdo con el llamado Libro de la Ley, “dictado” por el dios Horus en 1904. La esencia de la ley era “Haz lo que quieras”.

Según este principio no existía ley por encima de la voluntad individual. La ley se aplicó durante un tiempo en Cefalú, en la Abadía de Thelema.

“Haz lo que quieras” se concreta en una vida comunal en la que hay libertad sexual, droga y magia. La droga es en Thelema un agente antiético y antisocial. Crowley y los suyos rechazan toda suerte de responsabilidades y se entregan de continuo a ritos de magia sexual de dudoso contenido místico-religioso, muy a pesar de la doctrina de “la Bestia”, verdadero precursor de Timothy Leary y sus merry pranksters de la Costa Oeste de Estados Unidos.

También por aquella época tuvo España sus visionarios. Tal es el caso de Mario Roso de Luna, arqueólogo, escritor, astrónomo, discípulo teósofo de Madame Blawatsky y divulgador de su obra en España.

Roso de Luna escribió, en pleno arrebato arquetípico: “Ya el hombre, inconsciente de cuanto no sea Aquello, flota en pleno mundo astral, mundo del Hada imaginación, porque la Bestia de nuestra vida ordinaria de ciegos topos sublunares se ha dormido, aletargada en todas sus pasiones contrarias a la vida superior del Símbolo, por la torta soporífera que le ha servido el Genio, para poder descender él un momento a nuestro Infierno cotidiano, sin que los Cancerberos pisoteen su obra y, feroces, le destrocen, pudiendo así darnos, lleno de piedad, las fórmulas salvadoras que consigan restituir a nuestras almas, cual eternas Andrómedas o Eurídices, al mundo superior, del que, según Platón, y Jesús hemos caído”.

Ante tal ceremonia de la confusión, Jung se adelanta con prudencia al señalar que el “error común (por ejemplo el teosófico) del hombre de Occidente, consiste en que, como el estudiante en Fausto, mal aconsejado por el diablo, vuelve con desprecio la espalda a la ciencia y, percibiendo superficialmente el éxtasis del Este, emprende prácticas yogas al pie de la letra e imita deplorablemente. Así abandona sus único suelo seguro, el espíritu occidental, y se pierde entre un vapor de palabras y conceptos que jamás se hubieran originado en cerebros europeos y sobre los que jamás pueden injertarse con provecho”.

Peligrosamente a la deriva, algunos apasionados no parecen ajenos al pensamiento junguiano, tal y como lo atestiguan estas líneas (no excesivamente rigurosas) escritas por Yeats:

“Yo no puedo pensar hoy que los símbolos sean, entre todas las fuerzas a que se recurre, inferiores a la de mayor potencia, lo mismo si son empleados de una manera consciente por los maestros de la magia, que de una manera semiinconsciente por sus sucesores: el poeta, el músico, el artista. Al principio trataba yo de distinguir entre unos símbolos y otros, entre los que yo calificaba de símbolos inherentes y los que calificaba de arbitrarios, pero semejante distinción significa ya muy poco o nada para mí. Importa poco que su fuerza haya brotado de ellos mismos, o que su origen sea arbitrario, porque, según creo, la memoria grande los asocia a determinados acontecimientos, estados de ánimo y personas. Todo aquello en torno a lo cual se han reunido los fervores o pasiones de los hombres se transforma en símbolo en la memoria grande, y en las manos del que tiene el secreto, obra maravillas y evoca ángeles o demonios”.

En ese turbulento espacio de tiempo que va del último cuarto del siglo XIX a los albores del XX, el escritor Henry Rider Haggard –por más señas, descendiente de un caballero de Jutlandia coetáneo de la escuela de Snorri Sturlusson– describió en su obra un África real que arropaba en su centro muchos de los arquetipos que tan habitualmente han renacido en Occidente.

Ciudades secretas como Milosis, expresiones de la dualidad tan sugerentes como las reinas Nyleptha y Soriais o esa enésima reencarnación de Isis que es “Ella”, a quien Jung tomará como ejemplo en varias de sus obras.

Tras publicar en 1876 una de las obras fundamentales del decadentismo francés (Al revés, de la que Barvey d'Aurevilly dijo que “a su autor no le queda más que escoger entre la pistola o el crucifijo”), J.K. Huysmans escribió Allá lejos.

Satanismo, ocultismo medieval y pesadillas finiseculares se dan cita en una novela escrita con el propósito de penetrar lo Oscuro y sacar de ello una experiencia que, poco después, llevaría a Huysmans a hacer profesión de oblato en la Trapa y a abandonar para siempre la vida mundana parisina.

Escritores que torturan su alma para transformarla, a la manera de los alquimistas. Y es que “para Jung –como señala Eliade– la Alquimia es una imagen o un modelo de la individuación (...) El elemento iniciático de la Alquimia es la tortura y la muerte de los metales para perfeccionarlos y transformarlos en oro. La obtención de la piedra filosofal o del oro coincide con la nueva personalidad del alquimista”.

Compañero de Yeats durante la aventura mística del “Alba Dorada”, Arthur Machen fue, además de un excelente escritor, un frecuentador de todo aquello que esconde el hombre en su inconsciente.

Experimentó con alucinógenos –especialmente el peyote–, rompiendo la barrera de su introversión y adoptando unas ideas que Jung formularía de manera más precisa. Compartía Machen las ideas de Thomas Vaughan, alquimista inglés del siglo XVII, quien creía que la vida procedía del limo primordial y que los seres humanos tenían una dimensión bisexual.

Vaughan era evolucionista, pero también regresionista en un cierto sentido que nos hace pensar en la fuerza del arquetipo templando la actividad de determinados grupos humanos.

Otro heredero directo de Machen es el malogrado escritor americano Robert E. Howard. Howard recurre a la idea de la memoria racial para justificar la aparición de personajes como Conan en su obra.

La escritura era para este autor algo que iba más allá de la simple creación literaria, algo más que un modo de ganarse la vida en unos años difíciles para su país. Sus personajes viven en una época mítica, ideal para el escritor, en la que sus propios ancestros sólo entienden el lenguaje de las espadas y la magia.

Como bien refiere Jung, “a todo individuo síguele una sombra, y cuanto menos se halle ésta materializada en su vida consciente, tanto más oscura y densa será. El que es consciente de una inferioridad, tiene siempre la posibilidad de corregirla. Esa inferioridad encuéntrase también en continuo contacto con otros intereses, de modo que siempre se halla sometida a modificaciones. Pero si se encuentra reprimida y aislada de la conciencia, nunca es corregida. Además, existe el riesgo de que, en un momento de descuido, lo reprimido estalle súbitamente”.

La literatura de espada y brujería supone la sublimación de las fantasías de Howard, que no puede vivir, que no quiere vivir en el mundo real y precisa de sus mundos imaginarios para subsistir.

Es curioso que el joven escritor tratara con todas sus fuerzas de parecerse a sus personajes: una dura disciplina hizo de él un buen atleta y un estupendo jinete. Estudió hasta la saciedad textos sobre antropología, prehistoria y toda ciencia que le hablara del pasado, de los orígenes.

Precisamente esta dependencia del mito de los orígenes, su obsesión durante toda la vida, fue la que le hizo desear la muerte que le conduciría a su Walhalla particular. La terrible escisión entre la máscara social de Howard (discreto y fornido escritor sureño) y su revés, de carácter compensador (Howard-héroe), marcaron para siempre su destino. El mundo interior del novelista, como se verá, acabó siendo dominado por los contenidos inconscientes.

Durante toda su vida Howard mantuvo una lucha terrible consigo mismo. Era misógino, muy alterable y tenía la idea de que le perseguían para matarle.

Él mismo llegó a escribir: “Aunque vivo en el suroeste de los Estados Unidos, mis sueños se desarrollan frecuentemente en paisajes helados y gigantescos, bajo cielos lúgubres, en países desérticos, con zonas pantanosas a las que barre el viento, recorridos por violentos vientos marinos y habitados por salvajes de mirada feroz. En mis sueños de tiempos pasados, nunca soy un hombre civilizado, sino un bárbaro vestido con pieles, de cabellera hirsuta, armado con una grosera hacha o espada” (Traducción de Javier Martín Lalanda).

Finalmente Howard, en su delirio, se dio cuenta de que la única frontera que le separaba de su mundo ideal era su propia existencia. El 16 de junio de 1936, cuando su madre agonizaba víctima de un cáncer –ya era conocida su vinculación edípica con ella–, Howard se encerró en su coche y se disparó en la cabeza con su propia pistola.

Sólo tenía 30 años.


Añade tu comentario


Código de seguridad
Refescar

Diseño e ilustración

Lo último

org_prado org_thyssen org_Filmoteca org_bne org_auditorio org_CDN
 

Cultura en Positivo

Contenidos originales

Book Review

El Ministerio de Cultura identifica a Cine y Letras como una revista que ofrece contenidos respetuosos con los derechos de propiedad intelectual, y por ello nos distingue con el sello "Cultura en positivo". LEER MÁS...