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"Extracción de la piedra de la locura", de Alejandra Pizarnik

Alejandra PizarnikEs bien fácil comprender las razones del placer que causa esta obra a los lectores desde 1968. Para empezar, las razones del título, Extracción de la piedra de locura, no se muestran sino incidentalmente. Hay que desenterrarlas, como sucede con otros símbolos ocultos en esta obra de Alejandra Pizarnik. Decir que las explica una imagen del Bosco –la misma que ilustra este artículo– es bastante razonable.

Alejandra halló un motivo idéntico al que emplea El Bosco en un poema indígena, rescatado por el Instituto de Lingüística de la Facultad de Filosofía bonaerense. En cualquier caso, se trata de rituales complementarios: la piedra encarna en esta o aquella forma, pero de todas las que componen el lapidario es la que siempre transforma la armonía en delirio.

Esa piedra de la locura, por tanto, viene a ser un objeto mágico cuya eliminación forma parte de una ceremonia mágica.

«Inaccesible palabra, y silencio —escribe Silvia Baron Supervielle—. Que aparece sin mostrarse. Divinidad que aspira a ser notada por su alma, no por la perfección de su aspecto. Velo de invisibilidad, que la diferencia de las divinidades de la tierra, del agua o del fuego».

La misma autora recuerda que, no lejos de este trance cosmogónico, Alejandra Pizarnik también desea con desesperación franquear un punto crucial que nunca podremos superar sin arriesgar la vida.

La explicación nace de una certeza: sin sobrepasar ese punto, la carrera de un poeta —y la de un chamán, añadimos— no se vuelve verdaderamente viva. Por eso, al final, Baron especifica que «ella pagó con su persona, para que la oscuridad en la que se debatía, se transformara en un negro diamante resplandeciente».

¿Significa la piedra una distensión del tiempo? ¿Qué sentimientos despliega su cirugía silenciosa? Relacionando estas sutilezas con la voluntad del alma, Bernardo Ezequiel Koremblit cifra en esta última el genuino destino del poeta. Al cabo, ese anhelo del ser poético, «caldeado y forjado en la fragua de sus propósitos y sus vehemencias, aspira a obtener un destino más alto o más profundo o extrañamente singular, en las cimas o las simas que lo remonten o lo abatan, tanto da para su personalísimo desiderátum».

Tenemos que asomarnos, junto a Pizarnik, al paisaje vertiginoso que preludia el abismo: «Esta lila se deshoja. / Desde sí misma cae / y oculta su antigua sombra. / He de morir de cosas así». Abandonada al curso de este desgarro, la poeta prefiere la madrugada para expresar su lamento: «Veo crecer hasta mis ojos figuras de silencio y desesperadas. / Escucho grises, densas voces en el antiguo lugar del corazón».

Y en ese punto, decide completar en soledad el ciclo de sucesivas transformaciones: «Manos crispadas me confinan al exilio. / Ayúdame a no pedir ayuda. / Me quieren anochecer, me van a morir. / Ayúdame a no pedir ayuda». Al final, redescubre dos figuras que ahorran toda explicación: «La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aun si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino».

Si la poesía trasciende al lenguaje, entonces cabe construir un sistema mitológico, ajeno a la historia y los calendarios pero no a la vigilante conciencia. Un sistema que la autora aboceta y luego emborrona sin remordimiento ni pizca de asombro en la cuarta parte del libro:

«Mi oficio —confiesa Alejandra en ese tramo— (también en el sueño lo ejerzo) es conjurar y exorcizar. ¿A qué hora empezó la desgracia? No quiero saber. No quiero más que un silencio para mí y las que fui, un silencio como la pequeña choza que encuentran en el bosque los niños perdidos. Y qué sé yo qué ha de ser de mí si nada rima con nada».

Copyright © Guzmán Urrero Peña. Este artículo contiene citas de otros textos que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas. Reservados todos los derechos.


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