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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Fábulas mitológicas

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Hay libros que quieren formar parte del patrimonio legendario. Lo sabe bien Carlos García Gual, quien dedica un penetrante estudio al Libro de Alexandre, compuesto a comienzos del siglo XIII.

Comprobamos en dicho análisis que la obra en cuestión se ve arrebatada por una vieja querencia: el legado homérico. No en vano, entre las imágenes evocadas por el autor figura la fatalidad de Troya.

Alrededor de la séptima parte del largo poema —cifrado por García Gual en 2 675 estrofas y 10 700 versos— está ocupado «por la narración que el mismo Alejandro hace ante sus tropas en Troya, ante la tumba de Aquiles, rememorando con ímpetu épico y afán didáctico los hechos gloriosos de la Ilíada» (Lecturas y fantasías medievales, Madrid, Mondadori España, 1990, p. 151).

En tal referencia no hay misterio. Deliberadamente, los literatos de antaño penetraron en la mitología grecolatina y multiplicaron su grandeza. Por lo demás, la recuperación de la herencia clásica ha sido bien sondeada por los académicos, y la bibliografía existente en torno a esta empresa puede usarse para justificar parecidos de familia, por ejemplo en periodos como el Renacimiento y la Ilustración.

No obstante, a partir de este gusto por las epopeyas antiguas también cabe descubrir modalidades narrativas más o menos efímeras, pero siempre sugestivas. Así, José Cebrián García cita un estudio de José María de Cossío (Fábulas mitológicas en España, Madrid, Espasa Calpe, 1952) para estudiar debidamente una obra de Juan de la Cueva localizable en este anaquel temático y formal.

Conviene aclararlo: Cossío denomina fábulas a todas aquellas composiciones que «teniendo en el fondo un carácter narrativo, es en ellos lo menos importante la novedad e interés de lo narrado, y lo más los aderezos poéticos añadidos a la narración».

En palabras de Cebrián, don José María intenta adscribir estas creaciones a un género lírico cuya naturaleza es híbrida, y donde cabrían «desde los romances burlescos hasta los poemas breves en octavas de disposición épica, siempre que sean de asunto mitológico».

Con este afán de aquilatar lo diverso, Cossío recupera la Poética neoclásica (1737), de Ignacio de Luzán, que deja fuera del género épico a títulos como La Filomena, de Lope de Vega, o Los amantes de Teruel, de Yagüe «porque contienen amores y acciones de personas particulares».

Explica asimismo Cebrián que el autor objeto de su estudio, Juan de la Cueva, se esmeró para idear fábulas mitológicas. El género fue «muy cultivado durante los Siglos de Oro y ensayado bajo tratamientos muy diversos», y el mencionado poeta ajustó a su troquel dos piezas de mérito, aunque no demasiado difundidas: Los amores de Marte y Venus (137 octavas) y el Llanto de Venus en la muerte de Adonis (119 octavas).

Ambas entregas, al decir de Cebrián, «pueden considerarse como ejercicios de amplificación poética o como recreaciones literarias que parten de una base argumental preexistente» (Juan de la Cueva, Fábulas mitológicas y épica burlesca, ed. preparada por José Cebrián García, Madrid, Editora Nacional, 1984, pp. 50-51).

Podemos imaginar parecidos argumentos e imágenes matrices en creaciones de distinto trámite —véase La mitología contada a los niños, de Fernán Caballero—. Sin embargo, el arsenal donde el repertorio mitológico resulta más copioso es el propio de los poetas. Para especificar lo mucho que éstos se acercan a aquellas fábulas de los siglos XVI y XVII, citaremos dos poemas de fecha más próxima a la nuestra. El primero se debe al nicaragüense Fernando Cortés (1887-1963) y su inspiración es la diosa Afrodita. Dice así:

“Cuando, ante el rojo grito de la aurora,
calló el silencio de la noche, vino
sobre el mar la celeste Pecadora.
En ella había todo don divino,
y he aquí que al verla, los distantes astros
detuvieron a tiempo su camino,
los dioses, cual lobos, tras sus rastros,
disputaban a eternas dentelladas
sus rosas de sagrados alabastros”.

(Antología de la poesía modernista, ed. de Pere Gimferrer, Barcelona, Ediciones Península, 1981, pp. 260-261).

Para no multiplicar en demasía los ejemplos, vamos a concluir con la segunda tanda de versos. La firma el poeta colombiano Guillermo Valencia (1873-1943) bajo el rótulo San Antonio y el centauro:

“Yo soy el viejo Hippofos: el último Centauro
que circundó sus sienes con el augusto lauro
crecido entre las grutas del sagrado archipiélago;
soy un hijo de Grecia, que, atravesando el piélago,
vino a buscar la sombra de bosques escondidos
para llorar la fuga de sus dioses vencidos”.

(Ídem, p. 122).

Como se ve, los líricos del siglo XX también se unen a la estirpe de aquellos culteranos que congregaron a dioses y semidioses en su rincón poético. Al fin y al cabo, si estos últimos así lo permiten, debe de ser por una cuestión de prestigio eterno, de esas que sólo importan en el Olimpo.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

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