
Se ha convertido en un lugar común la mención de la novela folletinesca a la hora de estudiar los productos del cine aventurero. No en vano, las fuentes literarias se advierten en buena parte del género de nuestros amores.
Verbigracia: La Odisea inspiró Las aventuras de Ulises (1969), de Franco Rosi; el ciclo de intrigas de Maurice Leblanc sirvió de argumento a Las aventuras de Arsenio Lupin (1956), de Jacques Becker; y la novela El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, proporcionó la trama de Las aventuras de Edmundo Dantes (1953), de Robert Vernay.
Suma y sigue: la lista parece inagotable y por ello merece cierta atención. Mi primer planteamiento es una obviedad, y es que los guionistas curtidos en este tipo de empresa conocen a los escritores que cultivaron y cultivan la aventura en sus textos. Tal es el caso de Mark Twain, inspirador de largometrajes tan semejantes entre sí como Las aventuras de Tom Sawyer (1930), de John Cromwell, Las aventuras de Tom Sawyer (1938), de Norman Taurog, y Las aventuras de Huckleberry Finn (1993), de Stephen Sommers. En otras ocasiones, la reiteración de un mismo argumento literario propicia muy distintas interpretaciones: por ejemplo, mientras que Las aventuras del barón Munchausen (1943), de Josef Von Baky, se encaminó por los cauces del relato galante y maravilloso, la versión de 1988, dirigida por Terry Gilliam, alternó ingredientes de verosimilitud, delirio e impostura, favoreciendo una cooperación activa por parte del espectador.
Más allá de posibles interpretaciones, la identidad del género se torna indiscutible en aquellas producciones inspiradas por la clásica novela aventurera. Así, Las aventuras de Quintin Durward (1955), de Richard Thorpe, y el libro homónimo de Walter Scott, funcionan como paradigma de ese proceso. Lo mismo sucede con el folletín norteamericano de aventuras (la llamada pulp fiction), origen de numerosas adaptaciones que han cimentado el estereotipo del héroe aventurero, singularmente en el cine de episodios (las llamadas películas por jornadas o seriales).
Uno de los paladines del pulp, Bulldog Drummond, fue interpretado por Ronald Colman en Un aventurero audaz (1934), de Roy del Ruth. Ni que decir tiene que otras creaciones procedentes del pulp, como Conan y La Sombra, también fueron adaptados al cine. (1934). En la misma dirección, el personaje Doc Savage inspiró El hombre de bronce (1975), de Michael Anderson.
Desde una perspectiva irónica, el pulp sirvió como fuente de inspiración de Steven Spielberg y George Lucas a la hora de diseñar la figura de Indiana Jones, el arqueólogo protagonista de En busca del Arca Perdida (1981), Indiana Jones y el Templo Maldito (1984) e Indiana Jones y la última cruzada (1989).
En su etapa de apogeo, entre las décadas de los diez y los treinta del siglo XX, el pulp reinterpretó los modelos del folletín del XIX y proporcionó una galería de héroes que pasaron muy pronto al cine y al cómic. Uno de los autores más renombrados de esta modalidad literaria, Edgar Rice Burroughs, fue el creador de Tarzán, el rey de la selva, origen de cintas de enorme éxito como Tarzan of the apes (1918), de Scott Sidney, The romance of Tarzan (1918), de Wilfred Lucas, The return of Tarzan (1920), de Harry Revier, The adventures of Tarzan (1922), de Robert F. Hill, y Tarzan and the golden lion (1927), de J.P. MacGowan.
En paralelo a este interés del cine de Hollywood por el pulp norteamericano, hay dos autores europeos, Emilio Salgari y Julio Verne, que han proporcionado numerosos argumentos al género, confirmando de ese modo los vínculos de éste con la literatura. En el caso de Verne, hay relación muy temprana con el cinematógrafo, como lo demuestran Viaje a la Luna (1902), de Georges Méliès, Viaje al fondo de la Tierra (1908), de Segundo de Chomón, Miguel Strogoff (1910), de J. Searle Dawley, Les enfants du Capitain Grant (1912), de Henri Rusell, Miguel Strogoff (1914), de John Ince, y Twenty thousand leagues under the sea (1916), de Stuart Paton, todos ellos clásicos del cine de aventuras del período mudo. (1902).
El cine posterior también recogió el espíritu inquieto y especulador de Verne en largometrajes como El correo del Zar (1935), de Richard Eichberg, Veinte mil leguas de viaje submarino (1954), de Richard Fleischer, La vuelta al mundo en ochenta días (1956), de Michael Anderson, Viaje al centro de la Tierra (1959), de Henry Levin, La isla misteriosa (1961), de Cy Enfield, El amo del mundo (1961), de William Witney, Cinco semanas en globo (1962), de Irwin Allen, Los hijos del Capitán Grant (1962), de Robert Stevenson, y Las tribulaciones de un chino en China (1965), de Philippe de Brocca.
Todo lo cual me lleva a una primera conclusión que tomo prestada de Umberto Eco. Seguramente por su eficacia prototípica, los patrones narrativos de la literatura popular son los más idóneos para su traslado al séptimo arte. Me refiero a esos clichés que, de camino, siguen recordándonos lo mucho que el ser humano necesita la épica. Y créanme, eso aún es válido incluso en los tiempos que corren.
(En este artículo se citan textos publicados por mí en la Enciclopedia Universal Multimedia de Micronet, entre 1999 y 2002)
































































































