Cine y Letras

Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Gerhard Hauptmann

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El 20 de octubre, en el teatro Lessing de Berlín, la Verein Freie Bühne estrena a un dramaturgo casi desconocido. La pieza es Vor Sonnenaufgang (Antes del amanecer) y el autor, Gerhard Hauptmann.

Obra naturalista, en el sentido más doctrinal de la palabra (contraposición del intelectual progresista, perseguido por la justicia, y el burgués próspero, acción de la herencia, disputas por una mujer, suicidio), es curioso observar en ella cómo Hauptmann se declara contra el naturalismo, un poco a la manera como Bourget apoya y desdice la novela de análisis psicológico.

Alfred Loth, el héroe positivo, apalea Werther de Goethe, «una obra estúpida, un libro para hombres endebles», al tiempo que elogia Lucha por Roma de Dahn.

Hasta ahí vamos bien. Las obras han de pintar a los hombres como deben ser, no como son. Han de ser razonables, no prácticas. Aquí se ve la fisura de su naturalismo. Por ello, Ibsen y Zola no pasan de ser «males necesarios» y no verdaderos escritores. «Tengo una sed respetable y pido a la poesía una bebida clara y refrescante. No estoy enfermo. Ibsen y Zola me ofrecen medicinas.»

Hauptmann es, entonces, socialista y su héroe lo dice sin dudar ni matizar. Lanza su diatriba contra los parásitos que viven del sudor ajeno, los criminales premiados en la guerra, el cristianismo vuelto religión de Estado, etc.

Ha sufrido la miseria, como hijo de un obrero. La denuncia. Pero, ay, cuando debe huir con la mujer amada, la abandona, sabiendo que ella pertenece a una familia de enfermos hereditarios y que sus hijos podrán salir deformes o tarados.

Aquí vuelve a obedecer a la ciencia y a someterse al credo abstracto de los naturalistas. Estas vacilaciones acompañarán a Hauptmann y a cierta zona del pensamiento antiburgués. Si en obras escandalosas como Los tejedores (1892) y El carrero Henschel (1899) la denuncia social es lo dominante, luego, en textos como El viaje celestial de Juanito (1893) y, sobretodo, en La campana hundida (1897), subtitulada, sugestivamente: Una fábula dramática alemana, se desplaza hacia el espacio del arte en la sociedad y los poderes regenerativos del artista.

En la primera, el poeta se identifica con un niño moribundo, un enfermo pobre que, en su delirio agónico, cree estar en el Cielo, compartiendo la gloria con personajes alegóricos del mundo moral.

La segunda es una parábola sobre la vuelta a los orígenes populares y nacionales del pueblo alemán, por medio del fundidor de campanas que 'entra en contacto con el mundo de las fábulas folclóricas.

Quiere fundar una nueva religión y fundir para ella una campana que reproduzca el sonido ideal que cree escuchar en sueños, el de la «campana hundida».

Como en Nietzsche y en Heidegger, el perdido y olvidado origen. La empresa fracasa: ninguna campana real puede confundirse con la otra. También es pesimista la reflexión sobre la eficacia social del artista en Michael Kramer (1900): a pesar de su prédica moralista, el pintor que protagoniza la pieza no puede evitar que su hijo se hunda en el vicio y el delito, hasta un final suicida.

Hauptmann se acercará al nazismo, aunque no sin fricciones, y, hacia el final de su carrera, escribirá una tetralogía neoclásica sobre el mito de los Atridas. Ella termina con Ifigenia en Delfos (1940), extraña mezcla de fatalismo pagano y redentorismo cristiano, en que Ifigenia se sacrifica para que su hermano Orestes, que ha perdido la razón tras matar a la madre, sea perdonado (elemento incompatible con el fatalismo clásico), recobre su identidad y los griegos lo proclamen su líder.

Esta Grecia revista por los románticos alemanes, teñida de culpabilismo cristiano, de regeneración y de locura positivista, seguirá manteniendo en la vejez de Hauptmann los desgarros de su juventud.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

El 20 de octubre, en el teatro Lessing de Berlín, la Verein Freie Bühne estrena a un dramaturgo casi desconocido. La pieza es Vor Sonnenaufgang (Antes del amanecer) y el autor, Gerhard Hauptmann.

Obra naturalista, en el sentido más doctrinal de la palabra (contraposición del intelectual progresista, perseguido por la justicia, y el burgués próspero, acción de la herencia, disputas por una mujer, suicidio), es curioso observar en ella cómo Hauptmann se declara contra el naturalismo, un poco a la manera como Bourget apoya y desdice la novela de análisis psicológico.

Alfred Loth, el héroe positivo, apalea Werther de Goethe, «una obra estúpida, un libro para hombres endebles», al tiempo que elogia Lucha por Roma de Dahn.

Hasta ahí vamos bien. Las obras han de pintar a los hombres como deben ser, no como son. Han de ser razonables, no prácticas. Aquí se ve la fisura de su naturalismo. Por ello, Ibsen y Zola no pasan de ser «males necesarios» y no verdaderos escritores. «Tengo una sed respetable y pido a la poesía una bebida clara y refrescante. No estoy enfermo. Ibsen y Zola me ofrecen medicinas.»

Hauptmann es, entonces, socialista y su héroe lo dice sin dudar ni matizar. Lanza su diatriba contra los parásitos que viven del sudor ajeno, los criminales premiados en la guerra, el cristianismo vuelto religión de Estado, etc.

Ha sufrido la miseria, como hijo de un obrero. La denuncia. Pero, ay, cuando debe huir con la mujer amada, la abandona, sabiendo que ella pertenece a una familia de enfermos hereditarios y que sus hijos podrán salir deformes o tarados.

Aquí vuelve a obedecer a la ciencia y a someterse al credo abstracto de los naturalistas. Estas vacilaciones acompañarán a Hauptmann y a cierta zona del pensamiento antiburgués. Si en obras escandalosas como Los tejedores (1892) y El carrero Henschel (1899) la denuncia social es lo dominante, luego, en textos como El viaje celestial de Juanito (1893) y, sobretodo, en La campana hundida (1897), subtitulada, sugestivamente: Una fábula dramática alemana, se desplaza hacia el espacio del arte en la sociedad y los poderes regenerativos del artista.

En la primera, el poeta se identifica con un niño moribundo, un enfermo pobre que, en su delirio agónico, cree estar en el Cielo, compartiendo la gloria con personajes alegóricos del mundo moral.

La segunda es una parábola sobre la vuelta a los orígenes populares y nacionales del pueblo alemán, por medio del fundidor de campanas que 'entra en contacto con el mundo de las fábulas folclóricas.

Quiere fundar una nueva religión y fundir para ella una campana que reproduzca el sonido ideal que cree escuchar en sueños, el de la «campana hundida».

Como en Nietzsche y en Heidegger, el perdido y olvidado origen. La empresa fracasa: ninguna campana real puede confundirse con la otra. También es pesimista la reflexión sobre la eficacia social del artista en Michael Kramer (1900): a pesar de su prédica moralista, el pintor que protagoniza la pieza no puede evitar que su hijo se hunda en el vicio y el delito, hasta un final suicida.

Hauptmann se acercará al nazismo, aunque no sin fricciones, y, hacia el final de su carrera, escribirá una tetralogía neoclásica sobre el mito de los Atridas. Ella termina con Ifigenia en Delfos (1940), extraña mezcla de fatalismo pagano y redentorismo cristiano, en que Ifigenia se sacrifica para que su hermano Orestes, que ha perdido la razón tras matar a la madre, sea perdonado (elemento incompatible con el fatalismo clásico), recobre su identidad y los griegos lo proclamen su líder.

Esta Grecia revista por los románticos alemanes, teñida de culpabilismo cristiano, de regeneración y de locura positivista, seguirá manteniendo en la vejez de Hauptmann los desgarros de su juventud.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

El 20 de octubre, en el teatro Lessing de Berlín, la Verein Freie Bühne estrena a un dramaturgo casi desconocido. La pieza es Vor Sonnenaufgang (Antes del amanecer) y el autor, Gerhard Hauptmann.

Obra naturalista, en el sentido más doctrinal de la palabra (contraposición del intelectual progresista, perseguido por la justicia, y el burgués próspero, acción de la herencia, disputas por una mujer, suicidio), es curioso observar en ella cómo Hauptmann se declara contra el naturalismo, un poco a la manera como Bourget apoya y desdice la novela de análisis psicológico.

Alfred Loth, el héroe positivo, apalea Werther de Goethe, «una obra estúpida, un libro para hombres endebles», al tiempo que elogia Lucha por Roma de Dahn.

Hasta ahí vamos bien. Las obras han de pintar a los hombres como deben ser, no como son. Han de ser razonables, no prácticas. Aquí se ve la fisura de su naturalismo. Por ello, Ibsen y Zola no pasan de ser «males necesarios» y no verdaderos escritores. «Tengo una sed respetable y pido a la poesía una bebida clara y refrescante. No estoy enfermo. Ibsen y Zola me ofrecen medicinas.»

Hauptmann es, entonces, socialista y su héroe lo dice sin dudar ni matizar. Lanza su diatriba contra los parásitos que viven del sudor ajeno, los criminales premiados en la guerra, el cristianismo vuelto religión de Estado, etc.

Ha sufrido la miseria, como hijo de un obrero. La denuncia. Pero, ay, cuando debe huir con la mujer amada, la abandona, sabiendo que ella pertenece a una familia de enfermos hereditarios y que sus hijos podrán salir deformes o tarados.

Aquí vuelve a obedecer a la ciencia y a someterse al credo abstracto de los naturalistas. Estas vacilaciones acompañarán a Hauptmann y a cierta zona del pensamiento antiburgués. Si en obras escandalosas como Los tejedores (1892) y El carrero Henschel (1899) la denuncia social es lo dominante, luego, en textos como El viaje celestial de Juanito (1893) y, sobretodo, en La campana hundida (1897), subtitulada, sugestivamente: Una fábula dramática alemana, se desplaza hacia el espacio del arte en la sociedad y los poderes regenerativos del artista.

En la primera, el poeta se identifica con un niño moribundo, un enfermo pobre que, en su delirio agónico, cree estar en el Cielo, compartiendo la gloria con personajes alegóricos del mundo moral.

La segunda es una parábola sobre la vuelta a los orígenes populares y nacionales del pueblo alemán, por medio del fundidor de campanas que 'entra en contacto con el mundo de las fábulas folclóricas.

Quiere fundar una nueva religión y fundir para ella una campana que reproduzca el sonido ideal que cree escuchar en sueños, el de la «campana hundida».

Como en Nietzsche y en Heidegger, el perdido y olvidado origen. La empresa fracasa: ninguna campana real puede confundirse con la otra. También es pesimista la reflexión sobre la eficacia social del artista en Michael Kramer (1900): a pesar de su prédica moralista, el pintor que protagoniza la pieza no puede evitar que su hijo se hunda en el vicio y el delito, hasta un final suicida.

Hauptmann se acercará al nazismo, aunque no sin fricciones, y, hacia el final de su carrera, escribirá una tetralogía neoclásica sobre el mito de los Atridas. Ella termina con Ifigenia en Delfos (1940), extraña mezcla de fatalismo pagano y redentorismo cristiano, en que Ifigenia se sacrifica para que su hermano Orestes, que ha perdido la razón tras matar a la madre, sea perdonado (elemento incompatible con el fatalismo clásico), recobre su identidad y los griegos lo proclamen su líder.

Esta Grecia revista por los románticos alemanes, teñida de culpabilismo cristiano, de regeneración y de locura positivista, seguirá manteniendo en la vejez de Hauptmann los desgarros de su juventud.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

El 20 de octubre, en el teatro Lessing de Berlín, la Verein Freie Bühne estrena a un dramaturgo casi desconocido. La pieza es Vor Sonnenaufgang (Antes del amanecer) y el autor, Gerhard Hauptmann.

Obra naturalista, en el sentido más doctrinal de la palabra (contraposición del intelectual progresista, perseguido por la justicia, y el burgués próspero, acción de la herencia, disputas por una mujer, suicidio), es curioso observar en ella cómo Hauptmann se declara contra el naturalismo, un poco a la manera como Bourget apoya y desdice la novela de análisis psicológico.

Alfred Loth, el héroe positivo, apalea Werther de Goethe, «una obra estúpida, un libro para hombres endebles», al tiempo que elogia Lucha por Roma de Dahn.

Hasta ahí vamos bien. Las obras han de pintar a los hombres como deben ser, no como son. Han de ser razonables, no prácticas. Aquí se ve la fisura de su naturalismo. Por ello, Ibsen y Zola no pasan de ser «males necesarios» y no verdaderos escritores. «Tengo una sed respetable y pido a la poesía una bebida clara y refrescante. No estoy enfermo. Ibsen y Zola me ofrecen medicinas.»

Hauptmann es, entonces, socialista y su héroe lo dice sin dudar ni matizar. Lanza su diatriba contra los parásitos que viven del sudor ajeno, los criminales premiados en la guerra, el cristianismo vuelto religión de Estado, etc.

Ha sufrido la miseria, como hijo de un obrero. La denuncia. Pero, ay, cuando debe huir con la mujer amada, la abandona, sabiendo que ella pertenece a una familia de enfermos hereditarios y que sus hijos podrán salir deformes o tarados.

Aquí vuelve a obedecer a la ciencia y a someterse al credo abstracto de los naturalistas. Estas vacilaciones acompañarán a Hauptmann y a cierta zona del pensamiento antiburgués. Si en obras escandalosas como Los tejedores (1892) y El carrero Henschel (1899) la denuncia social es lo dominante, luego, en textos como El viaje celestial de Juanito (1893) y, sobretodo, en La campana hundida (1897), subtitulada, sugestivamente: Una fábula dramática alemana, se desplaza hacia el espacio del arte en la sociedad y los poderes regenerativos del artista.

En la primera, el poeta se identifica con un niño moribundo, un enfermo pobre que, en su delirio agónico, cree estar en el Cielo, compartiendo la gloria con personajes alegóricos del mundo moral.

La segunda es una parábola sobre la vuelta a los orígenes populares y nacionales del pueblo alemán, por medio del fundidor de campanas que 'entra en contacto con el mundo de las fábulas folclóricas.

Quiere fundar una nueva religión y fundir para ella una campana que reproduzca el sonido ideal que cree escuchar en sueños, el de la «campana hundida».

Como en Nietzsche y en Heidegger, el perdido y olvidado origen. La empresa fracasa: ninguna campana real puede confundirse con la otra. También es pesimista la reflexión sobre la eficacia social del artista en Michael Kramer (1900): a pesar de su prédica moralista, el pintor que protagoniza la pieza no puede evitar que su hijo se hunda en el vicio y el delito, hasta un final suicida.

Hauptmann se acercará al nazismo, aunque no sin fricciones, y, hacia el final de su carrera, escribirá una tetralogía neoclásica sobre el mito de los Atridas. Ella termina con Ifigenia en Delfos (1940), extraña mezcla de fatalismo pagano y redentorismo cristiano, en que Ifigenia se sacrifica para que su hermano Orestes, que ha perdido la razón tras matar a la madre, sea perdonado (elemento incompatible con el fatalismo clásico), recobre su identidad y los griegos lo proclamen su líder.

Esta Grecia revista por los románticos alemanes, teñida de culpabilismo cristiano, de regeneración y de locura positivista, seguirá manteniendo en la vejez de Hauptmann los desgarros de su juventud.

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