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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Hidalgos y samuráis

William_kanagawa

Hidalgos y samuráis, de Juan Gil (Alianza) es un libro informadísimo, curioso y divertido que cuenta las relaciones hispanojaponesas en los siglos XVI y XVII.

Aparece entre sus protagonistas Rodrigo de Vivero, un mexicano de lo que hoy llamaríamos D.F. Era sobrino nieto de don Iván de Vivero, el caballero de Olmedo que se supone llevado al teatro por Lope. Estuvo en Ulúa y en las minas de Taxco. Luego marchó a Filipinas y naufragó en las costas del Japón, lo cual le permitió conocer el país nipón en tiempo de los shogunes.

En su vejez, este chilango redactó unas pomposas’memorias llenas de consejos y reflexiones, Avisos y proyectos para el buen gobierno de la monarquía española, fechables entre 1627 y 1629.

Allí cuenta lo bien que lo trataron todos, desde los bonzos al emperador, y lo destacado que se sentía en medio de tanta gente extraña. Rescato una sola ocurrencia de Vivero: los supuestos consejos de doble filo que dio al emperador japonés y al prudente Felipe II. Se trataba de aprovechar la belicosidad de los nipones y el descuido de los coreanos para meterse en la península de éstos últimos.

O sea: para que España pusiera un pie en Asia continental, del brazo del Japón. Muy largo se lo fiaba el mexicano y esta política no prosperó. España nunca estuvo muy dentro de Asia, salvo por la obra de los misioneros.

Se estableció de modo desigual en Filipinas y mantuvo una línea comercial que cruzaba el Pacífico entre Manila y Acapulco. Una línea que era más mexicana que española. La fantasía grandiosa de Vivero (una China hispanizada) se redujo al borgiano tamaño de una página como esta de Vuelta.

¿Y si las tropas hispanojaponesas hubiesen invadido China a través de Corea? ¿Y si el Japón se hubiese españolizado y cristianizado antes? ¿Y si los japoneses, al revés, hubieran disputado la corona española a los Austrias? ¿Y si los españoles hubieran terminado sinizados como los manchúes o los mongoles?

La historia prolifera como el laberinto chino de Borges, ese jardín donde los senderos, a fuerza de bifurcarse, no llevan a ninguna parte y, virtualmente, a todas.

Desde luego, la historia no opera de esta manera. Siempre elige el camino que abre, hace camino su andar, machadianamente, y convierte, de hecho, en fin, el territorio que ocupa. Pasó con las Indias, luego América: se transformaron de experiencia náutica en finalidad histórica.

Por cierto: bastante tenía el imperio español con las Indias, Saboya, el Milanesado, los estados pontificios, Flandes, Orán y el Gran Turco incordiando en el Mediterráneo como para meterse a mestizar la China.

La prudencia histórica fue más pedestre y efectiva que la diplomacia propuesta por Vivero. Pero podríamos pensar el curso de los hechos a favor de aquella fantasía mexicana del siglo barroco.

Entonces, los haikús y las tankas habrían sido llevados a Oriente por José Juan Tablada, Isaac del Vando-Villar y Octavio Paz. Y el budismo zen sería un invento del filósofo nihilista rioplatense Jorge Luis Borges, que lo difundió por China y el Japón.

Los chinos hablarían español y los hispanohablantes aprenderíamos el chino en las escuelas, ideografías incluidas. Y la industria japonesa sería la más importante del mundo, y sería, además, española.

Finalmente, si el borgiano traidor muere como un héroe, todos lo tenemos por tal y acaba siéndolo. Tal vez, Vivero logró lo que se proponía y, en verdad, los japoneses y los chinos son mexicanos que disimulan, para lo cual se dice que están muy bien dotados. Y también que México es un país más oriental que americano.

En la historia todo es hipótesis y recuento. México podría reclamar sus derechos de propiedad intelectual sobre una Corea novohispana, puerta de ingreso de España en Asia continental. Lo cual le ahorraría negociaciones de mercado común con los vecinos nórdicos.

Tal vez en un tomo apócrifo de la Enciclopaedia Britannica comprada por consejo de Alfonso Reyes, el mismo don Alfonso cuenta la vera historia de la conquista de Corea. Presa de estas inquietudes, cada vez que entro en el supermercado donde empezó y acaba esta carta, me pregunto si el contenido de cada lata y cada frasco que exhibe, se corresponde con la profusa explicación -borgiana, enciclopédica, babélica- que ofrecen sus etiquetas.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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