El paso del Noroeste
Desde el punto de vista histórico, conviene recordar, por un lado, las primeras fórmulas de edición digital (CD-Rom y DVD), y por otro, esa biblioteca sin límites que inaugura Internet.
Pues bien, en medio de todo esto, aparece el siguiente eslabón, previo al libro electrónico propiamente dicho.
Sabido es que la llamada librería virtual dejó abierta la oportunidad para adquirir, a través de la Red, los títulos incluidos en un determinado catálogo. De ahí a improvisar un espacio interactivo, enriquecido por reseñas y artículos, y donde fuera sencillo escoger y comprar, sólo había un paso. Paso que dieron con buena fortuna Amazon.com y otras empresas afines, responsables de introducir entre los lectores la costumbre de obtener libros en el mercado electrónico.
Resulta consolador y estimulante ver en este empeño los avances de la distribución editorial. Para comenzar, gracias a las tiendas virtuales, el comprador de los años noventa comienza a advertir lo dudoso del método que representan muchas librerías convencionales y también las grandes cadenas, por lo común sometidas a la rápida rotación del mercado y atentas al rendimiento individual de cada ejemplar. Librerías donde el fondo, cada vez más corto en clásicos, ha de ser renovado sin tregua, y que por ello contrastan con los comercios de Internet, cuyo censo de libros, quién sabe por qué azar, suele colmar nuestra necesidad de buscar nuevas referencias, por singulares que éstas sean y por alejado que se encuentre nuestro hogar del punto de venta.
En este proceso, en el cual se refleja el entusiasmo contagioso de la nueva informática, no es aventurado suponer la importancia de dos experiencias deslumbrantes: los libros a la carta, editados exclusivamente en Internet e impresos mediante ingenios cada vez más audaces; y los dispositivos electrónicos de lectura, diseñados con el afán de sustituir al clásico tomo de papel. Toda vez que la expresión libro electrónico nos ha de servir para identificar ambos hallazgos, y como presumiblemente no faltarán bibliómanos que los repudien, intentaremos entresacar, en unas cuantas líneas, varias de las sorpresas tecnológicas que han de transformar el oficio de editor.
En su libro La edición sin editores (Destino, 2000), André Schiffrin proyectaba las tinieblas del horizonte editorial contemporáneo (la concentración de empresas, el tratamiento del libro estrictamente como mercancía).
Descartando la esperanza, como quien relata un ocaso inevitable, otros autores han insistido en los mismos males, de honda raíz sociológica. Tal vez por esto valga la pena describir el nuevo escenario mercantil e intelectual que fomentan las computadoras y, en lo posible, describirlo sin fantasías ni sensacionalismo.
Imposible no acudir a los expertos.
Repitamos lo ya apuntado por Arturo Escandón: “Fue un estudioso mcluhanista de las comunicaciones, Paul Levinson, quien consideró a los ordenadores como nuevos libros. Internet es ciertamente un gran libro nunca completado, de características similares al Aleph borgiano. Los saltos que permite el hipertexto, la capacidad de buscar y encontrar información, las nuevas formas de catalogarla, o desarticular nuestras inútiles o arbitrarias formas de establecer órdenes o taxonomías, configuran un espacio nuevo y dinámico que podríamos llamar libro postmoderno. La metáfora es precisamente el hipertexto, es decir, un texto que se comunica con otros textos distribuidos en una red de conexiones desconocidas”.
La historia reciente nos suministra imágenes de ese modelo. En el tablero de diseño de Vannevar Bush fue donde, hacia 1945, apareció el primer esbozo de un libro electrónico: el Memex. Dicho artefacto nunca se llegó a comercializar. Debe suponerse, no obstante, que el artilugio debió de tener cierto alcance, a causa por lo menos de su influjo en posteriores diseñadores. Bush no estaba lejos de creer que el futuro de los ordenadores pasaba por una pantalla de lectura.
El proyecto no era un juguete inconsciente, pero pasó por numerosas vicisitudes antes de convertirse en realidad. De ese proceso, mucho de lo que en rigor puede decirse queda resumido en la siguiente anécdota de Javier Sánchez Ventero, miembro del Technical Council of Software Engineering y del Institute of Electrical and Electronics Engineers: “Fueron los propios usuarios quienes dieron un paso más allá cuando empezaron a utilizar las primeras Personal Data Assistants (PDA o agendas electrónicas) armadas de conexión a la Red. Muchos de estos usuarios adquirieron la costumbre de utilizar los módem inalámbricos que incorporan estos dispositivos. De ese modo, transfiriendo desde la Red las páginas de los periódicos del día, les resultaba posible leerlos en sus agendas”.
Añádase aquí otro caso memorable: el libro electrónico que fue mostrado en la Feria de Francfort de 1998. Los primeros usuarios pudieron comprobar que, en efecto, se trataba de una máquina similar a una agenda electrónica. Denominado Rocket eBook, el instrumento era presentado por la empresa NuvoMedia. En las fotografías publicitarias, no sin intención, el artilugio de marras permitía leer una página de “Alicia en el País de las Maravillas”.
































































































