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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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"La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa", de Alejandra Pizarnik

Williamwaterhousedolce

La posición de la pieza teatral Los poseídos entre las lilas y del texto La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa en la bibliografía de Pizarnik es singular por su intención humorística.

Un humor que, según nos recuerda Cristina Piña, «se apoya precisamente en la recurrencia de lo sexual o lo obsceno, por lo cual, lejos de producir gracia a causa de su desfachatez, generan una profunda angustia». Empresa equívoca, sin duda, pues en la obra que protagoniza estas líneas «lo obsceno abandona la representación para emerger como lo dicho en el nivel del significante, subvirtiendo el orden simbólico —la lengua, la cultura—, con lo cual la ecuación sexo-muerte se registra en el lenguaje mismo» («La palabra obscena», Cuadernos Hispanoamericanos, sup. Los complementarios, n.º 5, mayo de 1990, pp. 37-38).

Cuando se examina de cerca esta creación, parece que el destino colabora en la sorpresa y la transgresión, pues el escrito original figuraba en una carpeta con dos series de relatos, impresos póstumamente en Textos de sombra y últimos poemas (Buenos Aires, Sudamericana, 1982). Interesarse en sus orientaciones significa recordar a Alfred Jarry, a Cortázar y a ese formidable humorista que fue Kafka. Una vez más, también la figura exaltante de Lewis Carroll dicta a Alejandra su lección de espejos y maravillas.

Por esto dice Ana Nuño que el sentido del humor de Pizarnik se nutre en Alicia en el país de las maravillas y en la sensibilidad yiddish.

El cruce de influencias se manifiesta, finalmente, en «una operación de desenfado y jocoso vapuleo de las palabras, que casi siempre produce sorprendentes e iluminadores efectos de sentido». En la misma dirección, añade Nuño que ciertos pasajes de La bucanera de Pernambuco consiguen igualar e incluso superar los delirios anagramáticos de Raymond Roussel. «Después de leer estos textos —concluye—, se comprende mejor la extraordinaria complicidad que había entre Pizarnik y Julio Cortázar. Además de su ‘obra seria’, que constituye en ambos casos una de las experiencias más plenas de la lengua castellana, son los cronopios indiscutibles de nuestra tradición literaria» (Alejandra Pizarnik, Prosa completa, edición a cargo de Ana Becciú, prólogo de Ana Nuño, Barcelona, Editorial Lumen, 2001, p. 9).

Las criaturas de Pizarnik se mueven por un plano lingüístico en el cual comparten el destino común que designa Carlota Caulfield: el de ser fagocitados por ese universo del lenguaje. Los juegos de palabras menudean y se asimilan por lo bajo. Por algo «una enardecida inocencia y un corrosivo sentido del absurdo signan este libro, compendio inenarrable de caleidoscopios verbales» (Dos letras, presentación y notas de Carlota Caulfield, Barcelona, March Editor, 2003, p. 84). A modo de ejemplo, viene al caso citar un pasaje del relato que da título al conjunto, dedicado a Gabrielle D’Estrées y a Severo Sarduy: «Recuerde el lector encinto que nuestro recinto es, siempre, la botica rococó de Cocó Anel». Del otro lado está el delirio: ese mismo delirio que recurre a medios alucinatorios y ocurrentes para construir un nuevo orden significativo. Véase: «Por su parte, Cocoloba fue la secuestraria de la mujercita Puloil. Pero es en vano que busques, lector, a estos persopejes, pues ellos, los asaz nudos de ventura Jercita y Múmú, fueron asados a la parrilla por una horda integrada por dos ancianas antropófagas de 122 años, pertenecientes a la tribu Bu-bú, de Dentáfrica» (Prosa completa, op. cit., pp. 154-155). Acaso, como dijo Breton acerca del arte de Dalí, seres absolutamente nuevos, visiblemente mal intencionados, acaban de ponerse en marcha gracias a Alejandra.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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