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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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La ficción científica

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Las conexiones de la ciencia con la narrativa son complejas. En todo caso, es posible que lo que hay en la ficción científica de futurible, que es mucho, tenga su raíz en una vocación realista, comprometida con las actuales opciones tecnológicas.

Este imperativo de verosimilitud que suele darse en el género de la ciencia-ficción tiene, a la postre, tanta importancia como la que pretenden lograr los cultivadores de otras expresiones novelescas. Todo depende en este caso de las exigencias del lector.

¿Quiere esto decir que no hay en las obras de este tipo otros cálculos ajenos al porvenir técnico? Sí, por supuesto que los hay, pero subordinadas al romance del átomo y el cosmos.

Borges describe este esquema intelectual situado ante los dos caminos entre los que oscila la literatura fantástica: «Uno, el onírico, el de Henry James, el de Arthur Machen y el de Kafka; otro el científico, el de Wells y el de Ray Bradbury, que prefiere atribuir sus maravillas a invenciones mecánicas» («Los caminos de la imaginación», en Textos recobrados 1956-1986, Buenos Aires, Emecé Editores, 2003, p. 243).

Apenas hemos comenzado y ya se intuye en la cita previa una conclusión: en el género predominan los autores anglosajones.

A modo de curiosidad, los bibliófilos españoles pueden recordar a folletinistas anteriores a la guerra civil, como Domingo Ventalló, Jesús de Aragón y José de Elola, seguidores de las peripecias lunares de Julio Verne.

Más recientemente, el listado acoge a narradores que ingresan en la misma comunidad, como Luis Vigil, Pascual Enguídanos, Domingo Santos, Gabriel Bermúdez Castillo y Ángel Torres Quesada. Pero el asunto no llega mucho más allá ni permite alardes castizos.

Si creemos al novelista Jack Williamson, la ficción científica es, a grandes rasgos, una exploración imaginativa de las posibilidades científicas.

En su dominio cabe de todo: desde los viajes en el tiempo hasta las civilizaciones alienígenas, incluyendo autómatas, desastres climáticos, epopeyas cibernéticas y periplos estelares.

Quien otorgó su rótulo al género fue el fundador de la revista norteamericana Amazing Stories, el emigrante luxemburgués Hugo Gernsback (1884-1967), que definió la scientifiction como «el tipo de relato de Verne, Wells y Poe; una novela encantadora entremezclada con hechos científicos y visiones proféticas)».

Por supuesto, esta definición es bastante ingenua, pero resulta útil para acotar un territorio que, de otro modo, nos obligaría a describir un buen número de subgéneros, contaminados a su vez por especialidades familiares, al estilo de la novela de aventuras o el relato policial. Por afinar la etimología, conviene saber que la scientifiction descrita por Gernsback pasó a denominarse science fiction entre los anglófonos.

En un explicable caso de mala traducción, triunfó dentro de nuestro universo lingüístico el término ciencia-ficción. Si bien resulta más acertado hablar de ficción científica, parece claro que las inercias del idioma dificultan este tipo de recambio.

Los prestigios iniciales de esta fórmula interesaron a autores como Bioy Casares y Horacio Quiroga. Pese al infantilismo escapista de muchas de las creaciones adscritas al género, hay motivos sobrados para entender la fascinación que ellas ejercen.

Y esto lo consigue la ficción científica mediante ese ardid literario que ya describió Baudelaire: ir al fondo de lo desconocido para descubrir lo nuevo. En este plano, recuerda Fernando Savater que nuestro planeta es demasiado pequeño para contentar la vanidad humana.

Por ello, se entiende que descentralice “la inteligencia en sistemas crecientemente sofisticados, a fin de que todo el universo gravite en torno a un pensamiento que no sólo ocupa el centro sino también la periferia y cada rincón de lo que existe, empapando con sus leyes hasta la última partícula de polvo estelar que flota en la mínima porción de éter” (La infancia recuperada, Madrid, Taurus, 2002, p. 120).

Ahora bien: la cuestión excede los límites de la epopeya darwinista, donde la historia queda definida como una senda de progresivo perfeccionamiento.

Desprovisto del arsenal quimérico, el autor de este tipo de relatos también puede explorar zonas menos luminosas.

Como señala Alberto Manguel, cuando H. G. Wells ideó sus novelas científicas —El hombre invisible, Los primeros hombres en la luna, La isla del doctor Moreau— «el ideal utópico se había desvanecido hasta convertirse en su sombra: la distopia, el lugar donde nuestras peores cualidades pueden florecer sin trabas, como plantas carnívoras» (Diario de lecturas, Madrid, Alianza Editorial, 2004, p. 42).

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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