
A través de veinte ejemplos tomados de la literatura, Rosa de Diego y Lydia Vazquez proyectan en Hombres de ficción. La figura masculina en la historia y en la cultura (Alianza, 2005) una deriva de la figura masculina en el imaginario de la humanidad.
Se trata de perfilar modelos varoniles y así el pícaro es un héroe de novela educativa; el samurái construye su identidad sometiéndose a un código caballeresco; el dandi es el individuo único que, según Baudelaire, impone una moda y huye de ella cuando se divulga; el sabueso tipo Holmes escudriña la realidad desde su encierro y desenmascara al criminal oculto; Narciso se inventa a sí mismo sin saberlo al mirarse en la fuente y enamorarse de ese chico que es él; Pigmalión es tan potente que da vida a una cosa modelada por sus manos; el doctor Frankenstein es capaz de armar un hijo apócrifo que suma todas las bellezas viriles en un solo cuerpo; el superhombre nietzscheano borra la historia y empieza todo de nuevo en la aurora de los tiempos.
Hasta aquí cabe recontar cierto inventario de atributos viriles: legalidad, nitidez, poder, actividad, riesgo, invención. En el resto de los casos, los confines se confunden.
Superman no es el superhombre de Nietzsche. Sus poderes están al servicio de normas ordinarias. Los personajes de Kafka ignoran la ley a la que están sometidos. Don Juan se enamora y deja de ser donjuanesco. Fausto puede ser una mujer. Robinson no es Adán sino que lleva consigo la Biblia que cuenta la caída de Adán.
Don Quijote, liberal y democrático, es escarnecido al presentarse como un ser ridículo. El vampiro puede ser una vampiresa. Peter Pan no quiere crecer, no quiere ser un varón sino un niño. El doctor Jekyll ansía ser míster Hyde pero ignora a míster Hyde. En cuanto a Tartufo, su hipocresía y su impostura poco tienen que ver con la transparencia y la veracidad varoniles. Príapo, desde luego, sí, es inevitablemente priápico.
Las autoras han acumulado una frondosa información que, en parte, es pertinente y, en parte, sobreabunda. Sus juicios son amenos pero pecan de veloces e imprecisos: «Este personaje tan cercano, tan familiar, tan nuestro, posee algo del eterno adolescente, inmaduro, idealista, enamoradizo, rebelde, pendenciero» es una definición de Don Quijote.
Cabe agradecer que no se haya hecho una de las llamadas «críticas de género», juicio que el ganado femenino emite sobre el ganado masculino como si se tratara de dos razas inconciliables. De vez en cuando conviene pensar desde la humanidad.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en el suplemento cultural del diario ABC. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.































































































