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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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La novela sentimental

Vanitas_Edward_Coll

A lo largo de la segunda mitad del siglo XV, se extiende entre los lectores ibéricos un tipo de relato amoroso, rico en anécdotas pasionales, que se sostiene en el interés popular hasta bien entrado el siglo XVI.

El sesgo emotivo e idealista que subrayan estas entregas −sin degradación, pero monocorde y puesto en abreviatura− está cargado de reminiscencias caballerescas, aunque en este caso el efecto cortés se aplique a situaciones no siempre ceñidas al ritual de bravura que cultivó, por poner un caso, Garci Rodríguez de Montalvo.

Todo ello convierte este género −la novela sentimental− en un recinto de expresiones heredadas, articuladas en la forma más sugestiva, artificiosa y discursiva que en su tiempo cabía imaginar; esto es, mediante alegorías, de acuerdo con la alternancia de prosa y verso, sin desdeñar en la mezcla ingredientes sagrados y profanos. Por añadidura: si la ficción autobiográfica viene a ser una de las claves de tales creaciones, el realce de los personajes −y más en concreto la idealización de las figuras femeninas− no puede ser cabalmente entendido sin dar cuenta del principal destinatario que imaginaban dichos autores para sus obras: las damas del entorno cortesano y burgués.

Puestos a fijar una cronología, podemos inaugurarla en 1440, fecha en torno a la cual sale de imprenta el Siervo libre de amor, de Juan Rodríguez del Padrón, o de la Cámara. Si creemos lo dicho por Ángel Gómez Moreno, el catálogo se completaría con el Processo de cartas de amor y Quexa y aviso de amores (1548), de Juan de Segura. Hasta llegar a esta última referencia, el citado analista sondea piezas tan singulares como Sátira de felice e infelice vida (ca. 1450), de Pedro de Portugal; la anónima Triste deleitación (completada entre 1458 y 1467); Historia de Grisel y Mirabella, de Juan de Flores; Repetición de amores (ca.1495), de Luis de Lucena; Tractado de amores de Arnalte y Lucenda (1491) y Cárcel de amor (1492), escritas por Diego de San Pedro; y Veneris tribunal, de Ludovico Scrivá (1537).

Resuelto a ordenar los caracteres más relevantes del género, César Hernández Alonso considera que este es un tipo de narración que “combina y conjunta la poesía de cancionero con narraciones caballerescas, que toma como eje temático el amor cortés en sus diversas variantes, con la correspondiente idealización de la mujer, y que analiza un proceso amoroso generalmente frustrado”. Como ya vimos, se trata de relatos de carácter cortesano, “con una trama fantástica y aun inverosímil en ocasiones, llenos de fantasía y bañados en una peripecia amorosa, que se destinaban a personas importantes, especialmente a las damas”. Por otro lado, a la hora de mezclar muy diversas formas retóricas y de expresión, “combinan monólogos discursivos con diálogos lentos, cartas y arengas, o carteles de reto con narración rápida”, de lo cual resulta “un cuidadísimo ejercicio retórico y estilístico, en busca de una novedosa y coherente conjunción de elementos formales que se acople adecuadamente al contenido de las narraciones” (Introducción a Novela sentimental española, Barcelona: Plaza & Janés, 1987, pp. 11-13).

Quien primero puso un rotulo al género fue Menéndez Pelayo. Leyendo la parte de su estudio a la que acá se hace referencia, podemos advertir cómo, a grandes rasgos, la novela sentimental es engendrada por la Elegia di madonna Fiammetta (ca. 1335) de Giovanni Boccaccio. Con sobrada razón, cree don Marcelino que cada uno de los principales escritos del florentino formó escuela en los autores de nuestro siglo XV: “a excepción del Decamerón, cuya semilla no germina hasta los grandes narradores de la Edad de Oro. Pero de la Fiammetta nacen inmediatamente El siervo libre de Amor, de Juan Rodríguez del Padrón, y la Cárcel de amor, de Diego de San Pedro, primeras muestras de la novela sentimental; y los dos opuestos libros del escritor de Certaldo en loor y en vituperio del sexo femenino, tienen larguísima progenie, que alcanza desde el Libro de las virtuosas et claras mujeres, de D. Álvaro de Luna, hasta el deleitoso y regocijado Corbacho, del Arcipreste de Talavera, que fabla de los vicios de las malas mujeres et de las complisiones de los omes. (Antología de poetas líricos castellanos, II, primera parte: “La poesía en la Edad Media”, en Obras completas, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1940-1966, pp. 18-19).

Como un ejemplo de pervivencia dentro del género que nos ocupa, cita Menéndez y Pelayo el caso del Quijote. En realidad, el quijotesco es un mundo poético completo, que “encierra episódicamente, y subordinados al grupo inmortal que le sirve de centro, todos los tipos de la anterior producción novelesca, de suerte que con él solo podría adivinarse y restaurarse toda la literatura de imaginación anterior a él, porque Cervantes se la asimiló e incorporó toda en su obra”. De hecho, si seguimos la misma fuente, queda claro que el más genial de los prosistas españoles no sólo revive la novela pastoril en el episodio de Marcela y Grisóstomo, y con carácter aún más realista en el de Basilio y Quiteria. También la novela sentimental, cuyo tipo castellano fue la Cárcel de Amor, de Diego de San Pedro, explica mucho de lo bueno y de lo malo que en la retórica de las cuitas y afectos amorosos contienen las historias de Cardenio, Luscinda y Dorotea, en la última de las cuales es visible la huella del cuento de don Félix y Felismena que [Jorge de] Montemayor, imitando a [Matteo] Bandello, introdujo en su [Los siete libros de] Diana (Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, I, en op. cit., pp. 327-328).

(La primera versión de este artículo fue publicada por el Centro Virtual Cervantes)


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