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"La quinta de Palmyra", de Ramón Gómez de la Serna

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En esta novela de Ramón Gómez de la Serna, lo pintoresco del personaje de Palmyra nace de su decadente necesidad de hallar un compañero que anime sus días en la mansión donde vive.

Es difícil aclararse en el laberinto de su intimidad. El lujo que la rodea es como la naftalina en un armario cerrado. El tiempo pasa, y nadie lleva a Palmyra (¿una nueva Circe?) hasta el altar.

Cuando el destino literario la pone en nuestro camino, Palmyra comprueba que el matrimonio es un objetivo sumamente complicado. Por eso mismo se deja seducir «por ese joven español que está a su lado, Armando Vivar, que se hacía pasar por un aristócrata español y vivía en el palacio desde hacía muchos meses, tratado a cuerpo de rey, y recibiendo en sus brazos aquella blanca forma de Palmyra como suprema posesión del paisaje».

Palmyra es, a mi modo de ver, el personaje novelesco más interesante de cuantos diseñó Ramón Gómez de la Serna. El valor que ella se concede no es el mismo que tasan sus compañeros, quienes parecen mirarla como esas joyas de bisutería que van gastándose con la mirada.

Se comprende que, un tanto abatida, ella decida recobrar energía conversando con otra mujer, Lucinda. «Su imaginación —nos dice el narrador— amaría la escena de lo insaciable, de lo inconsumado por más que se consuma, lo que no se engaña con la verdad».

Con sensatez, el narrador propone como corolario de la aventura sentimental de Palmyra esa amistad con Lucinda. En su compañía, la quinta portuguesa de su propiedad parece aliviarse del mal de amores.

Editada en 1923, el mismo año en que Ramón editó El chalet de las rosas, La quinta de Palmyra puede ser considerada la más modernista de todas las novelas vanguardistas de Ramón Gómez de la Serna. Esta afirmación que a más de uno le parecerá descabellada —la vanguardia, como el aceite, flota sobre los efluvios del modernismo— pretende resumir la intención ramoniana: representar el nuevo signo de los tiempos por medio de un personaje de riquísimo simbolismo.

Palmyra es una de esas damas que, en la novela decadente, aparecían en lo alto de unas empinadas escaleras, recitando, como un maleficio, los nombres de sus amantes. En manos de Ramón, quien le infunde nuevos instintos, Palmyra evoluciona a través de la decepción. Como sucede con la sociedad de la época, este personaje comprueba que las viejas certezas se desmoronan, y a duras penas logra recomponer los jirones de un traje que antaño le pareció elegante.

Desde luego, La quinta de Palmyra es mucho más que el reflejo de una crisis. Muy avanzada en su concepción narrativa —observen cómo juguetea el narrador, entrando y saliendo de plano—, la novela luce ese lenguaje purpúreo tan típico de Ramón. Más que un novelista, parece un orfebre, fascinando por el progresivo ensanchamiento de sus posibilidades estilísticas.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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