
Sostengo entre mis manos la primera edición de La saga/fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester.
La publicó Destino en abril de 1972. Tiene las guardas azules, la letra apretada y en la solapa, la promesa de una lectura inolvidable. «La fértil capacidad creadora del autor —explica la nota de compromiso— nos sitúa frente a la historia de una ciudad imaginaria, Castroforte del Baralla, llena de sugerencias y evocaciones.»
Ahora bien ¿qué planeó Gonzalo Torrente Ballester al describir esa comunidad? El humor del novelista nos facilita una primera definición de la obra. Lo cuenta Juan Bonilla. Quería Torrente que Dionisio Ridruejo presentase su libro en sociedad. «Es una novela disparatada», le dijo don Gonzalo, dándonos con ello una primera clave interpretativa.
Disparatada, sí, pero no al estilo de esos desatinos literarios que proliferaron con el experimentalismo de los sesenta. Disparatada porque explora las claves narrativas del absurdo, del mismo modo que Dalí consiguió fijar en sus cuadros la receta surrealista sin perder pie en la realidad.
Dicen los historiadores del arte que en la obra de Dalí proliferan las citas pictóricas e intelectuales. Lo mismo sucede con La saga/fuga de J.B. Abrimos sus páginas al azar, y descubrimos que Castroforte es un lugar donde casi todo adquiere forma de ironía. Y la ironía, como es sabido, triunfa con las referencias.
Sin perder la compostura de estilo, Torrente administra un juego socarrón, sumamente original y sin continuidad en nuestras letras, en el que se adivinan las sombras de Valle Inclán, Cervantes, Homero y el panteón legendario de los celtas. Se permite incluso el lujo de coquetear con las convenciones del realismo mágico, cifradas en Cien años de soledad (Les recuerdo que la novela de Torrente se difunde durante el apogeo del boom latinoamericano).
Sátira genial, inserta en una tradición que, tirando por lo alto, nos remite a Joyce, La saga/fuga de J.B. se arma sobre una fabulosa idea, y es que los nativos de esa ciudad inventada deben demostrar su propia identidad a través de una serie de mitos fundacionales.
Les hablé más arriba de leyendas celtas. Sin duda, la más popular es la de Arturo de Bretaña, el rey que fue y será. El monarca de ese Camelot legendario que ha de refundar, mesiánicamente, el Camelot del porvenir. Algo de ello sucede en Castroforte, donde el papel de personaje providencial lo desempeña el muy castizo J.B.
Como sucede con la literatura artúrica, la saga de Torrente es un vaivén complicado, populoso e intrincado. La trama se moviliza durante la posguerra a partir de sucesos simbólicos (las desapariciones del Corpo Santo y de las lampreas del río) y propicia el choque entre dos clanes de Castroforte, los Barallobre y los Bendaña.
Cuando toma la palabra narrativa José Bastida, este pobre profesor nos implica en la búsqueda de raíces y razones para una logia improbable, la de los caballeros de la mesa redonda.
Cumpliendo su destino, dicha confraternidad recobra su fuerza actual, y los nuevos sucesos toman la forma de arquetipos, relativizados, eso sí, por el humorismo del creador. Con ello, la saga queda fortalecida, y encara su último tramo, rico en digresiones históricas, antropológicas y religiosas.
Sólo por acceder a ese universo intelectual y culterano ya merece la pena introducirse en estas páginas, que por mérito justificadísimo figuran entre las mejores de la literatura española moderna.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































