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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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Literatura caballeresca

altPaladines a caballo, adornados con ricos arreos, persiguiendo a un enemigo sobrenatural y escurridizo: ésos son los personajes que pueblan la literatura caballeresca, un género fascinante, en el que casi todo es posible.

A lo largo de este recorrido por los libros de caballerías, ya hemos estudiado la evolución del caballero andante. Ahora toca analizar la influencia de sus ideales en la sociedad medieval y renacentista. No es casual que su aventura literaria diese lugar a lances históricos de primera magnitud.

Los autores que cultivaron la literatura caballeresca consolidaron un reino de fantasía en el que ninguna peripecia resultaba inverosímil. “La ventaja y el lujo de estos novelistas –apostilla Ruiz-Domènec–, frente a los trágicos griegos por ejemplo, pero también su responsabilidad, es que no hay límites a las acciones de sus personajes, los caballeros de la Tabla Redonda: no hay límites para sus posibles aventuras, esfuerzos, logros o descubrimientos” (La novela y el espíritu de la caballería, Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1993, p. 22).

De todo ello se fue enterando la aristocracia, que idealizó a la caballería, pertrechada de un ideario lleno de armoniosa y anacrónica disciplina.

Es más: precisamente por eso fueron imponiéndose en su recuerdo los ritos cortesanos, siempre afines a la tradición protocolaria. Con esta certeza, Carlos García Gual señala que desde mediados del siglo XII hasta fines del siglo XVI se escribieron y consumieron con fervor las aventuras caballerescas.

“La literatura –nos dice García Gual– es un arma irónica de cara a la praxis histórica. A los caballeros les hubiera gustado detener la marcha de la historia, resucitando un feudalismo heroico en contra de la burguesía ciudadana y de las monarquías nacionales” (Lecturas y fantasías medievales, Madrid, Mondadori España, 1990, p. 108).

Encandilado con esos antiguos ceremoniales, el poeta Jorge Manrique defiende la caballerosidad con indiscutible aprovechamiento. Así nos lo explica Luis Suñén:

“El alegorismo religioso de la lírica cortesana —escribe Suñén— recurre a menudo a símiles muy relacionados con la vida religiosa institucionalizada. Como veremos al tratar de las Coplas, la guerra y la religión, el servicio de las armas y la vida contemplativa, son los dos polos en que se mueve el anhelo de perfección terrena que sirve de vehículo a la posibilidad de conseguir el honor y las mieles de la otra vida” (Jorge Manrique: Estudio y poesías completas, Madrid, Edaf, 1980, pp. 43-44).

No hay en esta vida guerrera otro remanso posible que la oración. El resto es gloria de armas y juego amoroso. Aún más: dice García Gual que, por aquel tiempo, los caminos de la aventura eran casi infinitos. No obstante, los caballeros, “peregrinos de una búsqueda apasionada, llegaban a tiempo a todas partes. No los detenían mares, vados peligrosos ni imposibilidades geográficas. Erraban a la ventura para alcanzar su destino”. Y es que, a decir verdad, en las novelas de este género “el espacio no alberga distancias, sino prestigios” (Primeras novelas europeas, Madrid, Ediciones Istmo, 1974, p. 17).

Es un hecho conocido que la literatura caballeresca inspiró el espíritu de los cruzados, pero no tantos lectores sabrán que los libros de caballerías tuvieron una notable importancia en la Conquista de América, o por mejor decir, en el ánimo e imaginario de los propios conquistadores.

Ese influjo queda demostrado en el nombre de ese territorio admirable que es California; nombre que fue tomado de una novela caballeresca, las Sergas de Esplandián, escrita por Garci Rodríguez de Montalvo entre los siglos XV y XVI. Sin duda, muchos lectores californianos recordarán ese párrafo gracias al cual su tierra fue bautizada: “Sabed que ala diestra mano delas Indias vuo vna Isla llamada California, muy llegada ala parte del Parayso terrenal…”.

“A tenor de las veces que son citados tanto el autor como su obra –escribe Salvador Bernabéu Albert–, parecería que nos encontramos ante todo un clásico, más aún, ante la estrella del canon literario californiano. Sin embargo, el libro de Montalvo es muy desconocido, poco leído y menos citado fuera del famoso párrafo que comienza con las palabras: A la diestra mano delas Indias, en gran parte por la dificultad de encontrarlo” (Estudio introductorio, Las Sergas de Esplandián, Doce Calles, Instituto de Cultura de Baja California, 1998, p. XVI).

Los manuales de caballería

Como es de imaginar, el caballero no improvisaba su comportamiento. No se dejaba ir a lo loco, sin otro afán que llegar hasta el grado de héroe.

Por supuesto, el asunto era más complejo. Para conseguir un despliegue de su mejor carácter, el aspirante precisaba instrucción. Y en este punto es donde cobraban importancia los manuales de caballería.

Uno de los más notables lo diseñó Raimundo Lulio, quien conoció la materia como paje de Jaime I de Aragón y senescal de Jaime II. Fue hacia 1275 cuando el sabio escribió el Libro de la orden de caballería, un prontuario del paladín cristiano muy similar al título XXI de la segunda Partida de Alfonso X el Sabio.

Según destaca Luis Alberto de Cuenca, el manual de Lulio influyó decisivamente en el Libro del cavallero et del escudero, de don Juan Manuel. En sus páginas no hay sitio para los pequeños y grandes vicios, y sí, para el honor y la disciplina.

“Dios ha honrado al caballero –escribe–, y el pueblo ha honrado al caballero, según se ha dicho en este libro; así pues, la caballería es oficio honrado y muy necesario para el buen gobierno del mundo; y por eso el caballero, por todas estas razones y por muchas otras, debe ser honrado por las gentes” (Libro de la orden de caballería, nota prelim. y trad. de Luis Alberto de Cuenca, Madrid, Alianza Editorial, 1992, p. 99).

Otro ensayo compuesto por de Cuenca reproduce la citada Partida de Alfonso X, donde queda de manifiesto que las cualidades caballerescas no se deben exclusivamente a las armas:

“Ca la vigilia de los Caualleros non fue establecida para juegos, ni para otras cosas, si non para rogar a Dios ellos, e los otros que y fuessen, que los guarde, e que los enderesce, e aliuie, como a omes que entran en carrera de muerte” (Floresta Española de Varia Caballería, Madrid, Editora Nacional, 1975, p. 209).

Hasta aquí, hemos hablado de maestros indiscutibles del caballero cristiano. Como bien sabe el lector, la caballería no es un patrimonio exclusivo de esta confesión religiosa. Basta pensar en los samurais o en los caballeros árabes. Para hablar brevemente de estos últimos, debemos trasladarnos ahora a la Granada de la segunda mitad del siglo XIV.

En esa ciudad, Ibn Hudayl redactó su Gala de caballeros, blasón de paladines, con el propósito de celebrar el ascenso al trono del sultán nazarí Muhammad VII en 1392. Aparte de maneras corteses y actitudes virtuosas, Hudayl desea inculcar en el caballero granadino otro tipo de habilidades. La principal de ellas, sin duda, es el manejo de la espada. Por eso insiste en que quien desee aprender y adiestrarse en su manejo repita el siguiente ritual:

“tome una caña o rama tiernas, hínquela sobre el suelo, con firmeza. Aléjese entonces, dejándola a su derecha, ponga a galope su caballo, y, ya cerca, desenvaine la espada, pronto, atento y ligero. Dé un tajo oblicuo, a la parte de caña o de rama que queda a la altura de su cabeza, o délo horizontal, con desenvoltura y ligereza”.

El entrenamiento, al decir del maestro, ha de ser constante; de ahí que concluya: “Sígase esta práctica hasta que se haga tan habitual, que se realice con destreza total, si Dios Quiere” (Gala de caballeros, blasón de paladines, ed. preparada por María Jesús Viguera, Madrid, Editora Nacional, 1977, p. 190).

Imagen superior: N.C. Wyeth, The Boy's King Arthur (1922) © Charles Scribner's Sons, Nueva York. Reservados todos los derechos.


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