
Los poetas del Stilnovo como Guido Guinizelli, Cecco D'Ascoli y, sobre todo, Dante Alighieri emprendieron un viaje iniciático hacia la Rosa Secreta que no es sino la expresión de un caudal del inconsciente colectivo que integran y traducen en su obra gracias al poder del símbolo.
Al igual que los antiguos alquimistas, el mercurio de la poesía les sirve a estos creadores para renovar el mercurio del alma. Los devotos del Stilnovo queman en el atanor de los versos la libido, fortalecen la voluntad y reconocen la integridad de la psique. Y como lo interior se refleja en el exterior, su ética es intachable, basándose su vida en el amor por los semejantes, el bien y la sabiduría.
No es extraño que, como Jung y casi todos los que aceptan la Totalidad, fueran librepensadores.
La fantasía creadora y el sueño de las viejas edades engendran el símbolo colectivo. De este modo, el poeta dibuja el Círculo y el Círculo mismo dibuja la Totalidad porque, según nos dice Jung, “quizá filosóficamente el más maduro de los grandes símbolos arquetípicos sea el Círculo, junto con su más frecuente concreción en imagen, la Rueda.
Desde los tiempos más remotos el círculo ha sido ampliamente reconocido como la figura más perfecta, tanto por su sencilla perfección formal como por la razón expresada en el aforismo de Heráclito: “En el círculo el comienzo y el fin son uno mismo”. Cuando el círculo se concreta en rueda, surgen dos nuevas propiedades: la rueda tiene radios y gira. Los radios de la rueda son considerados como icónicamente simbólicos de los rayos del Sol; siendo ambos símbolo de las influencias creadoras que llegan a todas las cosas del Universo de una fuente central de vida”.
El poeta roba el círculo de fuego de la creación e ilumina su propio círculo interior, frontera perfecta de su Sí mismo.
El turbulento Dionisio rige la creatividad primaria, aquella azotada por las aguas del inconsciente colectivo. Apolo, en tanto, ordena e ilumina, es la voluntad de autoconocimiento del artista consciente. Prometeo surge entonces de la bruma y se funde en el horizonte de lo Divino.
Dionisio y Apolo no son opuestos, sino complementarios. Así lo reseña Unamuno cuando reconocía que “es un fenómeno curioso, observado muchas veces, el de hombres de ciencia que se refugian en el humorismo y escriben cosas fantásticas, declarando su fantasía, para dar libre suelta a sentimientos cohibidos. (...) El ilustre Gustavo Teodoro Fechner, médico, físico, psicólogo y filósofo que tan profunda huella ha dejado en diversas ciencias, es un buen ejemplo de esto. A Fechner le tocó actuar cuando la metafísica estaba desacreditándose, después de las fantasmagorías de los hegelianos, y teniendo como tenía una poderosa imaginación poético-filosófica, una gran facultad metafísica –porque la metafísica tiene tanto de poesía como de ciencia–, tuvo que comprimirla”.
La fantasía, tan cara según el propio Jung, es pincel del inconsciente colectivo, fundamental para el arte de vivir.
Precisamente Fechner, una autoridad para Jung, decía que la negación de la supervivencia del alma es un puro prejuicio de la ciencia natural moderna, empeñada en desarrollar una concepción según la cual la realidad posee únicamente atributos materiales.
Decía Fechner que cuando lo espiritual no puede derivarse de lo material no existe, mas si lo espiritual no puede deducirse de lo material ello es porque lo primero desborda de continuo lo segundo.
Lo espiritual puede fundar lo material y no al revés. Rechazar la evidencia de este “desbordarse” de lo espiritual es el resultado de identificar toda actividad psicológica con las sensaciones. Pero las sensaciones, en vez de ser una base del psiquismo, pueden ser un velo que se interponga entre el espíritu y la realidad. Si se descorre ese velo de inmediato surge una imagen independiente de las sensaciones.
Según Fechner , la muerte posibilita que el hombre, en lugar de dispersarse en la sensación, se concentre en ese centro no visible, pleno de una fuerza espiritual de atracción, donde todo confluye, fecundando en los otros los pensamientos a través de una comunicación recíproca.
Las ideas de Fechner sobre el centro, la muerte como renovación y la complejidad de la psique reaparecen en el pensamiento de Jung. No en vano el autor suizo afirma que “quienquiera que niegue la existencia del inconsciente, supone, de hecho, que nuestro conocimiento actual de la psique es completo. Y esta creencia es, claramente, tan falsa como la suposición de que sabemos todo lo que hay que saber sobre el universo”. Por otro lado, Jung aportará un componente a la idea de la muerte, estableciendo un paralelismo con el conocimiento del mal, un hecho fundamental en el camino hacia la conciencia autónoma.
Pero volvamos a los poetas, porque ellos, como los chamanes, son los más directos intérpretes del símbolo. La inspiración, o el acceso al caudal del inconsciente colectivo, es un puente tendido mediante diversas técnicas.
Robert Graves señala que la inspiración puede ser la aspiración por el poeta de vapores embriagadores –cita como ejemplos la caldera de la diosa galesa Cerridwen y los vapores subterráneos en Delfos–que le producen un arrobamiento paranoico en el que se suspende el tiempo, aunque la mente sigue activa y puede relatar en verso sus diversas aprehensiones. Inspiración puede ser también la inducción del mismo estado poético mediante el acto de escuchar al Viento, el mensajero de la diosa Cardea, en un soto sagrado.
El verdadero poeta ha de ser siempre original, debe decir a la Musa, mujer y diosa, su verdad, sin truco alguno. El poeta debe, hasta cierto punto, morir por la Musa que adora.
Estas rutas no son nuevas. En la Antigüedad, iniciados como los de la fraternidad órfico-pitagórica conocían ya el camino que llevaba al mundo inferior, tal y como lo atestiguan hallazgos arqueológicos como la lámina de Petelia, del sur de Italia, datada alrededor de los siglos IV y III a.C.
El texto reproducido a continuación es todo un manual de autoconocimiento, sobre todo si la idea de Memoria se entiende en toda su amplitud:
“A la izquierda de la Casa de Hades hallarás una fuente, / y erguido a su lado un ciprés blanco. / No te acerques a esta fuente, / sino que otra hallarás, que del lago de la Memoria / brota con aguas frescas, ante la cual hay guardianes. / Dirás: “Hijo soy de la tierra y del cielo estrellado, / pero mi raza del cielo sólo procede. Bien lo sabéis. / Pero me abraso de sed y perezco. Dadme pronto / el agua fresca que corre desde el Lago de la Memoria”. / Y con gusto te dejarán beber de la fuente santa, / y luego tendrás señorío entre los demás héroes”.
Mircea Eliade, deudor del pensamiento de Jung aun a pesar suyo, abundará en este asunto: “Al decir de los surrealistas, en todo hombre hay un poeta: basta con saber abandonarse a un escribir automático. Esta técnica se justifica plenamente en sana psicología. El “inconsciente”, como se dice, es mucho más poético –y, añadiremos, más “filosófico”, más “mítico”– que la vida consciente. No siempre es necesario conocer la mitología para vivir los grandes temas míticos. Bien lo saben los psicólogos, que descubren las mitologías más bellas en los ensueños o en los sueños de sus pacientes”.
El propio Teilhard de Chardin, desde una hermosa interpretación católica, coincide en la idea de la integración, rechazando todo reduccionismo.
El mismo Jung podría suscribir la siguiente afirmación de Teilhard: “No, la pureza no consiste en la separación, sino en una penetración más profunda del Universo. Consiste en el amor de la única Esencia, incircunscrita, que penetra y actúa en todas las cosas por dentro, más allá de la zona mortal en que se agitan las personas y los números. Radica en un casto contacto con aquel que es “el mismo en todos”.
Todas las corrientes gnósticas de conocimiento apelan, de un modo u otro, a la energía arquetípica; un periplo hacia el Sí mismo que en la presente realidad (recuérdese el siempre discutible movimiento de la Nueva Era, con la hipótesis Gaia como dogma de fe) se expresa con nuevas y reveladoras formulaciones.
































































































