
A propósito de los templarios y de la moda que sobre ellos se cierne, dice Umberto Eco que, puesto que nadie posee ya el copyright del Temple, todo el mundo tiene derecho a refundar esa orden, de igual modo que cualquiera de nosotros puede declararse sumo sacerdote de Isis u Osiris, y al gobierno egipcio ni le va ni le viene.
Al rebufo de Dan Brown y de sus iguales, muchos escritores echan mano de misterios como los del párrafo anterior, y se cuelgan la divisa de ocultistas.
A los lectores españoles no debiera sorprenderles esa propensión, dado que entre nosotros hubo un narrador que también quiso ser buscador de tesoros y recopilador de misterios. Su nombre, Mario Roso de Luna. Y su apelativo cariñoso, Mago de Logrosán.
Esta es su historia.
“Toda la obra rosoluniana −escribe Esteban Cortijo− recurre al simbolismo como método de interpretación de lo real". Y cumple esa premisa en campos como la crítica literaria, la musical y la religiosa. Al cabo, los símbolos, secretos o evidentes, "a él le sirven para enriquecer la experiencia cotidiana con las claves de ese código de la sabiduría arcaica. Para ello lo mismo va del pitagorismo a la teosofía; de los últimos descubrimientos científicos a Blavatsky; del Marqués de Villena a Flammarion”.
Por la limpidez de este escrutinio, firmado por el mayor experto en nuestro personaje, es aconsejable comenzar con él este perfil de Roso de Luna (1872-1931), escritor y astrónomo, aparte de teósofo y coleccionista de enigmas, nacido en Logrosán −algo que ya ennoblece su estirpe− y asombrosamente licenciado en Derecho, Física y Química, Astronomía y Filosofía y Letras.
En la actualidad, pocos saben que su amor por las atmósferas lejanas tuvo como premio el descubrimiento en 1893 del cometa que hoy luce su nombre.
Desde otra perspectiva (la puramente personal) hemos de subrayar su honestidad, su aptitud para lo nuevo y una inteligencia de la mejor especie, sin mezcla de perfidia ni de malos humos.
La vida intelectual de Roso de Luna, desarrollada en instituciones como la Real Academia de la Historia, expone todas esas aptitudes con claridad. Pero un carácter inquieto y, en tal medida, heterodoxo, contribuyó a que ese perfil académico se llenara de colorido a través de intereses ocultistas.
Al fin y al cabo, las sociedades secretas y el espiritismo se habían puesto de moda gracias al modernismo.
Además de iniciarse como masón en el Gran Oriente Español (1917), don Mario se afilió a la Sociedad Teosófica (1902), fundada por un personaje tan discutible como Helena P. Blavatsky (Ya saben, esa bruja a quien muchos, con sobrada inocencia, convirtieron en gurú).
Todo ello explica que buena parte de las obras literarias de Roso incluyan elementos teosóficos, recurso que él contrapuntea con un elocuente discurso científico, fruto de lecturas que abrumarían a los más sabios compatriotas.
A este ciclo hay que vincular títulos como Hacia la gnosis. Ciencia y teosofía (1909-1921), En el umbral del misterio (1909-1921), De gentes de otro mundo (1917), El tesoro de los lagos de Somiedo (1916), la novela De Sevilla al Yucatán (1918) y los relatos incluidos en Del árbol de las Hespérides (1923), así como la biografía Una mártir del siglo XIX: Helena Petrovna Blavatsky y el voluminoso estudio Wagner, mitólogo y ocultista (1917).
Nos advierte Cortijo de las diversas etapas que caracterizan el quehacer de Roso de Luna: la positivista o científica que incluye estudios académicos e investigaciones histórico-arqueológicas y astronómicas; la teosófica, punto culminante de su producción literaria; y la filosófica, aún más densa en cuanto a los contenidos ensayísticos (y un tanto pesada para quien esto escribe).
Con todo, frente esta eficaz definición de la partitura rosoluniana, preferimos incitar a nuestros lectores al descubrimiento, puro y simple.
Curioseen, por favor. A buen seguro, quien halle en la estantería de alguna librería de viejo volúmenes como Por las grutas y selvas del Indostán (1918), El libro que mata a la muerte o libro de los jinas (1920) o El velo de Isis (1923) entenderá el porqué de esta recomendación.
En la estela de Poe, Walpole y Verne, muy pocos escritores españoles de esta etapa adaptaron su obra al fraseo de la fábula, la mitología, el horror gótico y el cuento de hadas. Roso es una excepción, y de las más notables.
Lejos de aquietarse, nuestro autor figura entre los escasos autores hispánicos que invadieron esa tierra de fantasías, tan eficazmente sondeada por los narradores anglosajones. Sólo por eso ya merece, cuando menos, el cariño de los bibliófilos.
Una cosa les prometo: quien lee a Roso de Luna (De Sevilla al Yucatán es un buen punto de partida) entiende, de una vez por todas, por qué Dan Brown es tan poco original.
































































































