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Pablo Jauralde Pou: "Francisco de Quevedo (1580–1645)"

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Pablo Jauralde Pou: Francisco de Quevedo (1580–1645), prólogo de Alonso Zamora Vicente, Castalia, Madrid, 1999, 969 pp.

No faltan trabajos biográficos sobre Francisco de Quevedo. Canónicos antiguos (Tarsia), menos antiguos (Julián Juderías) y modernos (Astrana Marín), ocurrencias literarias (Ramón Gómez de la Serna) y textos de divulgación (Clara Campoamor, Ramón de Garciasol), además de los apartados correspondientes en las ediciones críticas.

Faltaba un trabajo, digamos científico y actual, que es el encarado por el profesor Jauralde Pou. Biografiar a Quevedo presenta las dificultades propias de toda vida barroca: ocultación, máscara, metáfora, eufemismo, tenebrismo físico y moral.

En el caso quevedesco, por ejemplo, nada sabemos de su vida íntima, más allá de la conjetural intimidad que todo poeta pone en escena con sus versos.

Se sospecha un itinerario de tabernas y burdeles, algún amor candente, pero los detalles no aparecen. Su existencia familiar fue apenas más que nula, sus amistades –si se exceptúan sus relaciones políticas y cortesanaspoco más que su familia.

Se casó tarde con una viuda a la que trató escasamente; no tuvo hijos; sus restos andan dispersos, como tantos huesos ilustres de esta península; de sus retratos ninguno está autenticado suficientemente; un famoso busto suyo se extravió en los pasillos de la Biblioteca Nacional madrileña; etcétera.

En vista de tantas exigencias planteadas por los huecos documentales, Jauralde ha renunciado a la imaginación biográfica y nos ofrece un cumplido archivo protocolario y bibliográfico, a veces ilustrado con fragmentos textuales del gran poeta y lancinante prosista.

Cabe elogiar su laboriosidad y también objetar que no jerarquizara, a veces, sus papeles, pues no todos tienen la misma importancia. En efecto, cuentan más los matices del senequisto quevediano –de raíz tardomedieval y no clásica– que el detalle de sus pleitos por la Torre de Juan Abad o las minutas de sus testamentos.

Con todo, se explaya con la paradójica claridad de un mundo entenebrecido, la tensa duplicidad de Quevedo: su ortodoxia integrista católica y su nihilismo; su celebración de la materia a la vez como gloriosa y corrupta; su alabanza al poder y su arcaizante diatriba contra el dinero; sus ataques contra los disidentes y distintos, y su necesidad de quedar excluido después de incluirse; su cortesanía y su culto por la soledad campesina; su erudición latinista y su sencillismo populista, castizo y suburbial; su amor a la suciedad y a la pureza.

Para Quevedo, la vida es un proceso mortal, una incesante agonía, y en esa caduca plenitud del tiempo, donde todo aparece para desaparecer, reside la exaltación que es placer y es pecado, crédito y deuda del hombre.

Acaso se pueda encajar este retrato en las casillas del estoicismo, si por tal se entiende una filosofía de la vida encerrada en los límites de la vida misma, de lo que hemos convenido en llamar existencia. Y de ahí la modernidad existencial del escritor barroco, como de tantos otros coetáneos aparentemente deudores del dogma redentorista católico.

Si Quevedo se puede considerar católico, ha de serlo congenial con una suerte de paradógico ateísmo, patéticamente judaico (por ello, quizá, su inquina contra los judíos): su mundo es resultado de una caída irredimible y el Redentor ha faltado a la cita.

Vista a vuelo de pájaro, esta vida se propone como la inversión de los caminos de perfección trazados durante el humanismo inmediatamente anterior. Es, más bien, un camino de imperfección, un sinuoso itinerario barroco que se abre con los zigzagueos de la novela picaresca.

Quevedo, en particular, parece empecinado en enfangarse con sus intrigas, sus coimas, sus denuncias, sus arterías, que lo llevan finalmente a la cárcel, para conseguir la limpieza tras la mancha, la depuración tras la corrupción, con el solo premio del descanso mortal.

Encajado en sus fechas, resulta una cifra de la España regida por los Austrias menores, una suerte de esplendoroso pesimismo –de nuevo, barroco– propio de un imperio en alta actividad guerrera y diplomática, pero que se desmembra con cierta suntuosa fatalidad y exhibe sus miserias íntimas como parte de ese colectivo camino de imperfección antes aludido.

El sentimiento dominante –temblor placentero de existir y cercanía del final– es la muerte, puesta en escena como una complaciente Vanitas del Seiscientos. Esto, quizá nadie lo supo decir mejor que el inventor de Don Pablos: «Nací muriendo y he vivido ciego/y nunca al cabo de mi muerte llego».

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos


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