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Santiago de Compostela en la literatura - Crónicas y cronicones

Índice de Artículos
Santiago de Compostela en la literatura
Crónicas y cronicones
Compostela decimonónica
Del regionalismo al realismo mágico
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Crónicas y cronicones

A diferencia de la de Flórez, la posterior traducción de Suárez prescide del llamado Cronicón Iriense, que principia con las palabras Cum Vandali, Silinqui et Ugni, y concluye con restituit eum in regno suo, «dicho así porque contiene una breve relación cronológica de los obispos de Iria, desde Andrés (año 572) hasta San Pedro de Mezonzo, que fue promovido en 982».

Tampoco traduce Suárez el Cronicón Compostelano, que comienza con las palabras In era CCCC coeperunt gothi regnare, y termina et unum annum solummodo habebat. Este Cronicón no es otra cosa que una relación de los monarcas de Asturias y León «hasta el comienzo del reinado de Alfonso VII, con alguna mayor extensión a partir de Fernando I».

Por último, Campelo rescata de Flórez el catálogo de los arzobispos de Santiago, que abarca un listado que va desde don Diego Gelmírez hasta Alonso III de Fonseca.

A partir de Dante Alighieri, la literatura medieval en torno a Santiago es rica y dispone de variadas contribuciones. En su Bibliografía hispano-latina clásica, Menéndez Pelayo hojea el inventario y halla, a mediados del siglo XII, una referencia de interés: De Consolatione Rationis, compuesta en dos volúmenes de prosa y verso por el Maestro Pedro Compostelano, quien puso en la dedicatoria a su obispo Berenguer.

Dice el erudito cántabro que dicha obra figura en un códice de la Biblioteca del Escorial, y que la conocieron Rodríguez de Castro, Pérez Bayer y Amador de los Ríos. Lógicamente, nos importa menos esta creación que su autor, de insoslayable gentilicio.

Otro estudio de don Marcelino, la Antología de los poetas líricos castellanos, subraya el modo en que fue introduciéndose en España la canción épica de los franceses. No en vano, ésta venía a cuento en tiempo de luchas cristiano-musulmanas, y además, muchas trovas occitánicas traían la imagen del Emperador soñando con nuestro Apóstol y emprendiendo la ruta de las estrellas.

Una vez ligado Carlomagno a la leyenda compostelana, la poesía épica francesa tenía un recibimiento asegurado a este lado del Pirineo.

En el siglo XIII desarrolla su misión el teólogo y canonista Bernardo de Compostela, autor de una Compilación de las Decretales y de un Comentario sobre los primeros libros de éstas.

Por los tiempos de don Bernardo, la Historia Compostelana de Nuño Alfonso y Hugo Francés ya había popularizado –casi mitificado– a figuras como Gelmírez y doña Urraca. «Si queréis conocer el perfil espiritual del primer Arzobispo de Compostela –escribía Filgueira Valverde–, asomaos a las páginas de la Compostelana, el Registro anotado por sus discípulos Munio, Hugo y Giraldo, gesta en prosa latina, rara alianza de popularismo y lenguaje clasicista, de narración y oratoria, de apología y colección de fuentes documentales, que es el querer ser del héroe que aparece posando, como para un gran tapiz de historia».

Doña Urraca, como es de imaginar, era descrita con escasa indulgencia en el texto mencionado.

Óscar Perea cita otra fuente para conocer con mayor simpatía el devenir de la reina viuda: el Anónimo de Sahagún, compilado en el siglo XIV y muy contrario al rey Alfonso el Batallador. Por ser Compostela una pieza decisiva en el juego de ajedrez que iniciaron Urraca, Alfonso y Gelmírez, las crónicas reales son una fuente idónea para rastrear menciones de la ciudad.

Tras la pista de Urraca, Perea descubre los escritos de fray Prudencio de Sandoval (siglo XVI) y los de Luis de Salazar y Castro (siglo XVII). El erudito Antonio López Ferreiro, de quien hablamos en otros apartados, buscó datos más sinceros en los archivos catedralicios, y con ellos deslució –lo procuró, al menos– el estereotipo romántico.

El empeño documental de don Antonio, por otra parte, debía lidiar con siglos de idealización literaria. El recuento de Perea basta para hacerse una idea de la cantidad de obras dedicadas al drama protagonizado por Urraca. Para empezar, figura en el listado La varona castellana, de Lope de Vega. Los novelistas del XIX siguieron idéntica inspiración. Patricio de la Escosura sacó de imprenta su novela El conde de Candespina (1832), Francisco Navarro Villoslada divulgó su Doña Urraca de Castilla (1849), y el gaditano Antonio García Gutiérrez dio el mismo título al folletín histórico que publicó en 1872.

Gran estudioso del drama de Urraca, Gelmírez y el Batallador fue Menéndez Pelayo, quien nos permite retroceder nuevamente en el tiempo para tomar el hilo cronológico que perdimos en la anterior digresión.

El sabio cántabro repasa la Crónica gallega de Iria, citada bajo el nombre de Juan Rodríguez. Las copias de esa obra corresponden al siglo XVII, y revelan que sólo es un resumen de la Historia Compostelana y del Chronicon Iriense, «con algunas especies cronológicas tomadas de las obras de Juan Beleth, doctor parisiense del siglo XII, compaginado todo ello, al parecer, por un clérigo llamado Ruy Vázquez en 1468».

Resalta don Marcelino que la Chanson de Roland fue una de las composiciones predilectas de los juglares franceses y romeros que atravesaban Roncesvalles, camino de Santiago. Este ejemplo le vale para explicar el afrancesamiento en la corte de Alfonso VI. De paso, justifica así la transformación del monacato, un cambio de costumbres y protocolos que «alcanzó su apogeo en tiempo del primer arzobispo compostelano D. Diego Gelmírez, francés de corazón, todavía más que gallego, e idólatra de aquella cultura».

Al decir de Menéndez Pelayo, Gelmírez fue más un señor feudal que el custodio de la tumba del Apóstol. La curia afrancesada de Compostela propició esa Crónica de Turpín, que más arriba citábamos: «una especie de versión, para la gente de clerecía, de la tradición épica corrompida y degenerada».

En un tomo de su Biblioteca de traductores españoles, el santanderino glosa la figura de don Alonso de Cartagena, insigne eclesiástico que tradujo a Cicerón y a Séneca, y que alternó los quehaceres de su prelacía con el cultivo de la filosofía y de la literatura. Compañero intelectual del escritor Fernán Pérez de Guzmán, don Alonso murió en 1456, cuando regresaba de visitar el sepulcro de Santiago. Sin duda supo de este dato Pérez de Guzmán, quien cita a Compostela en unos versos de fervor monárquico: Del Rey Don Fernando, que ganó la frontera.

Corresponde al siglo XV el teólogo zamorano Alfonso Castro, predicador de la orden de los Franciscanos y consejero de Felipe II, que antes de ser nombrado arzobispo de Santiago de Compostela redactó obras como De juste haereticorum punitione, De potestate legis panalis y De sortilegis ac maleficis, eorumque punitione.

Obviamente, la literatura áurea dispone de un mejor lugar para la ciudad, gracias en parte a Quevedo, muy respetuoso con el Patronato de Santiago, y también a Lope de Vega, quien se refiere a Compostela en su comedia Las Almenas de Toro; concretamente en unos versos que se inspiran en ese romance que, con otra contextura literaria, también figura en la Rosa Española, de Juan de Timoneda.

A lo largo del siglo XVI, la Universidad de Santiago cumplía con su afán académico gracias a personajes como el jesuita Bernardo de Aldrete (o de Alderete), teólogo y autor de unos Comentarios de las obras de Santo Tomás.

Dentro de dicho periodo, hemos de citar a Berenguer de Compostela, prelado de la ciudad y firmante de la obra De eventibus rerum. Ejerció la misma responsabilidad eclesiástica don Francisco Blanco, participante en el Concilio de Trento y escritor de aquellas oportunas Advertencias para que los curas ejerciten mejor sus oficios para evitar algunos yerros y de la Suma de la doctrina cristiana.

Como canónigo magistral de Tuy y penitenciario de Santiago de Compostela, Simón Díaz de Ravago acrecentó su fama de predicador y dio a conocer notables oraciones, como la que dedicó a la reina María Amalia de Sajonia (1760).

Otro religioso, el dominico compostelano Fray Francisco Benavides y Troncoso, divulgó su Vida de San Vicente Ferrer en 1714. Su paisano, el franciscano Jacobo de Castro, escribió un Árbol cronológico de la provincia de Santiago, dividido en dos volúmenes. El primer tomo se imprimió en Salamanca, en 1722, y el segundo en la patria chica del autor, en 1727.

Compartía esa vocación literaria y religiosa el Padre Fita, a cuyos Monumentos antiguos de la Iglesia Compostelana (1883) hay que sumar un volumen que firmó con Aureliano Fernández Guerra: Recuerdos de un viaje a Santiago (1880).



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