
Editado en 1972, reeditado en 1986 con matizaciones obligadas por la historia, este libro del español Juan Nuño (Sionismo, marxismo, antisemitismo. La «cuestión judía» revisitada, Reverso, 2006), que trabajó y murió en Caracas en 1995, apunta a un asunto que resulta, a la vez, evidente e inaferrable: la llamada cuestión judía.
En efecto: ¿qué es ser judío si no nos atenemos estrictamente a un credo religioso más, a una variante fundacional del monoteísmo?
La respuesta más lúcida, como siempre, la da Hannah Arendt y Nuño la cita. Es el antisemitismo quien engendra tanto al judío asimilacionista como al sionista. Aquél intenta ser como los demás pero necesita reservarse una cuota de judaísmo para no perder su identidad, y éste precisa, radicalmente, del perseguidor antisemita, eterno agente del mal, para definirse como judío. Según se ve Sartre insistirá en ello ?no hay una condición judía inherente sino una mirada hostil que define como judío aun a quien no quiere o no sabe serlo.
Nuño rememora los clásicos antisemitismos de las derechas pero se detiene en los provenientes de las izquierdas, a partir de filósofos ilustrados (Kant, oh paradojas, llama a los judíos «palestinos»).
En principio, numerosos pensadores progresistas proclamaron su fobia antijudía. Luego se manifestaron contra las persecuciones.
Luego, defendieron el derecho de los judíos a tener un Estado en tanto pueblo minoritario oprimido. Luego, denunciaron el imperialismo sionista y hay una fuerte corriente de izquierdas actual que se enrola en un antisemitismo para enaltecer la lucha antiimperialista de los árabes.
El embrollo progresa si recordamos que la URSS hizo la guerra contra el nazismo antisemita mientras practicaba su propias persecuciones en nombre de la Gran Patria Rusa del Socialismo.
Para Nuño la clave está en que las dos facciones ?el perseguido débil a la vez que invulnerable, y el perseguidor fuerte e ineficaz? prescindan de caer en la trampa que consiste en aceptar que existe una «cuestión judía».
Si al perseguido le hace falta un perseguidor, la escena se eterniza. Si al perseguidor le es necesario un pueblo, etnia, tribu o lo que sea que encarne el núcleo de males históricos del mundo, la escena se eterniza igualmente.
La solución no está, como en ningún tema donde intervengan los nacionalismos, fuera de la Historia, que es donde viven los nacionalismos. O sea que tenemos el cascabel y el gato. Nos falta el habilidoso jugador de manos que cuelgue la delicada campanilla en el cuello del felino.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en el suplemento cultural del diario ABC. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.































































































