Elogio del miedo
Las estaciones se suceden, y aún no repuesto de su infancia viajera, King descubre un día que las aulas del Lisbon Falls High School son el nuevo escenario de sus andanzas.
Por esta época, las novelas de papel de pulpa llenan el ocio de Stephen y sus amigos.
Sin descanso, relee los cuentos de Robert Bloch, Ray Bradbury, Fritz Leiber y Clark Ashton Smith, las novelas metafísicas de William Hope Hodgson y visita los laberintos cosmogónicos de Lovecraft.
También se une imaginariamente a la expedición del profesor Challenger en busca de los dinosaurios de El mundo perdido, gracias a la lectura de la novela homónima de Arthur Conan Doyle. Unos seres –los reptiles antediluvianos– cuyas cualidades redescubrirá en la mirada fría de esos lagartos que sestean en las afueras de Durham.
Andando el tiempo, su fascinación por los saurios mitológicos tendrá su expresión más afortunada en la novela Los ojos del dragón (1987), protagonizada por personajes tan cercanos a los pensamientos de esta etapa de su vida como el mago Flagg y el rey Roland.
Otro de los escritores predilectos del joven King es Nathaniel Hawthorne, autor de la novela La letra escarlata y de cuentos memorables como La muñeca de nieve y Ethan Brand, en nada ajenos al ambiente que envuelve los relatos que King agrupará en el futuro tras el título El umbral de la noche (1978).
Por si esto fuera poco, tres cabeceras de la compañía E.C. vienen a turbar por esta época las pesadillas de los jóvenes norteamericanos: Tales from the Crypt, The Haunt of Fear y The Vault of Horror.
Contienen historias imposibles de muertos redivivos, enterramientos prematuros, licántropos sedientos de sangre y vampiresas bellísimas, todo ello aderezado con unas gotas de ironía que hacen brillar de emoción los ojos de los lectores.
Por otro lado, la obra gráfica de autores como Wally Wood, Harvey Kurtzman y Al Williamson no sólo llena de penumbra las fantasías de la generación de King, sino que abre camino a dibujantes como Bernie Wrightson, que más adelante serán en el mundo de la ilustración un equivalente a lo que King logre en el campo literario.
Pero lo más interesante en este punto es descubrir el primer rastro de inspiración de obras como Christine (1983), y más concretamente, de sus personajes, tan cercanos al universo E.C.
¿Acaso el joven Arnie Cunningham existió alguna vez en Maine? ¿Quizás fue una realidad el diabólico Plymouth 1958 que significó su perdición?
































































































