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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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Viaje para el descubrimiento de un paso por el Noroeste

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El paso del Noroeste es un antiquísimo horizonte aventurero, poblado de resonancias literarias. La meta, no me lo negarán, tiene un inconfundible encanto y una épica que para sí quisieran muchos escritores. Ahí es nada: consiste en llegar desde el océano Atlántico hasta el Pacífico por una vía inexplorada.

Me fascina esa ruta. O más bien me fascinaba cuando aún leía a Curwood y a Zane Grey. ¿Motivos? Sólo daría uno: la impresión que me causó Kenneth Roberts con su excelente novela Pasaje al Noroeste (1938), llevada al cine con Spencer Tracy como protagonista.

La de Roberts es una aventura poderosa, vitalista, que recrea con energía la Norteamérica colonial de los casacas rojas. Imagino que el escritor supo de las hazañas de Sir William Edward Parry (1790-1855), aunque sus héroes acaben rindiéndose a evidencias diferentes y muy posteriores en el tiempo.

Parry fue un marino de carrera y el más conocido entre los pioneros de la exploración ártica durante el XIX. Sus hazañas inspiraron uno de mis cuadros predilectos, El mar de hielo (1823), de Caspar David Friedrich, y ya fueron relatadas al público hispanohablante en un viejo volumen de la colección Austral, publicado en 1945 por la editorial Espasa.

En último término, puede decirse que las expediciones de Parry por el gran norte canadiense vienen orientadas por el polo magnético y la aurora boreal. Más allá de Groenlandia, a bordo del HMS Fury y el HMS Hecla, el aventurero convirtió en hábito la búsqueda de nuevas rutas de navegación entre los hielos.

Su tercera campaña –aquella que completó en noviembre de 1820– fue inmortalizada en forma de libro un año después, bajo el título Journal of a Third Voyage for the Discovery of a North-west Pasaje, from the Antlactic to the Pacific.

Ese es el volumen que ahora vierte a nuestro idioma la editorial El Nadir, cuyo catálogo está repleto de sorpresas que iremos detallando a lo largo de las próximas semanas.

La narración de Parry, muy vigorosa, amplía con pulso firme las posibilidades del diario de bitácora al uso. Vistos desde el ángulo del marino, los lugares sagrados de este peregrinaje son esos gigantescos témpanos de hielo que amenazan con atrapar el casco de su navío.

En cierto sentido, la masa helada simboliza el gran vacío, y los cursos navegables –aguas encrespadas donde bullen bestias desconocidas– vienen a ser los pasadizos que llevan al aniquilamiento… o a la gloria.

Esta lectura alegórica permite identificar la portentosa aventura de Parry con novelas como Las aventuras del capitán Hatteras, de Julio Verne. Y eso que el pionero inglés no adorna el coraje de su tripulación con recursos folletinescos.

De hecho, la peripecia es tan arriesgada que ni siquiera necesita adornos literarios. No en vano, sus peligros ya han entrado en el imaginario contemporáneo.

Recuerdo que el filósofo Michel Serres tituló su obra más famosa precisamente así, Le passage du Nord-Ouest, y en ella, buscando un camino entre la ciencia exacta y las ciencias humanas, decía lo siguiente: “El camino no es tan sencillo como lo deja prever la clasificación del saber. Lo creo tan penoso como el famoso paso del Noroeste”.

La edición de El Nadir cuenta, a modo de valor añadido, con ilustraciones elaboradas por René Parra. En ellas, como en los viejos diarios de viaje, se recrean los momentos más notables de la singladura.

Nota editorial

El tercer viaje para el descubrimiento de un paso por el Noroeste es la edición abreviada del diario de la aventura de Edward William Parry. Se edita con un capítulo dedicado a la observación y descripción de los pueblos inuits, perteneciente al diario del segundo viaje, cuyo objetivo era igualmente la búsqueda de un paso que comunicara el Ártico con el Pacífico. Este tercer viaje del marino en el primer cuarto del siglo XIX, tiene el encanto de las aventuras elementales y la heroicidad de las gestas poco espectaculares, pues pese a los considerables peligros, apenas conlleva muertes ni desastres. Parry es un buen capitán. No tiene miedo, ni existen ataduras capaces de retenerle, debe regresar al Ártico. Lo hace con dos navíos, el Fury y el Hecla, bien pertrechados. Parte con todas las bendiciones, para medirse de nuevo con el poder indomable de los hielos en todo su esplendor.


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