La novela La Emperatriz de los Etéreos, publicada en noviembre del 2007 por la editorial Alfaguara, es recomendable para lectores a partir de los doce años.
Laura Gallego, pese a su juventud (nació en Valencia en 1977), tiene a sus espaldas una gran cantidad de títulos, todos ellos celebrados por el público: Memorias de Idhun, la tetralogía Crónicas de la torre, la novela independiente, Finis Mundi, con la que la escritora ganó el Premio Barco de Vapor en 1998...
Al poco de comenzar La Emperatriz de los Etéreos, me sentí sumamente atraída por el personaje soñador de Aer y por la tozuda y sensata Bipa, que es puro pragmatismo.
Ambos protagonistas se embarcan en un viaje real e iniciático.
De esos que uno sabe dónde empieza, pero no dónde acaba, ni tampoco si el final va a ser lo mejor.
Les desvelaré algo sobre el final del libro… es un final feliz, aunque no al cien por cien, pues hay en él algo de agridulce. Como el viaje que representa, tiene cosas buenas y cosas malas, como también lo son las pérdidas y ganancias de sus personajes.
Esta novela es una maravilla, repleta de figuras originales, de gran intensidad (Gélida, el maestro cristalero y su hermano, Maga…), y de conceptos curiosos (la fuerza del ópalo frente al cuarzo, el escenario atemporal, imaginario y cercano a la vez).
Pero, sobre todo, me encanta una de las tramas finales, aquella que explica la naturaleza misma de la Emperatriz de los Etéreos, más cósmica que fantástica.
Aunque la propia autora niega que con su creación tuviera intención de criticar el culto a la delgadez extrema, con su efecto sobre la anorexia, hay una lectura secundaria que irremediablemente nos hace meditar sobre estos temas.
Aún me queda por decidir cuál de los dos personajes centrales (Aer o Bipa) cambia en mayor medida con el viaje que emprenden, y quién de ambos gana o pierde más.
Me gusta pensar que los dos ganan y pierden, y que ambos obtienen el amor verdadero: ese que hacía que un muerto se levantara en La princesa prometida, y no me refiero a la maravillosa película, sino al libro de William Goldman en el que se inspira.































































































