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Libros para niños. Literatura infantil y juvenil - Libros para niños y jóvenes

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Libros para niños. Literatura infantil y juvenil
Contagiar el deseo de leer
Leer es comprender
La importancia de leer cuentos
Libros para niños y jóvenes
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Libros para niños y jóvenes que serán grandes lectores

Un escritor que ha reflexionado largamente sobre el papel de los libros en nuestra vida personal y en la deriva de nuestra civilización es Alberto Manguel. En 2002 le correspondió el premio de la Fundación, en reconocimiento a su artículo Placeres de la lectura, editado en Babelia, suplemento cultural de “El País”, el 31 de agosto de 2002.

“Mi biblioteca –escribe– es una suerte de autobiografía. En la proliferación de anaqueles hay un libro para cada instante de mi vida, para cada amistad, para cada desilusión, para cada cambio. (…) Cuentos, leyendas, aventuras, las vidas ricas y arriesgadas del Capitán Nemo, de Sherlock Holmes, del Zorro Reinhardt y de Gatito, de Robinson Crusoe, de Pinocho, de Emilia y de Narizinho, y de tantos otros que conocí entre las cubiertas de un libro, fueron mías desde muy temprano. Dos aspectos de su lectura me deleitaban por sobre todo: saber la conclusión de sus viajes y poder olvidarla al abrir una vez más el libro. Uno de los encantos de la lectura, común en los libros y en los lectores de una cierta edad, es la repetición”.

“Placer del diálogo con antiguos iluminados –añade–, placer de la aventura extraordinaria. También, y no menor, placer de la experiencia indirecta, vivida por otro para nosotros solos. Vivir en el Londres de Dickens, en el Madrid de Galdós, en la Sicilia de Pirandello; asistir a los descubrimientos de Fabre y de Plinio: sentir la pasión de Medea, la desolación de Törless, la rebelión de Montag, la tristeza de Pelo de Zanahoria –ser, por un momento, quienes soñaron ser estas criaturas levemente inmortales–. Vivir lo imposible: perderme en el oscuro placer de las pesadillas de Bioy, de Stevenson, de Wells, de Silvina Ocampo, de Cortázar, de Tibor Déry, de Kobo Abe”.

El año anterior, este premio fue a parar a manos de Fernando Savater, autor del artículo El verano de Sauron, publicado por “El Diario Vasco”. En ese texto, asistimos a la emoción del lector que descubre uno de esos libros que se instalan en la memoria para no abandonarla.

“Ignoro si los libros –escribe– siguen todavía significando para alguien –en este mundo de videojuegos y cruceros por Internet– lo mismo que supusieron para algunos fanáticos cuando yo era joven: pero doy fe de que entonces eran una aventura, un riesgo prohibido, una fiesta. El verano más loco y fantástico de todos los que recuerdo lo pasé precisamente atrapado por un libro. Para ser más exactos: hechizado por un libro y amenazado por un cuartel”.

¿De qué libro nos habla Fernando Savater? Pongámonos en situación. El escritor acababa de cumplir veintitrés años. Como castigo pot sus actividades antifranquistas de la universidad, las autoridades le denegaron la prórroga de incorporación al servicio militar. “Tenía ante mí dos meses –dice–, dos brevísimos meses estivales, los últimos antes de la catástrofe castrense que clausuraría mi alegre y rebelde despreocupación juvenil”.

Fue entonces cuando Savater descubrió una edición inglesa de El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien. Sin dominar la lengua en que estaba escrita la novela, el escritor decició leerla con ayuda de un diccionario. “Mañana y tarde –escribe– penetraba en la Tierra de Enmedio, viajaba con Bilbo y Sam, luchaba junto a Gandalf y Aragorn, sintiendo siempre la amenaza del enorme ojo sin párpado de Sauron que me miraba desde el agua cóncava. Elfos y orcos me hicieron olvidar a los sargentos que poco después iban a darme órdenes. Había un doble placer: buscar despacio palabra por palabra en el diccionario para construir cada episodio como un rompecabezas emocionante y otras veces inventar o intuir el significado de los términos desconocidos para llegar cuanto antes al anhelado desenlace. Lento, rápido, intenso: el deleite. Después volví a leer El señor de los anillos en francés y más tarde en español, pero nunca disfruté tan salvajemente como con esa rústica lectura en la lengua apenas conocida, aquel verano”.


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