Este grueso volumen (Borges, Destino, 2006) reúne lo que Bioy anotó en sus diarios dando cuenta de sus conversaciones con Borges a partir de 1947. Borges murió en 1986 y algunas notas a él relativas llegan hasta 1989.
La edición es cuidadosa, cuenta con notas imprescindibles en este tipo de textos, aunque no sea exhaustiva y se eche en falta un índice onomástico, todo lo cual habría contribuido a la lectura y también a la obesidad de la entrega.
No ignoraba Borges el riesgo de tales publicaciones y Bioy lo documenta: «Me asegura que es indispensable destruir todos los papeles porque el día menos pensado uno desaparece y los amigos le publican esas grietas y esos estigmas». De ambos hay sobreabundancia en estas páginas que, más que diálogos, registran comadreos, cosas que se dicen cuando no hay terceros a la vista, en especial hacia el fin de su vida, cuando Borges se tornó ensimismado y apenas atendía los dichos ajenos, si acaso contestaba de mal humor alguna pregunta.
Por otra parte, Bioy conecta con lo menos interesante de su amigo: su devoción por la gente de la buena sociedad, su escasa admiración por los colegas, el reverso de sus declaradas amistades, el anecdotismo, los retruécanos, las coplillas obscenas. Decapitaciones. A Bioy se le escapa el Borges metafísico, y le queda lejos todo lo intelectual de su compañero. Así se podría escribir una lista interminable de letrados que pasaron por íntimos del maestro porteño, y a los cuales decapita con prolijidad, desde Güiraldes hasta Molinari, desde Girondo hasta Mujica Lainez.
Nada digamos de las mujeres que acompañaron a Borges, le interesaron o lo enamoraron, y de la constante homofobia que llega a valerse de flechazos contra mariquitas y maricones, confundiendo homosexualidad con pederastia. Lo que une, por otra parte, al diarista y a su ilustre contertulio, es su actitud ante el mundo exterior a cuanto podría llamarse la «burbuja histórica» que habitan. En general, les son extraños el arte y el pensamiento del siglo XX, con muy contadas excepciones (¿Kafka, la única clara?): Apollinaire, Eliot, Pound, Éluard, por citar al acaso, merecen el exilio.
Los poetas contemporáneos de Hispanoamérica, una lista negra. Pareciera que sólo ellos y algún amigo como Manuel Peyrou merecen la absolución. Entre los españoles, Ramón Gómez de la Serna.
El gusto por la novela policiaca remite a un invento del siglo XIX. Roce dental. Tampoco los grandes maestros se salvan del roce dental de estos lectores. Me pregunto: ¿era Goethe tan imbécil y carente de algo por decir como Borges lo encuentra? ¿Shakespeare, un diletante escritor de teatro frente a Dante, letrado cabal? ¿Es la Divina Comedia un texto de episodios?
Si se examina el escrutinio de los gustos borgianos, salta a la vista que mucha literatura cae fuera de su percepción, notoriamente la psicológica. Cierto Henry James, Dostoievski, Proust, se mencionan pero desde la insuficiente lectura. ¿Cómo aceptar que Ortega y Valéry se le figuren indocumentados? Tal vez lo más interesante de estos devaneos y repasos sea la ambigua relación con el barroco español, un código idiomático y retórico que valió a Borges para dar, en castellano, sus lecturas de los barrocos ingleses y conciliar dos literaturas tan distintas y secretamente semejantes. Aprobar a Góngora en detrimento de Quevedo y al revés, devaluar a Gracián ocupándose obsesivamente de él (hasta el punto de autorretratarse Borges en el poema homónimo), buscar indulgencias para Lope, son incisos que vale la pena revisar.
Curiosa es lo que puede entenderse como su parábola histórica. Tiene un punto de alta intensidad: la diatriba contra el peronismo, un hatajo de malhechores y canallas, y su contrapunto, la llamada Revolución Libertadora que expulsa a Perón en 1955. Ambos creen en la nobleza de los militares que la encabezan, custodios de una llamativa «dictadura democrática», gobierno vertical de los demócratas. Igualmente los moviliza la invasión soviética de Hungría en 1956.
Luego, a partir de 1962, cuando ya los militares «buenos» no detienen al peronismo ni, a su sombra, al comunismo, una pesimista indiferencia gana espacio. No quedan constancias del golpe militar de 1976, tras las elecciones que reponen a Perón en el poder (ni siquiera de su muerte en 1974), la guerra de las Malvinas, la caída de la dictadura en 1983. Sí, en cambio, de una escena conciliatoria que debió elevar las iras borgianas: una manifestación callejera peronista que, al reconocerlo, canta: «¡Borges, Perón, un solo corazón!».
Una historia personal intermitente puede extraerse de este volumen. La indispensable maestría de Borges, la admiración y el sentimiento de inferioridad de Bioy, el final desapego del primero por todo el mundo vinculado al segundo, la muerte lejos del amigo, la desolación de Adolfito ante un universo sin Georgie. Los estudiosos de precisiones biográficas hallarán en este libro alimento para sus blancos y dudas. Los demás, perplejidad, sonrisas y algún momento de tedio y bronca.
Sinopsis
Durante cinco décadas de amistad y complicidad literaria, Adolfo Bioy Casares visitó infinidad de veces a Jorge Luis Borges. Este libro es el diario que Bioy fue escribiendo sobre esos encuentros entre 1947 y 1989.
El resultado es el retrato más completo y más íntimo de Borges jamás presentado a los lectores y la crónica minuciosa y deliciosa de una amistad legendaria.
Bioy y Borges fueron amigos entrañables y compañeros de aventuras literarias. Durante años se reunían todos los días: escribían juntos, trabajaban juntos, paseaban, veraneaban y comían juntos.
Con discreción pero con la puntillosidad y la constancia de quien sabe qué está destinado a hacer un aporte fundamental, Bioy anotaba sus impresiones, los diálogos, las consideraciones de su amigo sobre escritores clásicos y contemporáneos, sobre el amor, la amistad, los sueños, la muerte, Dios, el destino, la filosofía, la comida, las mujeres, la política, las costumbres de su época, la idiosincrasia de los pueblos.
El presente libro es reflejo de ese intercambio que enriqueció a uno y otro, y torció para siempre el rumbo de la literatura en español.
El relato por parte de Bioy de aspectos poco conocidos de la vida de Borges, la transmisión precisa de sus ideas originales y brillantes, el dibujo de su personalidad, en general poco conocida o poco evidente, quedan plasmados en este libro como es posible que no logre hacerlo ninguna biografía.
En ese sentido, Bioy Casares es el interlocutor perfecto, como un tamiz hecho a medida para que se luciera la inteligencia del amigo, para dialogar con él en condiciones de igualdad y transmitirlo al papel con talento inigualable.
Adolfo Bioy Casares
Buenos Aires, 1914 | Buenos Aires, 1999
Nacido en Buenos Aires en 1914 y fallecido en la misma ciudad en 1999, fue uno de los grandes escritores argentinos contemporáneos, amigo íntimo de Borges, con el que coescribió algunas obras.
Entre sus libros figuran varias novelas, como La invención de Morel o Plan de evasión, además de cuentos, ensayos y libros policíacos escritos con Borges.
Copyright de la sinopsis © Destino. Reservados todos los derechos.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en el suplemento cultural del diario ABC. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.












































































































