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Memorias del Hielo / Malaz: El libro de los caídos 3

Borges en la biblioteca de Babel

Borges: Biblioteca de BabelEl mundo referencial de Borges es mínimo; su capacidad anecdótica, imperceptible; la ausencia de notas corporales en su literatura la empuja a la aridez del desierto que rodea al anacoreta; su obsesionante recaída en lo abstracto la dota de una imperturbable y confesa monotonía.

No obstante estos inconvenientes de partida, es admirable el sutil partido (valga la paranomasia) que Borges saca de su propia pequeñez, reducida a la nada de un mundo finalmente vacuo y de un universo finalmente inconcebible.

Cerrado e infinito como una mónada de Leibniz, el orbe borgiano parece una de esas esferas herméticas dentro de las cuales un jardín se abre al abismo, al espacio sin término. Fuera, Dios juega con esta suerte de pelotas cósmicas al juego de la armonía preestablecida. Valéry decía, poco más o menos, que la obra de arte es una acción finita de consecuencias infinitas. Una dialéctica entre el cuerpo y el deseo, la muerte y la eternidad, entre las cuales el ser, nuestra identidad, es un fantasma. Para conjurar el terror de la muerte, Borges hace abstracción del cuerpo y se proclama fantasmal.

Su voz viene, como la de Chateaubriand, desde ultratumba. Pero, al revés del vizconde, no para recontar una vida convertida en biografía por la muerte, sino para nostalgiar la vida no vivida. Con lo cual, valgan las repeticiones (borgianas anáforas) la vida se convierte en la gran ausencia de lo vivido.

Por eso, en Borges importan tan poco las cosas y sí, en cambio, tanto, los vínculos que pueden establecerse entre ellas, cuanto más remotos e inopinados, mejor. Un verso de una epopeya islandesa y un verso de tango, el desafío singular de dos héroes homéricos y de dos cuchilleros de Villa Ortúzar, el intangible río de Heráclito y el maloliente Riachuelo, etc.

Precisamente, a cuenta de este invisible tejido de correspondencias que organizan la mitología universal (lo único tangiblemente universal del inconcebible Universo) vienen las implacables dificultades de los eruditos que, deslumbrados por la enorme densidad de noticias y apoyaturas culturales que Borges ofrece, se ponen a bucear en sus fuentes, haciendo eso que Pedro Salinas definió, tan graciosamente, como “crítica hidráulica”.

Frecuentemente, caen ahogados en el torrente. La búsqueda de fuentes borgianas es normalmente inútil, ya que casi todas ellas son de segunda o tercera mano, obra de traductores en su caso, cuando no meros inventos de este hacedor de apócrifos para quien Cervantes y Pierre Ménard tienen el mismo estatuto en la inocua historia de la literatura.

Lo que importa en Borges no son las fuentes, sino su mezcolanza universal. No las relaciones verticales con los “clásicos” sino su relacionamiento horizontal en la biblioteca de Babel.

Por ejemplo: podemos rastrear sus vínculos con la Cábala (no tan solo judía, sino cristiana, para ampliar la estrechez de ciertos entusiastas) pero si vemos que el interés cabalístico de Borges viene de su preocupación por esa zona del lenguaje que resulta inaccesible por sagrada para la Cábala, pero inaccesible por hueca para la teoría barroca del lenguaje o para el budismo de los vehículos o el zen, que también integran su panoplia de lector.

Un filólogo clásico saca muy poco partido de las numerosísimas invocaciones de Borges a Homero y Virgilio (cuando, en rigor, como advirtió Octavio Paz, su modelo era Horacio). Un filósofo advertirá que, fuera de Schopenhauer y Spinoza, Borges frecuentó más bien manuales como los de Mauthner y Bertrand Russell.

Siguió un consejo porteño que le propinó Alfonso Reyes cuando el joven Georgie le confesó haber ganado trescientos pesos en un premio municipal: “Cómprese una enciclopedia, la Británica o la Bompiani, Jorge Luis” (sólo don Alfonso le decía Jorge Luis, lo cual era como un rebautizo, seguramente iniciático).

Y en efecto, el dictamen es de oro: las enciclopedias están escritas por especialistas, como a veces le ocurriría a Borges respecto a la literatura argentina o la portuguesa. Un montón de especialistas encimados y encuadernados es lo más parecido a la torre de Babel:

Finalmente, para él, lo que llamamos pasado es un relato, no una exégesis. Lo que los antiguos argentinos llamaban “las mentas” de alguien.

Mentar es lo que resta en la mente, en la memoria, o, mejor dicho, lo que ésta cree recordar. Mentar es traer a la mente (por favor, no se lea esto en mexicano). El pasado es una mentada. Si se trata del tamaño biográfico, una mentadita.

Sinopsis

Fruto de la fértil relación mantenida entre el editor italiano Franco Maria Ricci y Jorge Luis Borges, la colección llamada "La Biblioteca di Babele", que toma su nombre del célebre relato publicado en Ficciones, reunió una selección de textos de varios de sus autores favoritos en una serie inolvidable dedicada a la literatura fantástica.

Prólogos de la Biblioteca de Babel reúne los inolvidables textos introductorios que para ellos escribió el maestro argentino.

"Para Borges –afirma en su presentación al volumen Antonio Fernández Ferrer– no hay escrito secundario: su afán de escritura se entrega con parejo entusiasmo en cualquier texto. Sus prólogos son cualquier cosa menos escritos meramente auxiliares o subsidiarios, y en ellos podemos encontrar tantas delicias como en cualquier otro texto de su autor".

En el momento de su fallecimiento, Borges había completado los prólogos a los primeros sesenta y cuatro títulos de esta selección de cien que habrían de constituir una colección cerrada escogida por él mismo.

De estos textos, testimonio de sus preferencias literarias, escribió: «Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas».

Ficha editorial

La biblioteca de Borges

Jorge Luis Borges

11 x 17,5 cm.

176 Páginas

Rústica Fresado

I.S.B.N.: 978–84–206–3317–6

Código: 3460007

8,17 € IVA no incluido

8,50 € IVA incluido

Copyright de nota editorial e imágenes © Alianza Editorial. Reservados todos los derechos.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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