Aunque parte de la crítica española descubrió no hace mucho a Coloane, lo cierto es que la obra del novelista chileno (Quemchi, 1910 – Santiago de Chile, 2002) ya se había distribuido con timidez a este lado del océano, y más de un librero la mostraba en sus catálogos.
No hablamos, pues, de un autor que fuera del todo ignorado. En este sentido, vale la pena recordar que, partiendo de un original de Coloane, llegó a realizarse una película hispano-mexicana, Cabo de Hornos (1955), con dirección de Tito Davison y protagonizada por Jorge Mistral y Silvia Pinal. Del citado largometraje sólo cabe añadir que se inspiraba en uno de los libros de relatos que reúne la presente edición de Alfaguara.
Dicho de forma breve, se trata de cuentos cuya tónica es el peligro, cifrado en esas rompientes del estrecho de Magallanes que acaban siendo metáfora de una confrontación entre los hombres y la catástrofe.
Si es cierto que Satán agita sus cadenas bajo el cabo de Hornos, quien se aventure por las costas de Tierra del Fuego visitará una valiosa delegación del infierno en la linea de la marea. Un litoral desapacible, salvaje, donde todo se arriesgó al azar, donde la desventaja del ser humano frente a la naturaleza se advierte en sus escombreras, aisladas entre filos de sierra, barcazas que rompió el hielo y despojos de ballena.
Esta serie de relatos (Cuentos completos, Anagrama, 1999) construye un itinerario en el que los personajes forman parte del medio, de ahí que la ruta polar seguida por focas y delfines coincida con la deriva, física y moral, de nutrieros, pastores, presos en fuga, navegantes e indios yaganes. En suma, pájaros heridos cuyo vuelo, por fuerza, bordea la tragedia
No todos los cuentos pueden ligarse de acuerdo con el mismo criterio narrativo. Los hay de carga costumbrista, ordenados en forma de crónica. Sin perder la precisión en el lenguaje, hallamos otros de aire más poético que restituyen la atmósfera fatídica de las leyendas. Y en algunos, ceñidos al drama, resalta la profundidad de la mirada, la venganza de puertas adentro, el desamor... En esa variable capacidad de fabulación queda de manifiesto el don de Coloane para vivificar imágenes que vienen por el mar, allí donde, a la manera de Conrad, se rehace su propia experiencia.











































































































