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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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"Jane Eyre", de Charlotte Brontë
"Teleshakespeare", de Jorge Carrión
"La Dama sin Límite y otras historias", de Seabury Quinn
"Yo acuso", de Emile Zola
"Una autobiografía soterrada", de Sergio Pitol
"El hombre sin atributos", de Robert Musil
"Sonetos del amor oscuro", de Federico García Lorca
"Los zapatos rojos", de Hans Christian Andersen
"El topo", de John Le Carré
Memorias del Hielo / Malaz: El libro de los caídos 3

"El Código Da Vinci", de Dan Brown

El Código DaVinciEs habitual en nuestros días observar la frecuencia con que, en el metro y en los autobuses, repetidos lectores -mayormente, lectoras- se inclinan atentos sobre gruesos volúmenes.

Uno de ellos es El Código Da Vinci de Dan Brown. No resulta difícil entender que en libros como éste el adquirente va a buscar lo que ya ha encontrado en reiterados folletines impresos o proyectados por el cine y la televisión: asesinatos en serie cometidos por un aplicado psicópata y una clave esotérica que la policía no consigue elucidar y que pasa a manos de un historiador de las religiones o un mero aficionado lego, tal vez remiso a la cuchilla de afeitar y al desodorante pero disimuladamente sexy, tanto que se acaba quedando con la oportuna rubia del caso.

Sin mucho esfuerzo crítico puede decirse que el obeso objeto suscrito por Brown (557 páginas en la edición Umbriel traducida por Juanjo Estrella) es una mala novela. Mala porque está llena de rellenos, de superficies engrudadas donde el lector se pegotea y pierde el tiempo; mala por la cantidad de préstamos literarios sobados, garantía de mala prosa (un solo ejemplo: «Volvió a dormirse y volvió a despertar. La niebla envolvía sus pensamientos. Nunca había creído en el Cielo y, sin embargo, Jesús velaba por él», página 78); y mala, ante todo, por la garantía que asegura la calidad de las malas novelas: porque cuanto pasa en ellas es rigurosa y exclusivamente «novelesco». Los buenos novelistas evitan ser novelescos, lo disimulan, o consiguen ser campeones manieristas del artificio, barrocos o camp. Brown escapa a todas estas alternativas.

Con todo, no cualquier mala novela es best-seller. También la mala literatura tiene su selecta minoría de mejores ventas.

El código Da vinci

Hay algo en El Código Da Vinci que actúa con un especial glamour que, si bien roza tenuemente la literatura, ingresa con fuerza en la sociología de la lectura.

Desbrozando las repetidas apariciones de personajes chatos y sumarios, de enigmas interpuestos, de descripciones golosas, capaces de dar cuenta de un teléfono móvil Nokia o el tablero de un coche Opel, queda un escuálido problema a resolver: la lucha de dos sectas secretas, el Opus Dei y el Priorato, la mentira institucional del cristianismo y su verdad oculta y sostenida.

He aquí la primera seducción eficaz: dar al lector la clave enmascarada -para colmo, de una extrema sencillez- de la historia universal. En efecto, el cristianismo «auténtico» es una religión de la Diosa: madre, tierra, renovadora de la vida y de la muerte.

Cristo fue un hombre como cualquier otro, que amó a María Magdalena y tuvo de ella una hija, Sarah, salvada de la escabechina patriarcalista gracias a una feliz fuga a las Galias. Una estirpe regia perpetúa la herencia de aquellos personajes, custodios de la perseguida verdad en las ocultas reuniones del Priorato. Lo que ha triunfado en la historia es el principio paterno, jerárquico, bélico, eclesial, que ha convertido a Cristo en un casto ser sobrenatural, Dios encarnado y fundador de la Iglesia que todos conocemos. Uno de sus secuaces intenta acabar con la descendencia del auténtico Cristo, que lo es también de David y Salomón.

A la hora de los guiños, Brown hace dos principales: al feminismo militante, exaltando la divinidad de la Mujer frente a la impostura de un Dios Padre y, por ello, Varón; y al ecologismo, porque la Madre Tierra es, obviamente una señora. No se escapa al autor que, antes de los 24 años, la mayor parte de los compradores de libros son compradoras. Cualquiera se halaga si se le dice que sus genitales encierran la promesa de un mundo pacífico, fraterno y armónico. Hechos los guiños, el señor Brown cierra los ojos y se duerme en sus laureles.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos


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