Escribir es hacer historia, pegar papeles con palabras sobre otros papeles con palabras: un palimpsesto. Años después, Borges dirá casi lo mismo. Es la peculiar relación de Proust con la historia de los otros, con los otros mismos.
Busca el silencio pero jamás escribiría en la taciturna soledad del campo. Necesita la ciudad, el ruido de la calle, del cual se aísla a sabiendas de que sigue ahí abajo, incesante.
Se sabe que Proust es escritor de una sola obra, voluminosa y enciclopédica. En torno a ella hay una constelación de esbozos, textos inconclusos, unos pocos artículos, pastiches que equivalen a la búsqueda de un lenguaje propio, los veintiún tomos de su correspondencia.
Estos cuentos (El indiferente y otros relatos, Funambulista, 2005) bien pueden integrar esa suerte de familia satélite del Gran Sol proustiano.
Asimismo nos permiten meditar acerca de la idea de Obra, común a Proust, a Joyce, a Musil: algo que tiende a la totalidad pero que siempre está en proceso de terminación. ¿Qué fue anterior, la gesta o el romance? Los eruditos siguen discutiendo la cuestión.
¿Qué fue primero, idear la Recherche y ponerla a prueba en estos relatos o «descubrirla» al irlos escribiendo?
En efecto, buena parte de los temas fuertes de aquélla están en éstos.
El amor y la identidad se obtienen a distancia y se pierden igualmente, pues son una cosa mental alimentada por los celos, la imposibilidad de encontrarse consigo mismo y el ser amado para siempre, del todo y sin alteraciones dictadas por el Dios Tiempo.
Aquí tenemos, a la vez, lo que la sociedad resulta para Proust: un tejido de miradas que preceden a las demandas, un sistema de fórmulas que ocultan lo indecible del corazón (sentimiento y memoria), el arte que es la palabra a orillas de la música, pues ella sí que puede señalar decisivamente lo que el verbo apenas tantea.
Quizás un vaso comunicante entre ambas sea la madre, con cuyos ojos el Narrador ve el mundo y lo organiza.
Curiosamente, y en refuerzo de esto último, hay aquí un cuento con una narradora, «La confesión de una joven». Para el lector proustiano, estos textos son ineludibles.
Se ve en ellos que Proust encontró tempranamente su mitología personal y pudo, luego, concentrarse en cincelarle un monumento hecho con palillos, una miniada catedral. Sólo falta aquí la Recherche, pero ya sabemos que nada hay más proustiano que la presencia de lo ausente.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en el suplemento cultural del diario ABC. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.











































































































