El hecho de que uno crea en la realidad de los personajes de El Jarama (1953) no se debe a un criterio de verosimilitud literaria o de simple credulidad lectora, sino simplemente de genio.
Talento a raudales, por mejor decir. No en vano, con el tiempo, esta novela de Rafael Sánchez Ferlosio es valorada por lo que es: una de las obras más influyentes y reveladoras de nuestro siglo XX literario.
Temo repetirme, pero lo cierto es que a Rafael Sánchez Ferlosio le interesa sobremanera el realismo. Por ello su argumento no se despliega a golpes de efecto. Al contrario, discurre mansamente, al hilo de este o aquel diálogo, del modo en que lo hace la corriente del río que da título al libro.
¿Protagonistas? En cierta forma, los hay a decenas. Por un lado, tenemos a los jóvenes visitantes que llegan desde Madrid hasta la cercana localidad San Fernando de Henares. Intuimos que tienen pocas preocupaciones, y que gozan de la comodidad urbana. «Iban aprisa —nos dice el narrador—, con ganas de ver el río».
Por otro lado, tenemos a los lugareños. Trabajadores obligados desde la cuna por las necesidades más perentorias. Hombres y mujeres cuyas opiniones inspiran ternura o interés en el bar de Mauricio, que es el lugar donde se anuda y reinventa esa pequeña comunidad madrileña.
Ni que decir tiene que los domingueros disfrutan de la ribera y de sus primicias: «Vagaba el humo por los campamentos. Se deshacía hacia las copas de los árboles, con un olor de guisos y de arbustos quemados. Hervía densamente una paella en el corro vecino y la mujer de negro se apartaba de las llamas y el humo que querían subirle a la cara».
Al seguir la prosa de Sánchez Ferlosio, el lector se siente transportado. El relato se cuenta en tono vigoroso. Cada detalle exige vigilancia y comprensión. Las palabras se posan lentamente sobre la imaginación, como si fueran fruto de una necesidad inexorable. De ahí que tenga esa poderosísima efectividad uno de los episodios más dramáticos de la obra: el ahogamiento de una de las jóvenes, Lucita («Se oía un débil debatirse en el agua —leemos—, diez, quince metros más allá, y un hipo angosto, como un grito estrangulado, en medio de un jadeo sofocado en borbollas»).
Se ha hablado de El Jarama como de un libro existencialista. No está mal visto, pues su llegada a las librerías se corresponde con la irrupción en España de esa fórmula filosófica. En todo caso, puesto a buscarle etiquetas, prefiero la del realismo social, que hermana al libro de Sánchez Ferlosio con la narrativa de Miguel Delibes y Juan García Hortelano.
En el fondo, la actitud del escritor con respecto a la historia —sus historias, que también son las del río— es en buena medida la de un cronista veterano, que huye del sentimentalismo porque sabe que, al fin y al cabo, este es sólo una abstracción. En verdad, ese, y no otro, era el tono requerido en las postrimerías de nuestra posguerra.
Sinopsis
El Jarama inagura una nueva época de la narrativa española incorporando a una historia de apariencia realista una técnica absolutamente realista. Once amigos madrileños deciden pasar un caluroso domingo de agosto a orillas del Jarama.
Durante dieciséis horas se suceden los baños, los escozores provocados por el sol, las paellas, los primeros escarceos eróticos y el resquemor ante el tiempo que huye haciendo inminente la amenaza del lunes. Al acabar el día, un acontecimiento inesperado colma la jornada de honda poesía y dota a la novela de una extraña grandeza
Sobre el autor
Rafael Sánchez Ferlosio, de padre español y madre italiana, nació el 4 de diciembre de 1927 en Roma, y en esa ciudad pasó su infancia y los años de la guerra civil española.
Estudió el bachillerato en el colegio de San José de Villafranca de los Barros, de la Compañía de Jesús.
Según sus propias palabras, «allí, a la edad de catorce años, en el texto de literatura española de Guillermo Díaz-Plaja y en la frase en la que el autor, retratando al infante don Juan Manuel, decía literalmente: “Tenía el rostro no roto y recosido por encuentros de lanza, sino pálido y demacrado por el estudio”, conoció cuál era su ideal de vida. No obstante, ha sido siempre demasiado perezoso para llegar a empalidecer y demacrarse en medida condigna a la de su ideal emulatorio, y su máximo título académico es el de bachiller. Habiéndolo emprendido todo por su sola afición, libre interés o propia y espontánea curiosidad, no se tiene a sí mismo por profesional de nada».
En 1951 publicó su primer libro, Industrias y andanzas de Alfanhuí. En 1956 obtuvo el Premio Nadal y el Premio Nacional de la Crítica con El Jarama.
Durante los años siguientes profundizó en sus estudios lingüísticos, fruto de los cuales fue el ensayo Las semanas del jardín (1974).
De 1975 a 1985 colaboró asiduamente en la prensa de Madrid, especialmente en el diario El País, cuyos artículos recogió en el libro La homilía del ratón.
En 1986 publicó dos ensayos, Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado y El ejército nacional, y su tercera novela, El testimonio de Yarfoz.
En 1992 aparecieron los Ensayos y artículos (tomos I y II) y Esas Yndias equivocadas y malditas.
Un año más tarde vio la luz Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, la obra que ahora se reedita y que le reportó en 1994 el Premio Nacional de Ensayo.
Sus últimos libros son las obras ensayísticas El alma y la vergüenza (2000), La hija de la guerra y la madre de la patria (2002), Non olet (2003), Sobre la guerra (2007) y God & Gun (2008), así como el libro de cuentos y fragmentos narrativos El geco (2005).
Sánchez Ferlosio ha sido traducido a una veintena de idiomas y es doctor honoris causa por la Università degli Studi de Roma y por la Universidad Autónoma de Madrid. Su trayectoria incomparable fue galardonada en 2004 con el Premio Cervantes.
Ficha técnica
Fecha de publicación: 08/01/2009
352 páginas
ISBN: 978-84-233-4107-8
Código: 736094
Formato: 12,5 x 19 cm.
Encuadernación: Rústica sin solapas
Colección: Literaria
Copyright del texto © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
Copyright de la sinopsis y la nota sobre el autor © 2011 Booket. Cortesía del Área de Comunicación del Grupo Planeta. Todos los derechos reservados.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.












































































































