Naturalista, regeneracionista, cultivador del erotismo literario y escritor comprometido con los problemas de su tiempo: calificativos todos ellos que cuadran —de forma matizada, si se quiere— con la personalidad narrativa de Felipe Trigo (Villanueva de la Serena, Badajoz, 1864-Madrid, 1916), el autor de ese testimonio sensacional que es Jarrapellejos, la novela a la que dedicaremos las próximas líneas.
En cierto sentido, en dicha obra se opera una perfecta inversión del tópico pastoril. El costumbrismo de la narración no pretende enmascarar un resorte medieval, el caciquismo, encarnado en el sórdido protagonista de la pieza.
Sin duda, pocos novelistas de la época se atrevieron a llegar tan lejos a la hora de diseccionar las marginaciones y juegos de poder en el medio rural. A nadie se le oculta que Trigo infiltró en dicha ficción los planteamientos que ya le ocuparon en su Etiología moral, antología de los artículos periodísticos que le publicó el diario El Globo. Por la misma senda, cabe relacionar Jarrapellejos con otra entrega de orden ensayístico, Socialismo individualista (1904).
Trigo dedica Jarrapellejos al jurista Melquíades Álvarez (1864-1936), político republicano, fundador en 1912 del Partido Reformista, mentor de Manuel Azaña y asesinado en 1936 por milicianos izquierdistas.
Sin duda, este ofrecimiento esclarece en qué línea ideológica hemos de situar la novela. Así, el novelista dice al dedicatario que su libro, «en medio del ambiente un poco horrible de la Europa, le evocará la verdadera verdad del ambiente de un país europeo, el nuestro, cuya cristalización en un medievalismo bárbaro, ya sin el romántico espíritu de lo viejo, y aun sin los generosos positivismos altruistas de lo moderno, le hace todavía más horrible que los otros».
A grandes rasgos, el relato de Jarrapellejos queda organizado por el cauce de su implacable protagonista, cuyo determinismo queda finalmente establecido en un crimen. Pese a la intensidad de ese planteamiento, la trama es, acaso, menos importante que el mensaje.
La motivación es clara: Trigo, aunque monárquico, denuncia el modo en que la injusticia se ha enseñoreado de los distritos rurales, y exige decisiones políticas que pongan fin a esa iniquidad.
Si en lo ético podemos familiarizar al narrador con parte del noventayochismo, en lo estilístico hemos de relacionar su prosa con la de los naturalistas.
Con gracia silvestre, el autor escribe a favor de las emociones. De tal apuesta se deriva un estilo terso, dinámico, flexible, en el que ocasionalmente puja por transmitir dialectalismos y vaivenes del habla extremeña.
Como postrer recurso, el detalle erótico le sirve para establecer una denuncia paralela, esta vez en contra de ese machismo feroz que conjugaba las relaciones de género en la España negra.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.












































































































