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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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"El topo", de John Le Carré
Memorias del Hielo / Malaz: El libro de los caídos 3

"La ciudad de los prodigios", de Eduardo Mendoza

La ciudad de los prodigiosEduardo Mendoza estudia Barcelona en una doble clave: la de las cosas que nunca cambiarán —las necesidades económicas, las servidumbres humanas— y la de las personas que han de ajustarse a su propio destino —hablo de la aventura individual y la colectiva, que al final rebosan en forma de Historia—. Si bien se mira, una vez armado el rompecabezas, podemos leerlo a partir de una trama principal, que luego se bifurca.

Me refiero a la protagonizada por Onofre Bouvila, el campesino que llega a Barcelona en 1887, sin una perra en el bolsillo y con ganas de abrirse camino.

El bueno de Onofre reparte panfletos anarquistas mientras se arma el esqueleto de la Exposición Universal. Más adelante, comercia con crecepelos, y así van cuajando su destino y el destino de quienes le rodean. Como ven, la historia crece hasta que, por vías heterodoxas y censurables, Onofre amasa una fortuna más propia de un rajá. Cuando la novela alcanza su punto culminante, ya hemos acompañado a sus personajes hasta 1929. Y ciertamente, en eso salimos ganando, puesto que la ficción se sobrepone a eso que los cursis llaman fresco histórico, y que en este caso presta mejor servicio que algunos manuales universitarios.

La ciudad de los prodigios fue publicada por el sello Seix Barral en 1986, y muy pronto fascinó a una legión de imitadores literarios. La razón de ello hay que buscarla en el éxito editorial de la entrega, cuyas reimpresiones aún son generosas.

Por supuesto, la crítica también elogió a Mendoza, cuya carrera se vio definitivamente consolidada. Entre las reseñas más felices, cabe recordar la que le dedicó Juan Benet en Saber leer (enero de 1987). «Con toda desvergüenza —escribe Benet— (y el descaro tal vez no sea quitarse una cara sino presentar la otra, ya se sabe cuál) declararé que La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza es una de las novelas que más me ha complacido en los últimos años, tal vez decenios».

Y añade «Casi toda la novela reciente que he leído sabe a pepino; en contraste, la de Mendoza sabe como aquellos ya inencontrables frutos de Villaconejos, productos del secano sin la menos intervención del laboratorio y con gusto hasta la misma corteza».

Pese a tratarse de una obra popular, fácilmente legible, Mendoza no escatima experimentos en su realización. Ni que decir tiene que la pieza encanta a los estudiosos de la verosimilitud, sobre todo por el interesante cruce que propone entre realidad histórica y ficción. En esto reside otro de los méritos del escritor: su paciente labor documental, que le permite integrar en el artificio mil y un datos extraídos de archivos, hemerotecas y registros institucionales.

Por lo demás, el novelista no es un notario. Muy al contrario: prefiere revolver los legajos con ironía, como si le conviniera situar cualquier certeza entre paréntesis.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

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