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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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"Los zapatos rojos", de Hans Christian Andersen
"El topo", de John Le Carré
Memorias del Hielo / Malaz: El libro de los caídos 3

"La colmena", de Camilo José Cela

 La colmenaEl talento y la oportunidad hicieron de La colmena una de las novelas más divulgadas de la narrativa española moderna. Su autor, Camilo José Cela, supo inyectar sus buenas dosis de expresionismo en un relato coral que, por cierto, admite entre sus rótulos el de costumbrista.

Escrita entre 1945 y 1948, la obra requirió nuevas enmiendas, nuevas añadiduras que reconocemos en las ediciones de 1955, 1963, 1966 y 1983.

¿Razones? Las propias del momento histórico… Roces con los censores, incomodidad del poder político ante una pieza que revelaba, con fidelidad filatélica, las cicatrices de España en la posguerra.

O dicho más claramente: realismo a ultranza, incómodo para una dictadura como la franquista, que en aquella fase inicial cifraba sus bases ideológicas en una grandeza de guardarropía.

Como se sabe, la tirada argentina del libro precedió a la impresión española. No fue casualidad, y se nota sobre todo cuando tenemos en cuenta los reparos ya comentados.

Por supuesto, no era una pieza única, aislada en términos históricos —mucho se ha hablado del tardío noventayochismo de Cela—, pero es obvio que su fuerza narrativa y su naturalismo psicológico bastaban para convertirla en un hito, luego imitado por los cultivadores del realismo social.

La trama de La colmena se articula a partir de un buen puñado de historias que se entrecruzan en Madrid, durante unos días invernales de 1942.

Con su epicentro en el café de doña Rosa, estos relatos emergen en un ambiente desolador: la ciudad sobrevive a duras penas, el estraperlo es una práctica habitual y las cartillas de racionamiento resultan indispensables para obtener esa comida que siempre escasea.

Martín, el personaje principal —lo sé: cuesta emplear este adjetivo en una novela con tantas vidas encerradas—, representa a los perdedores, no ya de la situación política, sino de la propia vida. En contraste, doña Rosa o don Mario de la Vega obedecen al optimismo de quienes se sienten poderosos y merecedores de ese poder, legitimado por un patrimonio que consideran como un premio a sus virtudes tradicionales.

Según indica su título, la obra equivale a una investigación entomológica. Explorando cada celda y cada estrato de la vida madrileña, Cela detalla costumbres y mecanismos de supervivencia, inercias del pasado, rencores, procesos de envilecimiento e incertidumbres. Eso sí: en primer plano, una pantalla de la hipocresía oculta dicho espectáculo a los bienpensantes, decididos a pegarle fuego a cuanto contradiga a su ideario.

La misma hipocresía impulsa un discurso por el que, a la fuerza o de buen grado, se rige toda la comunidad.

Bien mirado, el triunfo de Cela no se limita a la trama, diseñada a quemarropa, o a sus connotaciones de alto voltaje. Es más: cualquier lector puede hallar en La colmena un tesoro léxico y estilístico, y aprender hasta qué punto el habla de los personajes puede ser un síntoma revelador de sus sentimientos y de su travesía social.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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