La sociología de la posguerra marca jalones importantes en la novelística española.
De entre todos ellos, acaso sea La familia de Pascual Duarte (1942) uno de los más conocidos. Como quiere la crítica, esta obra de Camilo José Cela recoge una tradición tremendista que entronca con Valle-Inclán, Baroja y el romance de ciego; y la inserta en el realismo duro que dominó entre los escritores españoles de mediados del siglo XX. Empleando un léxico de una riqueza formidable, el autor nos enfrenta a un relato estremecedor, cuyas implicaciones y resonancias tienen un claro sentido nacional.
Para empezar, el periodo histórico que recorta la novela es bien significativo. Pascual, asesino convicto, firma su narración en 1937, y en sus diecinueve capítulos conduce al lector a lo largo de su trágica existencia, que viene a ser, metonímicamente, la de la España negra y postergada durante ese primer cuarto de siglo.
Primero, conocemos los orígenes familiares del personaje, que nos predisponen a columbrar un mal fin para sus andanzas. Ni siquiera el matrimonio conjura ese determinismo. Su descendencia perece, al igual que su esposa. Con todo, el impulso criminal del protagonista no se debe a las ausencias o a una negra melancolía, sino al afán vengativo y a los impulsos del momento.
Pascual, condenado a muerte, se nos presenta como un hombre que ha ido buscando el castigo navaja en mano, arremetiendo contra figuras de autoridad (su madre, el Conde de Torremejía), contra rufianes sin aparente remedio (el Estirao) e incluso contra bestias carentes de juicio (la yegua que desmonta a su mujer y origina su aborto, la perra Chispa). Prisma de muchas facetas, el personaje no es un villano lombrosiano. En todo caso, adquiere su razón de ser por una doble vía: el cainismo hispánico, puesto de actualidad por la Guerra Civil, y el abismo social que aguarda a los de su casta, condenados a sufrir una fatalidad impuesta por causa de la pobreza y la ausencia de instrucción.
Sin familia ni apoyo en la colectividad, Pascual Duarte se torna una criatura patética, existencialmente desarticulada, cuyo aire de familia hemos de buscarlo, por ejemplo, en los castellanos menesterosos y primitivos que pinta Delibes. En ambos casos, se trata de criaturas hechas al sufrimiento —como lo fueron los pícaros del Siglo de Oro—, carentes de esperanza, crueles a su modo, bárbaros en tierra de bárbaros. ¿Razones morales? Que nadie las busque, a no ser de modo forzado. Como ya dijo Gregorio Marañón en su prólogo (1946) al libro de Cela, «Duarte es un hombre malo, contumazmente malo, y es artificio quererle equiparar con los héroes que, por serlo, tienen siempre, aun en el caso en que se valgan de medios torpes, un sentido creador y, por lo tanto, bueno».
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.











































































































