Situémonos, para empezar, en esa noche en que se jubila Eloy, el anciano protagonista de esta novela de Miguel Delibes. Después de medio siglo de trabajo en el Departamento de Sanidad, el festejo que organizan ante su marcha es bien poca cosa, sobre todo si se advierte el desinterés de quienes asisten a él.
Tras el adiós, previsiblemente, llega el vacío, la sensación de ausencia, y sobre todo, la idea de que las manecillas del reloj no han de seguir girando por mucho tiempo. Ese periodo, todo sea dicho, es particularmente intenso y decisivo para Eloy, cuya única compañía fiel es Desi, la joven pueblerina que le atiende en las tareas domésticas.
En torno a este par de personajes deambulan otros de no menor interés: Leoncito, el hijo desagradecido y egoísta; Isaías, amigo de Eloy; y Picaza, el violento bribón con quien Desi pretende casarse y que acabará en la cárcel. Al final, puesto que la soledad incumbe tanto al viejo protagonista como a su criada, él le hace una propuesta que puede atenuar el desconsuelo: un matrimonio de conveniencia, sin otro fin que buscar el beneficio común; esto es: la compañía para Eloy y el hecho de que, a la muerte de éste, ella reciba la pensión de viudedad.
Al fin y al cabo, cuando el jubilado plantea ese propósito a Desi, le confiesa algo que resume toda la enjundia de la novela: «Tendrás estorbo por poco tiempo, hija. A mí me ha salido ya la hoja roja en el librillo de papel de fumar» (Los estragos del tiempo, ed. definitiva de El camino, La mortaja y La hoja roja, col. Mis libros preferidos, vol. I, prólogo de Giuseppe Bellini, Barcelona, Ediciones Destino, 1999, p. 474).
A pesar de que hoy figura entre los títulos que han de ocupar cualquier biblioteca de literatura española contemporánea, La hoja roja llegó al público tras curiosas vacilaciones.
Cabría resumir tales dudas reproduciendo esta carta fechada el 14 de febrero de 1959, y remitida por Delibes a su editor, Vergés. «Me da la impresión —escribe— de que La hoja roja no te ha llenado. Yo, en mi perpetua vacilación, no sé ya qué pensar del libro. He meditado sobre el título. Sospecho que la dificultad tuya proviene de la cuestión personal que tenéis los catalanes con la “jota”. Para un castellano, la cacofonía deliberada no le va mal, incluso puede ser un aliciente. De todos modos, he pensado que La antesala o La sala de espera, resume también la idea del libro» (Miguel Delibes, Josep Vergés, Correspondencia, 1948-1986, Barcelona, Ediciones Destino, 2002, p. 178).
A pesar de que la síntesis que ofrecíamos más arriba puede dar la idea de que se trata de una narración angustiosa, muy inspirada en el desarrollo de la pesadumbre del jubilado, lo cierto es que el tono de la obra desmiente esa sospecha.
Como ya dijo Edgar Pauk, el significado de la obra quedaría destruido de haber en ella amargura. Lo mismo en su inicio y desarrollo que en el inesperado remate, es la ausencia de aflicción «lo que caracteriza a la Desi y Eloy, ambos víctimas de vidas y eventos difíciles y tristes, pero ambos personajes llenos de calor humano y de positiva vitalidad, quienes al final pueden juntar sus dos calores para calentarse mutuamente» (Miguel Delibes. Desarrollo de un escritor, Madrid, Editorial Gredos, 1975, p. 71).
Al igual que en todas sus demás obras, el escritor vallisoletano nos hace ver el conjunto de cualidades de cada personaje a través del modo que éste tiene de expresarse. Es verdad que en la mayoría de los diálogos el punto de tangencia con la auténtica oralidad del pueblo es un elemento obvio. Pero no es menos cierto que ese afán realista, cuyo valor ha sido destacado por su riqueza estilística y su minuciosidad, tiene un profundo valor humano, pues arrastra episodios de enorme emoción.
«Los personajes de Delibes —escribe Francisco Umbral— están siempre presentes porque hablan como son, se definen por lo que dicen y, sobre todo, por cómo lo dicen. Yo creo más en el significante que en el significado. Opino que lo que configura una novela es el significante, más que el significado. Y el significante es riquísimo en Miguel Delibes. Y con ello consigue, precisamente, lo que yo llamaría un realismo convencional, que eso es para mí el arte» («Drama rural, crónica urbana», en Miguel Delibes. Premio Letras Españolas 1991, Madrid, Ministerio de Cultura, Dirección General del Libro y Bibliotecas, Centro de las Letras Españolas, 1993, p. 71).
Sinopsis
La hoja roja es esa llamada prudente que recuerda al fumador el próximo fin de su librillo de papel. Para don Eloy la jubilación ha sido la hoja roja. Le ha llegado el momento de contar con avaricia las hojas que le restan en el librillo de la vida. Don Eloy perdió a su mujer y a sus hijos —uno muerto y el otro ausente, más lejano por el corazón que por la distancia— y se fueron también los amigos íntimos... Tan sólo cuenta con la Desi, una muchacha de veinte años que se ocupa de las tareas domésticas y cuya mayor ilusión es casarse con un mozo de su pueblo de sangre caliente, llamado el Picaza. El hondo dramatismo que parece conformar a estos personajes y su entrañable desamparo podría hacer pensar en una novela triste. Sin embargo, el humor y la frescura con que Delibes nos acerca al cotidiano devenir del viejo y de su criadita analfabeta hacen de La hoja roja una de las obras más irónicas y divertidas de su autor. Admirablemente escrita y construida, La hoja roja es una novela emocionante, humanísima, donde Miguel Delibes demuestra su extraordinaria capacidad para extraer de la vida diaria los más puros resortes del arte (Colección Austral).
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.












































































































