Es probable que Miguel de Unamuno comenzase a escribir novelas a causa de una enfermedad crónica: su identificación existencial con los personajes que iban surgiendo de su fantasía. En La tía Tula también se advierte esa tendencia.
Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa es una nivola sino el asombro del narrador que se inmiscuye en lo narrado? Para que se entienda el valor de La tía Tula (1920) en este contexto, basta añadir que en ella se traman dos de las principales obsesiones del maestro vasco: una inquietud espiritual de acero inoxidable y un corpus filosófico de propia invención.
Cuando abordó este proyecto de escritura, Unamuno había rebasado la edad madura, y podía entender de forma experimental sentimientos como la melancolía o ese espejo deformante al que llamaremos mezquindad social.
Con un material tan poderoso entre manos, resulta explicable que no se dejara llevar por alardes de estilo. Muy al contrario: La tía Tula se contrampone al barroquismo y exalta ese tono sobrio, económico y nada recargado que cultivó la cofradía noventayochista.
¿Diálogo interior? El justo, sin excesos psicoanalíticos ni vaivenes eróticos. ¿Omnisciencia? La habitual en el realismo del XIX, aunque manejada con una cierta aspereza.
La trama permite una lectura social —todo sucede en una clásica ciudad de provincias—, aunque no es esto lo que más importa al autor.
El personaje principal, Gertrudis, a la que llaman Tula, ejerce la maternidad sin alumbrar hijo alguno, y cumple con las faenas de una esposa de comienzos de siglo sin contraer matrimonio. Veamos por qué vías hace efectiva esa doble paradoja.
En primer lugar, convence a su hermana Rosa para que se case con Ramiro, y a la muerte de aquella, se hace cargo de la prole, como si el lugar de su hermana fuera suyo por destino y disposición.
Convencida de que es lo mejor, Tula persuade al viudo para que se case con la criada a la que éste ha dejado embarazada, y como ella también muere, incrementa el número de criaturas a su cargo y justifica aún mejor su papel de discreta abeja reina, guardiana de una pequeña colmena a la que defiende con talante quijotesco.
Tula es una síntesis lograda de azar y necesidad.
Con razón Julián Marías llamó a La tía Tula la «novela de la convivencia». En opinión del filósofo, esta obra es un tejido de hilos que se hilvanan en el hogar; un tejido que traman y destraman Rosa y Tula, las dos hermanas a las que unen lazos familiares (don Primitivo, su tío sacerdote) y sentimentales (Ramiro y sus afanes).
Amor, de eso hay mucho en la novela. Amor que da sentido a la vida, y que permite reinterpretar el pasado.
Como dice Marías, quizá Unamuno no pretendió escribir todo esto, pero nosotros podemos echar la vista atrás y descubrirlo en sus páginas. Oculto, bien custodiado en ese cofre que es la vida interior de Tula.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.











































































































