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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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Memorias del Hielo / Malaz: El libro de los caídos 3

Los ensayos de Montaigne

Ensayos de MontaigneMontaigne ha sido presa de los clasificadores, que han intentado situarlo entre los escépticos, los senequistas, los estoicos y neoestoicos, los relativistas y los preilustrados.

Él ha sabido escapar a todo encuadre y consigue ser contemporáneo de cada lector. Hegel, poco propicio a la aceptación de pensadores que no filosofan, admitió, sin embargo, que tanto Montaigne como Maquiavelo, si bien no se sometían a la razón, pensaban desde el entendimiento. Y, en efecto, nuestro ensayista pasa de largo por la filosofía y las ciencias para aquerenciarse en la Historia y la poesía. Lo que los hombres hacen y lo que dicen: la materia y el sujeto de su libro, algo enunciado por él y que, al tiempo, lo interpela.

En esa actitud dialógica consigo mismo, en esa escisión del alma donde empieza el pensamiento, Montaigne sigue conversando con nosotros. Tal parece ser el secreto de su perpetua y lozana contemporaneidad. Como cualquiera de sus lectores, es un yo pero que ondula y se muestra intermitente, desapareciendo en la maraña de la historia, que los clásicos proponen ordenar en ejemplos.

No tenemos otra maestra de la vida: ni la naturaleza, ni la religión, ni la escuela. Vivir sabiamente, para Montaigne, es guiarse por el placer y prescindir de la muerte: suprimir tanto el miedo como la esperanza.

Los seres humanos contamos apenas, para ello, con el lenguaje, que nos hace locuaces, demandantes, dialógicos..

Si somos algo, si soy alguien como tú, lector, es porque te miro, te interpelo y te leo como tú me miras, me interpelas y me lees. Este principio de tolerancia hace llevadera la vida en común de tantos animales diversos como seguimos siendo los humanos.

Esta vida, monda y lironda, es la única que tengo y sé que es la única que tienen los demás. En eso nos igualamos y empezamos a reconocernos. Contemporáneos de nosotros mismos, Michel de Montaigne en primer lugar.

Tiento, intento, tentación

El ensayo, el intento de saber y no el saber como tal -mucho menos, el conocimiento organizado como ciencia- es, muy posiblemente, el género que aporta la modernidad a la propia historia de los géneros.

Podría pensarse también en la novela, ignorada en sí misma por las poéticas clásicas, pero que ha sido identificada como la forma burguesa de la vieja epopeya, de modo que reconozca sus ascendientes.

Ensayar es intentar y si pensamos en sus fundaciones -Montaigne en Francia, Pedro Mexía en España con su Silva de varia lección- vemos que son contemporáneas de una forma musical llamada, justamente, tiento: las improvisaciones que, sobre un modo determinado, hacía el organista entre número y número de la misa.

Al sustituir el tratado por el ensayo, entonces, se abre un espacio del saber que no apela a la razón sino al entendimiento, no al sujeto impersonal de la ciencia sino al ondulante, inestable, intermitente y fugitivo yo del ensayista. Desde luego, no admite cimientos inconmovibles como la verdad experimental, el mandato de la naturaleza o la autoridad de la Palabra Inspirada y su institución, el dogma.

Es un reclamo de libertad y, también, la asunción de sus riesgos. Un saber provisorio, siempre en estado de prórroga, cuestionable en tanto desprovisto de un suelo fijo que ignora la conmoción.

Un saber conmovido y conmovedor. Prescindir de cimientos y fijezas, preferir la conjetura, comporta, al menos, un riesgo, el de caer en espacios insondables. Por eso el ensayo se interrumpe.

No se resuelve ni se finiquita sino que se deja, se lo empuja hacia otro componente esencial de la música: el silencio. Ese momento taciturno del pensamiento, configurado como la infinitud de las extensiones celestiales, produce en otro maestro del ensayo, Pascal, un sentimiento de miedo.

El ensayista teme o, por el contrario, prescinde del temor, se torna temerario como un explorador en tierras desconocidas. Apenas lo acompaña la escucha de esa voz que surge de la escritura: el lector. Desde luego, tampoco lo acredita su obediencia a un código formal.

Es un género sin generalidades. Si admite alguna regla es la que le proporciona su práctica, el camino que va trazando el andar del andariego. A la vez que dice su decir, va historiando su historia. Nacido en la primera crisis de la modernidad, se dibuja como un proyecto laico de saber, en buena medida como la relectura de tradiciones clásicas, canónicas. Comentarios, glosas, descubrimientos en los rincones del decir antiguo y aceptado. Mejor dicho: invenciones, si por tales consideramos los hallazgos de lo no buscado, de lo no encontrado por nadie.

Hoy se prefiere hablar de serendipity. ¿Por qué? ¿No nos basta con la inventio de toda la vida, en estos tiempos de rebautizos y jergas?

La tradición abierta por Montaigne se sostiene en Francia por la obra de los moralistas del barroco y deriva en ciertos momentos ilustrados, el Voltaire aforístico del Diccionario filosófico, por ejemplo.

En España, se interrumpe al sumergirse en el control eclesial. No es injusto rescatar, como caso aislado, al padre Feijoo, que hace crítica de costumbres, a menudo peligrosa para el lugar común institucional, en su Teatro crítico y su Cartas eruditas. Pero en términos modernos, tal vez no resurja hasta el romanticismo, con Larra en España y Sarmiento y Montalvo en América, a la luz de la apertura en los géneros, propiedad de los románticos.

Sin esta doble ascendencia no tendríamos la obra del observador caedizo, itinerante, apasionado del escudriñar lo habitual para dar con lo extraordinario, Alfonso Reyes en América y Ortega - el de El espectador- en España. Ortega, en especial, porque prometió un tratado de la razón vital que nunca escribió, como para optar a un diploma de pensador formalizado en sistema, mientras los iba merodeando -al tratado y al sistema, quiero decir- con sus artículos y fichas. El ensayo enseñó a la filosofía «profesional» a desconfiar de los sistemas cerrados (¿los hay abiertos?) y a confiar en la capacidad creadora de las palabras, compartiendo la fe de los poetas. Lo que en éstos es juego incauto -y realidad astuta- en el ensayista es un oficio, una artesanía.

Así hemos conseguido las genialidades aforísticas de Nietzsche, los vericuetos que Freud advirtió en las «malas maneras» del hablar, los arrebatos líricos de Bergson y hasta los laberintos filológicos de Heidegger. La actual desorientación, la extrema libertad y el riesgoso trabajo de pensar andando el inédito camino de la Historia, apunta a lo mismo: no volvamos a los principios que nos atan, escuchemos lo que nos dicen las palabras. Distingamos lo que en ellas es intento de saber y extravío prosódico, que de todo hay.

Finalmente, el ensayo sigue siendo moderno, o sea, crítico, o sea, actor de la crisis.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo incluye dos textos. El primero de ellos fue publicado originalmente en el periódico ABC, y el segundo procede de la revista Isegoría (Instituto de Filosofía del CSIC). Aparecen publicados en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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