Con el texto de varias intervenciones, algún artículo, una narración y dos entrevistas, se ha confeccionado este volumen (Los logócratas, Siruela, 2006), cuya principal virtud es el resumen de temas (léase: obsesiones) que han alimentado y vertebran la obra de George Steiner.
Junto con ello, su más alto honor intelectual: ser considerado por la academia como un generalista superficial en un tiempo de especialistas.
Un lector que concibe la lectura como un diálogo imperfecto entre un interlocutor inestable y enmascarado "el autor" y otro, cambiadizo y descarado "el lector".
El escenario es el que sirve a Steiner para dramatizar sus tensiones. La más fuerte, quizá, sea su problemática condición de judío, un pueblo perdurable por su apego al Libro y al libro.
¿Descifrador talmúdico que se ahonda en la letra sagrada o parricida desconstruccionista que hace polvo toda escritura? ¿Ciudadano del mundo que está en cualquier lugar y en ninguno, o soldado en las tropas de Israel? ¿Liberal que hace de este mundo la casa del hombre o ángel flamígero que señala a la criatura su calidad insuperable de ser falente, de pecador original?
Su pesimismo histórico no le impide dar exquisitas clases de crítica cultural pero lo ahonda en el misterio del mal, protagonista de la Historia.
También es el lenguaje su cuerda tensa de equilibrista. No admite el realismo naturalista, que explica la palabra humana como natural, pero tampoco se entrega a la trascendencia de los simbolismos, que la conciben como un don divino.
Por eso reacciona contra los logócratas, que ponen al hombre como sometido al lenguaje, casa del ser. Los ve como opresores autoritarios, desde Maistre a Heidegger, sacerdotes de la mística o la poesía que someten al hombre a la mudez y a la escucha de las voces del ser en el silencio de la Gran Noche. Por eso Steiner se fascina y sospecha de la música, sentido pleno y regresión al estado prehumano del hombre, allí donde nada puede decirse porque todo está dicho.
A partir de ella puede pensar en un simbolismo laico, que cree en la autonomía del lenguaje y en sus potencias creadoras, pero sin aniquilar al sujeto y conservando su distancia y sus facultades críticas.
Director de escena de sus contradicciones, compañero de lectores y maestro de lectura, crítico de la cultura y amante de la cultura que es la otra cara de la barbarie, Steiner sigue siendo, en la concordia o la disidencia, un ejemplo.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en el suplemento cultural del diario ABC. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.












































































































