Volver a una novela como Drácula tras años de olvido, equivale a caer de nuevo en el asombro… y en el escalofrío. No en balde, su autor, Bram Stoker, cambió el rumbo de un género que, gracias a él, llegó a la edad adulta. Con todo, en casos como éste, quien triunfa es el personaje, no el escritor.
La prueba es la intensa impresión que el Conde vampiro ha causado en varias generaciones de lectores. Sin embargo, el misterio que aún envuelve a esa figura literaria favorece la proliferación de tópicos, exageraciones y falsedades.
Todos los libros clásicos tienen motivos para ganarse a nuevos admiradores, y motivos para seducir nuevamente a los lectores veteranos. Lo que ocurre con Drácula demuestra ese principio, con una particularidad...
La novela de Stoker nunca ha salido del territorio popular. Y la pasión por esta obra está servida por un lenguaje que no entienden –¡qué se le va a hacer!– muchos académicos y adeptos al canon literario.
Esto, que por un lado debiera llenarnos de satisfacción, tiene un inconveniente.
En su mayoría, los estudiosos del Conde vampiro no son gente con peso intelectual, sino aficionados y diletantes... Por supuesto, hay excepciones tan notables como David J. Skal, un formidable historiador de la cultura que ha fijado su interés en el cine y la literatura de terror.
Pero si nos ceñimos a nuestro idioma, el número de especialistas es muy exiguo. Y que no se deduzca de ello la excelencia de esos happy few. Más bien sucede al contrario: menudean entre ellos los tipos cuya sabiduría en este campo no superaría a la de un lector del Reader’s Digest.
Sobre Stoker se han dicho todo tipo de falsedades: que fue marido adultero, que no tuvo vida conyugal, que murió de sífilis... Es una suerte que todas esas opiniones sean tan fáciles de refutar.
Basta con acudir a las fuentes adecuadas. Algo que no hacen ni harán los autores que prefieren vivir del más puro amarillismo.

La realidad de los vampiros
Una cosa, al menos, es cierta, y es que los vampiros existen.
Stoker se inspiró en esa especie de murciélagos para perfilar a su personaje, y de hecho, los cita por boca de uno de los personajes de la novela, Quincey Morris. De todos modos, conviene aclarar que los españoles pusieron nombre a ese quiróptero basándose en la legendaria tradición de los no muertos.
Por lo demás, esos vampiros reales aparecen idealizados en la novela. Imagínense: Morris dice que llegan a medir un metro… Y sin embargo, entre las ocurrencias más inspiradas de Stoker está, precisamente, la de dotar a Drácula de la capacidad de transformarse en murciélago.
¿Y qué me dicen de la escenografía? ¿No es Transilvania otro elemento real en la novela? Cuando Bram Stoker escribe Drácula, Transilvania aún figura entre los territorios del Imperio Austro-Húngaro.
Ni que decir tiene que su idealización literaria es tan intensa y colorista como la de esa España que reinventaron los viajeros románticos. Por lo demás, la región de los Cárpatos ya era considerada, en términos literarios, un territorio sobrenatural e inquietante. Sin ir más lejos, el propio Alejandro Dumas establece ese estereotipo en uno de los relatos de Los mil y un fantasmas (1849).
Stoker se documentó para ambientar Transilvania en su novela. Hay un texto que leyó con sumo interés: Transylvanian Superstitions (1885), de Emily Gerard. Gracias a esta viajera, Stoker supo más detalles acerca del nosferatu. Por ejemplo, el modo de espantarlo con ajo y de matarlo con una estaca en el corazón.
Se dice, por costumbre, que nosferatu en rumano quiere decir no muerto. Pero, en realidad, también es una mixtificación debida a Emily Gerard y a la novela. Esa palabra, con dicho significado, es fruto de la fantasía literaria.
A su modo, Drácula es un heredero de aquel caudillo al que llamaron Vlad el Empalador. Todo esto puede seguirse a través de las notas de Stoker que se conservan en el Museo Rosenbach de Filadelfia. Otro de los libros que Stoker leyó a la hora de documentar su obra fue An Account Of The Principalities Of Wallachia And Moldavia (1820). De ahí extrajo algunos detalles sobre esa figura del siglo XV, el voivoda Vlad III de Valaquia, llamado también Vlad Tepes, el Empalador, o Vlad Drăculea, por ser hijo de Vlad Dracu.
Pero más que su verdadera biografía, a Stoker le interesó su sobrenombre, Drácula, al que dicha publicación atribuía el significado de diablo. Así fue como el personaje que originalmente iba a llamarse Conde Wampyr pasó a ser reconocido como el Conde Drácula. Ahí se acaban las referencias a este guerrero.
El vampiro, de Polidori, aparece en 1819. Varney the Vampyre, de James Malcolm Rymer, sale de imprenta en 1847. Drácula, de Bram Stoker, llega a los lectores en 1897. Y sin embargo, es ésta última la obra que inmortaliza al vampiro.
El personaje del conde vampiro ha transcendido su condición de personaje literario para alcanzar la de icono cultural y popular. Como Sherlock Holmes o la criatura del Dr. Frankenstein, por citar un par de ejemplos.
Esa es la fuerza de la novela. Al menos en cierto modo. Recuerden que la creación del Bram Stoker alcanzó ese estatus gracias a sus adaptaciones cinematográficas.
Drácula es el personaje de ficción más veces llevado a la gran pantalla, seguido a relativa distancia por Sherlock Holmes. Sin embargo, pese a que es una figura conocida en el ámbito universal gracias al celuloide, no puede decirse lo mismo del original literario. Y es que ninguna de las versiones filmadas hasta la fecha ha podido captar toda la grandeza y la fuerza de la obra original.
Falsedades en torno a Bram Stoker
En 1932, H.P. Lovecraft escribe lo siguiente: “Conozco a una vieja dama que estuvo a punto de obtener el trabajo de revisar Drácula a comienzos de 1890. Ella vio el manuscrito original y dice que era un terrible desbarajuste. Finalmente, alguien más (Stoker pensó que el precio que ella solicitaba era demasiado alto), lo ajustó a la calidad de ahora posee”.
Dos especialistas en el tema, Raymond McNally y Radu Florescu, sugieren que el arreglista fue otro escritor victoriano, Hall Caine, íntimo amigo de Stoker.
Ni que decir tiene que ahí topamos con el primer mito en torno a esta novela. Conviene dejarlo claro: Drácula es una obra escrita en su integridad por Stoker.
Lo de Hall Caine es un viejo rumor, que nace del hecho de que él es el dedicatario de la novela. Por suerte, ese tipo de habladurías se puede desmontar con documentación. Hay mucha, y nos permite reconstruir con detalle los siete años durante los que se gestó la obra.
Cuando se lee literatura crítica sobre Drácula y Bram Stoker es habitual encontrarse con una serie de tópicos, verdaderos y falsos, que siguen perpetuándose con el paso del tiempo. En lo que respecta a la información errónea tomada como cierta, es una lástima que seamos pocos quienes pretendamos desterrarla de las monografías sobre el autor, la obra y el personaje.
Circulan otras falsedades acerca de Stoker. Por ejemplo, su implicación activa en prácticas esotéricas. Perpetuar esos errores adquiere especial gravedad cuando lo realizan autores de éxito, en este caso del mundillo de lo misterioso y paranormal.
Iker Jiménez y Carmen Porter realizan, en su libro Milenio 3, un periplo que va desde las apariciones hasta las casas encantadas, pasando por los crímenes sin resolver y Drácula y los vampiros.
Dos capítulos están dedicados a la creación de Bram Stoker y al príncipe valaco, además de a los no muertos en general. Pero Jiménez y Porter no aportan nada nuevo a lo publicado hasta la fecha. Se conforman con viejos tópicos… como la leyenda que cuenta cómo Stoker gritaba en su lecho de muerte “¡Strigoi, strigoi!”, vampiro en rumano. Algo que también es falso.
Pero en ningún momento los autores aclaran que esa leyenda carece de la mínima veracidad… Aunque puede que esto sea algo premeditado y le añada al capítulo unos grados más de misterio y sensacionalismo.
Lo que realmente causa estupor es que incluyan afirmaciones tan peregrinas como que esas palabras se le atribuyen en su lecho de muerte, en “una sórdida casa de huéspedes irlandesa”. O que el rumano castillo de Bram fuese bautizado en honor del autor.
Se trata de otros dos mitos. Stoker falleció en su nada sórdido hogar de Londres. Y el castillo de Bran, con n final, no debe su nombre al irlandés.
Es más, su vinculación con el Drácula histórico sólo es debida al empeño de las autoridades rumanas por atraer el turismo. En todo caso, cabe preguntarse si tales falacias de Milenio 3 se deben a tremendos errores de bulto o a un afán por introducir, interesadamente, ingredientes sensacionalistas.
Pero este interés por enmarañar la vida y la obra de Stoker es antiguo. No es casualidad que la primera biografía publicada de Bram Stoker, A Biography of Dracula: The life Story of Bram Stoker (1962), escrita por Harry Ludlam, coincidiese con las primeras cintas que la productora Hammer dedicó al personaje.
Desgraciadamente, esta obra es una de las fuentes que han forjado muchos de los mitos, tópicos y medias verdades que, aún en la actualidad, han rodeado al conde Drácula y a su creador.
Orígenes de la novela
Interesa conocer qué motivos llevaron a un tipo como Stoker a escribir esa novela.
Probablemente, no se trata de un suceso en particular. Más bien, yo hablaría de un cúmulo de influencias, intereses, preocupaciones y anhelos. Tanto del propio autor como de la sociedad que le tocó vivir. Entre ese cúmulo de factores, cabe señalar la lectura de Carmilla, el interés del autor por el ocultismo, su relación con su empleador, el actor Sir Henry Irving, o la sexualidad victoriana.
Al propio Bram Stoker le gustaba contar que la novela tuvo origen en una pesadilla. No obstante, hay que tener en cuenta el gran sentido de lo dramático y lo teatral que poseía el irlandés. Y es el tipo de anécdota que se podría escuchar en la sobremesa de las reuniones del Beefsteak Room. De hecho, Harry Ludlam oficializó la anécdota. Según el biógrafo, la pesadilla se debió a una generosa e indigesta cena a base de marisco aliñado. Más concretamente, cangrejos.
La principal fuente de Ludlam fue Noel Stoker, único hijo nacido del matrimonio entre Florence y Bram. Fue Noel quien profundizó en la dichosa cuestión de la pesadilla. Según sus palabras, el mal sueño versaba sobre "un rey vampiro surgiendo de la tumba para dedicarse a sus siniestros quehaceres".
Con todo, la mayoría de los estudiosos, a pesar de la opinión de Ludlam, nunca han considerado probable esta cuestión. Los calificativos sobre el asunto varían. Hay quien la tilda de historia apócrifa y quien la juzga como puro folklore.
Imagen superior: Detalle de la portada del cómic Monster War # 1: The Magdalena vs. Dracula © 2006 Christopher Golden, Eric Basaldua, Joseph Michael Linsner, Joyce Chin, Tom Sniegoski. Top Cow, Dynamite Entertainment. Reservados todos los derechos.












































































































