Parece ya inevitable dedicar a Emilia Pardo Bazán algún párrafo biográfico que explique su condición singular dentro de la narrativa española del XIX.
Coruñesa de alta cuna, depositaria de una educación privilegiada, accedió al cosmopolitismo viajando por Europa junto a su esposo, José Quiroga.
A doña Emilia le gustó, sin duda, leer, pero también dedicó largo tiempo a estructurar sus ideas, y para ello nada le sirvió más y mejor que el armazón teórico del krausismo.
Desde 1880, fecha en que salió de imprenta su primera novela, Pascual López, Pardo Bazán sostuvo una constante producción literaria. La obra que hoy nos ocupa, Los pazos de Ulloa, lleva fecha de 1886, lo cual la sitúa, por cuestión de contexto e inquietudes personales, en la estela naturalista que inauguró Un viaje de novios (1881).
En nuestra autora, ese culto al naturalismo es de origen francés. Un somero repaso a los textos ensayísticos que ella dedicó a la novelística francesa permite descubrir pistas que justifican esa propensión. Tomar a Zola como señuelo fue para la escritora como entrar en un reino privilegiado, desde el que se dedicó a aguijonear conciencias y a cultivar el detallismo y la psicología ambiental. Era, en cierto sentido, lógico que Pardo Bazán acabase analizando por medio de dicho instrumental los porqués del caciquismo y sus consecuencias entre los paisanos de menor rango.
Con lo anterior, ya queda descrito uno de los temas de mayor peso en Los pazos de Ulloa. Pero hay más. A través del protagonista, el párroco Julián Álvarez, accedemos a un complejo ecosistema humano. En su cima se encuentra el marqués de Ulloa, don Pedro Moscoso de Cabreira, a quien ha de ayudar Julián en lo contable y en lo espiritual. Otros habitantes de la casa señorial son la frágil Nucha, quien será esposa del Marqués, Primitivo, el mayordomo de oscuros afanes, y Sabel, la hija de éste y amante furtiva del don Pedro, con quien ha engendrado al pequeño Perucho.
A partir de este dramatis personae —sólo mencionaré a ese puñado personajes principales—, Pardo Bazán urde una serie de conflictos que tiene su costado melodramático, sobre todo porque el determinismo tiene un peso importante en la resolución. Si me apuran, Los pazos de Ulloa tiene también algo de saga, y eso confiere una perspectiva más amplia y ambiciosa al retrato humano.
La variedad de ambientes —la casa empieza siendo una leonera, pero el escenario cambia— es descrita con viveza de estilo. Pardo Bazán es una narradora prolija y culta, pero ello no le impide administrar con soltura el lenguaje coloquial. En todo caso, donde manifiesta su genio es, precisamente, en la descripción de unas almas aunadas sobre el lecho de la injusticia.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.











































































































