Mário de Sá-Carneiro: La confesión de Lúcio. Con una semblanza de Fernando Pessoa. Traducción de Julio Baquero Cruz. Menoscuarto, Palencia, 2008, 149 páginas.
El hecho de haber sido amigo de Pessoa, su maestro, control y nodriza (sic), ha arrinconado a Sá-Carneiro en una dulce penumbra heterónima, la ocupada por Álvaro de Campos. Pero su brevísima vida (1890-1916) bastó para que dejase una obra múltiple: Amistad (teatro), Dispersión e Indicios de oro (poemas), Primicias (relatos) y la presente novela, auténtico breviario de su estética y prueba de sus curiosas aptitudes.
En efecto, Sá debe mucho al decadentismo y al malditismo de su época, la herencia de Lautréamont recogida por Wilde, D´Annunzio y, en especial, por Huysmans. Pero haberlo hecho en portugués y en 1912, aunque durante una estadía en París, y adentrándose en el mundo del amor homoerótico, consigue un relieve peculiar.
El texto, que puede leerse en una traducción fluida y aseada, arrastra una carga de moda y fecha, una atmósfera de invernáculo donde crecen plantas exquisitas que morirían a la intemperie.
Un credo estético y moral sostiene a estos personajes de la alta burguesía en su vertiente de bohemia dorada, devotos de orgías coreográficas, drogas y amores de una ambivalencia sexual que permite al autor mostrarse como un sutil psicólogo.
Todos son varones que ansían ser mujeres y viceversa, como si el fondo de la humanidad fuese andrógino, hasta tejerse ese triángulo entre dos hombres que comparten a una mujer –a su vez, dispersa entre variados competidores– armoniosamente, tanto que acaban morreándose. Todos y todas aman el arte y, si no lo producen, sí lo admiran y consumen, sin darse cuenta de hasta qué punto la voraz deidad –el esteticismo– los produce y los consume a ellos y a ellas.
Arte y vida como obra de arte desaguan en la alucinación y el crimen, en una ambigua afirmación de amoralismo y castigo. No falta el suicidio: el del personaje Gervasio, el de un amigo adolescente de Sá, Thomas Cabreira, coautor de su teatro, y el del propio escritor, al cual conviene lo dicho sobre aquel Gervasio: “No fue un fracasado porque tuvo el valor de acabar consigo mismo.”
Un viaje hacia ese mundo de la Belle Époque, cercano en fechas y alejado en sensibilidad, tiene su encanto. Nos puede persuadir de que hay ojos portugueses de un brillo melodioso, misticismos escarlatas y convulsiones de color magenta. Sinestesias que confunden nuestros sentidos hasta volverlos una cósmica ambición. ¿No la sigue sosteniendo el arte?











































































































