Retrato sentimental, testimonio íntimo, reflexión sociológica en torno a la posguerra… Muchas son las etiquetas que pueden aplicarse a este libro extraordinario.No se trata de que le pidamos a una novela como Nada el carné de identidad, sino de situarla en los términos que la otorgan valor. En todo caso, dudo que su autora, Carmen Laforet, tuviera en mente una ambición tan variada cuando redactó la obra, entre enero y septiembre de 1944.
Como si la casualidad premiara ese empeño, Laforet, casi recién llegada al gremio de las letras, triunfó en la primera convocatoria del premio Nadal de novela. Con razón y oportunidad, personajes ilustres se sumaron al coro de alabanceros. Entre ellos, Juan Ramón Jiménez, a quien le fascinó «la belleza tan humana» del libro; una belleza que al sabio (y poco tratable) poeta le pareció un reflejo de la rica vida interior de la escritora.
Mencioné la posguerra, y he de añadir que no es éste un libro costumbrista, y tampoco un prontuario ideológico. Muy al contrario. Su fórmula es precisamente no caer en ella. Tersa en lo narrativo, la novela detalla la peripecia de Andrea, una adolescente sensible a cuanto la rodea, en la Barcelona de aquellos años.
La melancolía, ciertas revelaciones familiares y la sensación de desarraigo son los tres pilares dramáticos que sostienen el ritmo del relato y la evolución psicológica de la protagonista, que mira con ojos nuevos un mundo de apariencias, decepcionante, sostenido por convencionalismos y prejuicios.
Las claves del realismo social, vigentes en novelas como La colmena, también rigen para Laforet, que detalla en Nada los variados estratos de la vida barcelonesa. Imposible no recordar el estereotipo de la hidalguía: burgueses venidos a menos tratan de no revelar sus carencias, mientras la pobreza rampante deteriora la cochambrosa escenografía de aquella España rota y aturdida.
Sorprende que Laforet, desde la primera persona, fuera capaz de estructurar una novela tan sólida con una experiencia tan breve en el campo de las letras. Recordaré que sus primeros cuentos, editados en el semanario cántabro Mujer, datan de 1940.
Es obvio que, tratándose de una novelista de raza, su bibliografía tenía que aumentar a partir de Nada, y de hecho, a aquélla se añadieron la novela La isla y los demonios (1952), la colección de cuentos La muerta (1952) y la serie de novelas breves La llamada (1954). Por lo demás, la misma agudeza, la misma hondura descriptiva se revelan en posteriores entregas como La mujer nueva (1955), La insolación (1963), Paralelo 35 (1967) y La niña y otros relatos (1970).
Cualquiera de estos libros acredita méritos parejos a los de Nada, y sin embargo, dicha obra pertenece ya al campo de nuestros mitos literarios. De ahí que forme parte de las lecturas imprescindibles que las antologías y los tratadistas reiteran en forma de canon.
Sinopsis (Editorial Austral)
Comparada por la crítica con Cumbres borrascosas, Nada destaca tanto por su prosa fresca y directa como por la extraordinaria sensibilidad en la recreación de una voz femenina.
Cuando el libro acaba, el lector tiene la seguridad de poder encontrar, al volver la esquina, a una muchacha pálida y triste, con toda la fuerza de su juventud condensada en el mirar. Es Andrea, absorta, queriendo algo, sin saber qué. Como el resto de los protagonistas, ha nacido a la vida real por un prodigio de la creación artística.
Andrea llega a Barcelona para estudiar Letras. Sus ilusiones chocan, inmediatamente, con el ambiente de tensión y emociones violentas que reina en casa de su abuela. Andrea relata el contraste entre este sórdido microcosmos familiar —poblado de seres extraños y apasionantes— y la frágil cordialidad de sus relaciones universitarias, centradas en la bella y luminosa Ena. Finalmente los dos mundos convergen en un diálogo dramático.
"¡Cuántos días inútiles! Días llenos de historias, demasiadas historias turbias. Historias incompletas, apenas iniciadas e hinchadas ya como una vieja madera a la intemperie. Historias demasiado oscuras para mí. Su olor, que era el podrido olor de mi casa, me causaba cierta náusea... Y sin embargo había llegado a constituir el único interés de mi vida. Poco a poco me había ido quedando ante mis popios ojos en un segundo plano de la realidad, abiertos mis sentidos sólo para la vida que bullía en el piso de la calle Aribau. Me acostumbraba a olvidarme de mi aspecto y de mis sueños. Iba dejando de tener importancia el olor de los meses, las visiones del porvenir y se iba agigantando cada gesto de Gloria, cada palabra oculta, cada reticencia de Román. El resultado parecía ser aquella inesperada tristeza".
Carmen Laforet nació en Barcelona en 1921. A los dos años se trasladó con su familia a Canarias, viviendo en Las Palmas. Allí permaneció hasta los dieciocho años.
A esta edad marcha a Barcelona donde estudia, durante tres años, en la Facultad de Filosofía y Letras. En 1944 obtiene con Nada el Premio Nadal, en su primera convocatoria, y se convierte en la revelación de la narrativa española de posguerra, abriendo nuevos horizontes a nuestra literatura.
Dos años después se traslada a Madrid, donde contrae matrimonio con el periodista y crítico literario Manuel Cerezales y se instala definitivamente.
De la misma autora son La isla y los demonios, La llamada, La mujer nueva (Premio Mallorca) y La insolación. Aunque nunca deja de escribir, en la década de 1970, aquejada de frecuentes depresiones y separada de su marido, Carmen Laforet se retira.
Tras su fallecimiento en 2004, la editorial Destino publicó una novela inédita, Al volver la esquina, continuación de La insolación.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.












































































































