Cuando en 1874 Juan Valera (1824-1905) publica Pepita Jiménez, ya es un personaje respetable.
Escritor de buenas letras, ha recorrido un largo camino académico, cursando estudios diversos (Filosofía en Málaga, Derecho en Granada y Madrid).
La carrera diplomática le dio a este cordobés íntimas satisfacciones, entre ellas las de establecerse por un tiempo en Nápoles, a la sombra del Duque de Rivas, y luego viajar de una embajada a otra, recorriendo los cuatro puntos cardinales. ¿Qué más? Voy repasando su biografía y aún quedan detalles de importancia. Por ejemplo, su elección como diputado, oficial de la Secretaría de Estado, subsecretario y ministro de Instrucción Pública. Y lo que es más importante para el lector de Pepita Jiménez, su ingreso en la Real Academia en 1862.
El estilo que se advierte en la novela que nos ocupa fue adquiriendo forma mientras Valera colaboraba en las publicaciones de la época —su bibliografía nos trae a la memoria cabeceras como la Revista de Ambos Mundos, Mundo Pintoresco y El Pensamiento Español—. Incluso en los escritos más breves, resalta el perfil intelectual del escritor: liberal, cosmopolita, con claridad de ideas, tolerante, nada proclive al dogmatismo.
Sin ese talante, sería difícil ubicar el argumento de Pepita Jiménez en el contexto de su época. Verán a qué me refiero. El protagonista, Luis de Vargas, aspira al sacerdocio. Vive con su padre, el cacique del pueblo, y quiere el destino que ambos se sientan atraídos por la misma mujer, Pepita, una bellísima y adinerada viuda. Cada vez más próximo a su futura madrastra, Luis pasa por diversos avatares, el principal de los cuales —una crisis vocacional— finalmente lo convence de que lo suyo es el amor de Pepita y el matrimonio con esa mujer que tanto lo fascina.
Hablamos de una obra epistolar, afín a los criterios del realismo, y por consiguiente, con aires de familia que relacionan a Valera con otros admiradores de Zola. La historia nos llega por medio de tres voces: el propio seminarista en sus cartas, su tío el deán y el padre de Luis, que en otra serie de cartas completa el relato. Todo ello permite al escritor explorar motivos y circunstancias de los personajes, que aquí se ven retratados con un detalle psicológico excepcional.
Homeopáticamente explicado —tomo esa expresión de César González-Ruano—, ese es el interés de la novela y también el de su autor, situado en los manuales durante la etapa que precede al noventayochismo, como representante de un realismo muy bien acogido en el xix ibérico. Aparte de Pepita Jiménez, sobresalen entre sus obras Las ilusiones del Dr. Faustino (1875), El comendador Mendoza (1877), Pasarse de listo (1878), Doña Luz (1879), Juanita la larga (1895), Genio y figura (1879), y Morsamor (1899).
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.












































































































