Es posible que, ya en sus días finales, Vicente Blasco Ibáñez hiciera recuento de éxitos y fracasos.
De los primeros, hubo muchos que se prolongaron en el tiempo. Entre ellos, la novela Sangre y arena, que proporcionó al novelista español fama y ganancias. Habida cuenta del utilitarismo de sus etiquetas, los modernos editores catalogarían esa obra entre los best-seller de mayor categoría.
En los tiempos de su autor, la mercadotecnia era menos afilada, pero no hay duda de que Sangre y arena se vendió mucho y bien. Parte de esos honorarios permitieron a Blasco adquirir el palacete de la Costa Azul donde murió el 28 de enero de 1928.
Más allá de su difusión, y si prescindimos de nociones puramente estadísticas, lo cierto es que Sangre y arena funciona como un eficacísimo melodrama. Sabemos esto desde el primer capítulo, donde aparece el protagonista, Gallardo, un tipo valiente cuyas aficiones de lidiador y alardes de serenidad le han granjeado el amor de la muchedumbre.
Torero de los de antaño, Gallardo coge los trastos de matar y encarna un estereotipo reiterado y eficiente: el del galán hispánico, vagamente confiado en el calor de su sangre, héroe por propia iniciativa de un drama que se dirime en el centro de la plaza.
Consciente de que el personaje no tiene mucho empuje introspectivo, Blasco lo manipula por medio de una minuciosa y coloreada escenografía.
A quienes Sangre y arena les suene a cine, conviene recordarles que la novela también resulta cinematográfica. Esta presunción audiovisual se aplica a buen número de episodios, especialmente aquellos que, como el que ahora citamos, suceden en mitad del coso: «Avanzaban los toreros súbitamente empequeñecidos al pisar la arena por la grandeza de la perspectiva. Eran como muñequillos brillantes, de cuyos bordados sacaba el sol reflejos de iris.»
El auge de Gallardo se mide en triunfos profesionales (ovaciones, rabos y orejas) y en sobreentendidos machistas (amoríos furtivos que arrancan suspiros a su abnegada esposa). Para colmar el horizonte de expectativas de su auditorio, Blasco diseña un argumento poderosamente folletinesco. Y lo hace de manera magistral. Por medio de don José, el que hace oficios de apoderado, nuestro torero se codea con las personas de alta posición.
Durante uno de esos galanteos sevillanos, la arrogancia de Gallardo encuentra su reflejo en doña Sol, la sobrina del marqués de Moraima, una vampiresa a quien el escritor presenta sin medias tintas: «Su nombre de drama romántico cuadraba bien con lo original de su carácter y la independencia de sus costumbres».
Fascinado por un romance en el que se introducen placeres decadentes —cigarrillos de boquilla de oro, con sabor a opio—, Gallardo se deja llevar por doña Sol hasta el borde del abismo. La tragedia es irrefutable. Con todo, y aun atisbando aquello que al lector le es prometido, la novela avanza con enorme agilidad, riqueza de vocabulario y galas de estilo. Es literatura popular, y de la mejor ley. Por eso parece tan admirable dentro de un territorio, el melodramático, comúnmente lleno de decepciones.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.











































































































