
A través de un detallado y caudaloso rastreo de libros y periódicos, más el estudio de una serie de casos personales significativos (Moreno Fraginals, Vitier, Cabrera Infante, Padilla, Fernández Retamar, Jesús Díaz y Raúl Rivero), Rafael Rojas traza en Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano una apretada historia intelectual de Cuba en la segunda mitad del XX.
El perno de tal historia es, desde luego, la revolución. En este sentido, lo mejor del volumen es advertir cómo el mito revolucionario surge de una tradición intelectual cubana, la búsqueda de lo fundacional, subrayada por la insularidad. La isla tiene forma de excepción y da cobijo a la utopía.
La revolución funda y rompe con la civilización de los padres. Unido a ello, el castrismo ofrece el único ejemplo de comunismo estable en el hemisferio occidental.
Las revoluciones tienen un aspecto estructuralmente insular: el salto sobre un vacío del tiempo. Por algo suelen reformular los almanaques, recontando meses y años, cimentando tiempos nuevos y hasta "como en la Comuna de París de 1871" destruyendo los relojes que contaron las horas de los siglos caducos. Esta frescura primaveral sedujo, a través de las barbas y las melenas juveniles de Sierra Maestra y Las Villas, a las buenas conciencias de la época.
En 1959, desde la derecha católica hasta la izquierda marxista, la inmensa mayoría de la intelectualidad se fascinó con la revolución guerrillera. Era la fascinación por lo desconocido y el retorno de la figura acezante de la historia insular: el apóstol, el mesías.
Nacionalismo y carisma personal rellenaron la ideología del primer momento. Luego vino lo demás: el totalitarismo comunista de la constitución (1976), matizado con la reforma de 1992 tras la caída del muro berlinés y un esbozo de futuro, tras la muerte del dictador, tal vez un capitalismo de Estado con partido único, de modelo chino. Entre medias, las disidencias, los silencios y los exilios tejen una abierta y dramática trama cultural.
Una Cuba se trocea en varias Cubas, que se ignoran, se buscan, se miran en silencio o intentan un diálogo.
Rojas insiste en que el elemento nacionalista es muy fuerte en todos los sujetos y permea las distintas opciones doctrinales. Esta limitación quizá se convierta "o se revierta" en una posibilidad: el reconocimiento sentimental del ser cubano, base de una posición de diálogo. Pero Rojas no niega la fractura. Una política traducida a guerra, la conversión del adversario en enemigo y la opción de la muerte frente al sostén de la patria, han labrado una dispersión social difícil de suturar. Las tumbas de los padres están desasosegadas.
El pasado no termina de pasar cuando los muertos renuncian al descanso. El mito vuelve. La historia tarda en despegar.
El libro es un recorrido por literaturas primarias y secundarias que van labrando una densa polémica cultural cubana. Trasegando textos de acceso difícil o imposible para el lector europeo,
Rojas nos documenta con parsimonia y acabamiento acerca de lo que Cuba es o debe ser, fue o será en el imaginario de sus intelectuales. En este sentido, el libro ofrece no sólo el aprovechamiento inmediato y caliente de los enigmas que contiene la decadencia y muerte del dictador, sino un interrogante acerca de lo que bucea la narración de toda historia: ¿fue la revolución cubana una apuesta de futuro inédito o una regresión al origen?
Octavio Paz nos advirtió en su momento que toda revolución invoca la figura del ciclo, del círculo.
Sea que provenga de una ruptura violenta y libertaria con el pasado (modelo anarquista) o de la madurez de los tiempos históricos (modelo marxista), tiende hacia lo inédito del porvenir tanto como a lo primario de la regeneración. En la figura del dictador, patriarca que no tiene descendencia y cuyo lugar se vacía al morir "al revés de lo que ocurre con un monarca" se ve al Padre Fundador que borra toda precedencia y conduce hacia la consumación a un pueblo conservado en la edad de la niñez protegida y segura. Es un mágico conjuro contra la caducidad pero también la congelación de una escena sin secuencia, la foto fija del mito que impide el desarrollo de la historia. El tiempo dirá cuándo ha de ponerse nuevamente en movimiento.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en el suplemento cultural del diario ABC. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.











































































































